martes, 8 de diciembre de 2009

La ciudad de los libros




Era igual que una niña pobre en Disneylandia, maldiciendo mi mala suerte por no haberme ganado el Melate y desquitar el dinero en compras, tenía que conformarme con el bajo presupuesto del que disponía. Había estado esperando ir a La Feria Internacional del Libro de Guadalajara desde hacía mucho tiempo, porque Campeche queda tan distante y valía la pena aprovechar la oportunidad de vivir en Xalapa para viajar sólo once o doce horas; entumirse la mitad del cuerpo tendría una recompensa casi inmediata.



Y llegué, en un viaje por carretera planeado con los amigos, oyendo grupos tapatíos para entrar en ambiente y que después, cuando volviera escuchar esas canciones, podría recordar que fueron el soundtrack de la travesía. Había que hacer el itinerario mentalmente y escoger entre dos o más presentaciones para ir a la mesa donde estuviera el escritor que más nos gustara o el tema que satisficiera nuestro morbo literario. La constante: poesía o narrativa. Rechacé el Olimpo poético para deambular en las calles y avenidas de los narradores.


Ahí encontraría a los escritores norteños y chilangos que conocía, de los que me enorgullecía decir que habíamos compartido la cena en tertulias ofrecidas por el azar, las tesis, congresos, talleres y encuentros literarios; la sorpresa fue que, amablemente, algunos de ellos me recordaron y preguntaron cómo iban mis cuentos, el trabajo de investigación y los compañeros. Sin deseos de mentir y para no arruinar las expectativas, sería cortés de mi parte decir que todo marchaba de maravilla, omitir mis crisis existenciales y las enormes ganas que me daban de abandonar la literatura para dedicar mi vida a otra cosa.


Choqué con una joven mujer mentirosa, enloquecida por los libros, le cedí el paso y mi lugar en la fila del baño, pensando que sería difícil maniobrar con ese carrito de compras para minusválidos, de los que se usan en los supermercados. Luego de darme una sonrisa de agradecimiento, se bajó de él para quitarle una basura a las llantas eléctricas y seguir su camino hacia el baño, donde entraría por su propio pie, dejando decenas de ejemplares de no sé qué tantas editoriales al cuidado de la guardia. Lo mismo le sucedería a mi amigo Eduardo cuando evitó chocar contra una señora con carreola y la curiosidad de saber cómo era el niño lo llevó a echar un ojo al interior de la carreola y saber que ese montón de libros no conformaban el cuerpo de ningún infante.


Ante los desencantos que provocan los trucos de algunos bibliófilos, es mejor entregarse a las delicias de la ciudad de los libros, tratar de reconocer a los escritores que uno se topa en los pasillos y notar las diferencias entre su imagen real y la de las solapas de los libros, porque el Photoshop no respeta y si no, que lo diga la afamada, y sobrevalorada, Gaby Vargas, que a su desconocida edad sigue usando la misma fotografía de sus años más joviales.



Algunos prefieren fotografiarse junto a las hermosas edecanes y modelos tapatías, que embellecen la feria y portan lemas para incentivar a los lectores, como que “Leer es sexy”; o posar a lado de los chicos maquillados de vampiros junto a los stands de los libros más vendidos de un par de años para acá. Lo curioso es toparse con la legión de Dráculas en el área de fumadores una vez que cumplieron sus horas de trabajo y saber que no pertenecen a ninguna agencia de animadores, sino a clubes de emos, siempre serios y tristes.


Dios siempre aplica su divina justicia y mi castigo por maldecir a la industria editorial fue caer enferma durante el recorrido y las compras en la feria, casi al punto del delirio. El estómago me provocaba intenso dolor, calosfríos y mareos, producto de comer antojitos tapatíos en exceso. Lo más vergonzoso fue ser atendida por doctoras y médicos más bellos que los de las series de televisión, y que un par de ellos se encargaran de mis aturdimientos de enferma. Un coctel de pastillas y un par de ampolletas me ayudarían a librar el mal momento y salir de los servicios médicos cuando terminara la conferencia por la que había viajado toda la noche.


De nuevo, la justicia se compadeció de mis desdichas. Mientras maldecía mi mala suerte, me topé con él, sin su cuerpo de seguridad conformado por una docena de enormes guardaespaldas; mi hombro chocó con el Premio Nobel de la Literatura del 2006 (invitado de honor en la feria) y mi humilde persona se llevó las disculpas en inglés del afamado escritor turco.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Fuera de lugar




Antes había sentenciado que el mexicano tiene fe: espera un milagro cada vez que elige presidente y cuando hay mundial de futbol. Yo no me incluyo en la espera de ninguno de los dos, a mi veintena de años escarmenté con algunas ilusiones; pero es divertido y me uno a la euforia de la época mundialista, ya que es agradable ver el partido con los amigos y los charritos con chile (botana campechana, por si usted, estimado lector, es de otro estado o país) después de escapar de clases o el trabajo.



Mi estrategia es:

A algunos les ha tocado ver partidos buenos pero a la mayoría, los malos. No sólo hay que lidiar con la decepción de mirar a once hombres representando un país y perdiendo ante el mejor, sino escuchar las alineaciones platónicas de amigos, compañeros de mesa, el barrista o hasta el chofer del camión (cuando se escucha el partido en la radio camino a cualquier destino). Los directores técnicos nunca serán lo suficientemente buenos, sobre todo si alardean largo tiempo y llevan a la selección a pique. Yo le sugeriría a alguno de ellos usar en secreto la estrategia de cualquier aficionado de domingo, a lo mejor pasa el milagrito y los espectadores no repetirán el eterno: jugamos como nunca y perdimos como siempre.



Mexicano de corazón:

¿Cómo no va a ser divertido el turismo futbolero? En televisión nos muestran la imagen del aficionado con camisa verde y el número de Cuauhtemoc Blanco en la espalda (como un mero símbolo, hay variedad de gustos) festejando que está en las ciudades mundialistas de Corea, Alemania y próximamente Sudáfrica, acompañando y apoyando a su selección, en la cual tiene puestas todas sus esperanzas y hasta los santos. El mundial pasado vi en un programa deportivo algunas de las entrevistas que hacen a los mexicanos que viajan para ver a la selección y me conmovió un mecánico que ahorró nueve años para pagar su viaje. Otro que llegó a mi corazón fue un padre de familia que disfrutaba de lo lindo su estancia (cervezas en ambas manos) porque la hija “le donó” el dinero de sus quince años. No paré de reír en un rato por la maldad del padre pero luego imaginé tristemente la cara de la quinceañera cuando le avisaron que no tendría vals ni vestido pero haría feliz a un futbolero de corazón.



No me preguntes, bebé:

He aprendido que si una mujer no aficionada quiere llevar la fiesta en paz con los amigos, novio, esposo o familiares a la hora del fut, debe evitar preguntar o que le expliquen un fuera de lugar. Si alguien amablemente expone qué es o cómo se manifiesta, primero lo hará entendible hasta más no poder pero seguramente no será comprendido y ahí viene otra pregunta: ¿Qué es el área chica y/o el área grande? De nuevo el amable futbolero tratará de ser breve y conciso para no perder valiosos minutos de partido pero vendrá una más y luego otra y la siguiente: ¿Ese es fuera de lugar? ¿Por qué no le saca tarjeta? ¿Cuándo va a hacerle penal? Ya fastidiado, responderá rápidamente para que no le pregunten más y en el momento que voltee la vista para saber si fue entendido, vendrá el gol que definirá la clasificación. El destino es cruel porque todos ven el partido en un extraño canal de paga, donde no repiten tomas ni jugadas y se conformará con saber, por boca de sus cuates, cómo fue o con ver la repetición en el resumen deportivo. No se ofendan, amigas, novias o parientes de futboleros, cuando alguien amablemente les pida que se queden calladas, como en un par de ocasiones me han hecho en partidos decisivos.



Tras bambalinas:

México gana el sábado y desaparece Luz y Fuerza del Centro. Mientras unos festejan en el Ángel de la Independencia y vitorean al “Son de la Negra” con la camisa de la selección y cerveza en mano, desaparece una dependencia gubernamental. Un golazo para los mexicanos. Otra convenientemente casual cortina de humo. Estamos en época de crisis y el mundial ya se acerca. No quiero sonar pesimista, pero si ocurriera uno de los dos milagros citados, y nuestra selección ganara la copa (es una suposición, no se hagan esperanzas, ni tantito) no me extrañaría que en ese momento aprobaran un impuesto por tener hijos y el doble de IVA para comprar alcohol (imprescindible en las victorias futboleras) o que privatizaran la educación; pero no me hagan caso con mis malas vibras, yo igualmente quiero que ya sea junio, para ver qué destino le espera a selección y cómo la pobreza nos va comiendo las patas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Jungla de vanidad


A Laura León de Plaza Américas


La vida de estudiante becada me ha orillado a la austeridad. Antes declaré que uno de mis pecados favoritos es la vanidad, lo sigue siendo aunque no lo ponga en práctica muy seguido. Ahora se trata de andar en bajo perfil y pasar inadvertida, con un atuendo que se repite más de una vez por semana tipo personaje de caricatura (lo que me hace recordar una escena en los Simpson del armario de Bart, repleto de shorts azules y playeras rojas).


Hace unas semanas me preparaba para asistir a la presentación de equis libro por parte de Marcelo Uribe. Había preparado mentalmente un par de preguntas porque me interesaba saber cómo funcionaban ciertas cosas en la editorial Era. La suerte se puso en mi contra una vez más, dejando que el cielo escupiera tremenda lluvia. Quedé atrapada en el transporte urbano (combi) y di por perdida la presentación de Uribe, así que continué la ruta dos. Me bajaría hasta que lo hicieran todos los pasajeros.


Plaza Américas, tan limpia y concurrida como suele ser los sábados por la tarde. Me limpié las botas antes de entrar al edificio y así reducir las miradas de desaprobación de los custodios. Un poco triste para mí caminar sola en una plaza si podía estar plácidamente en la conferencia, escuchando las anécdotas de un editor o caminando por los estantes de libros con la disyuntiva de escoger unos cuantos ajustándome al presupuesto estudiantil. Frente a la entrada de Cinépolis imaginaba si alguien había formulado mis preguntas o si Uribe tendría un futuro regreso.


El plan era beber un café y regresar a casa para ver las películas del único canal que mi televisión portátil transmite. La cafetería favorita estaba repleta de gente, maldije a las parejas de los sábados y en medio de las maldiciones mi mirada se posó en un maniquí. El vestido negro perfecto vestía las imperceptibles curvas de la muñeca, junto al favor de los reflectores y un par de zapatillas. Mis pies avanzaron autómatas, di las buenas tardes y pedí uno en talla pequeña, nada más por la curiosidad de saber cómo se me veía. Igual de autómata cambié el presupuesto de algunos libros por ese metro de tela (si acaso llegaba a tal cantidad) del que quedé enamorada a pesar de haber renegado (en cierta ocasión) de la frivolidad del resto de las mujeres.


A lado del baño de damas estaba el letrero que a cualquiera que lee revistas de cotilleo y moda hacer perder la cordura: 50% de descuento en ropa de verano. Cuando alguien dice que sólo va a ver ropa en una oferta de ese tipo, es una bárbara mentira puesto que, acto seguido, pelea con las demás compradoras por la única blusa de su talla o lanza miradas feroces a la que ose tomar las de la selección personal. “Para cuando haga falta”, pensé al arrebatar el último traje de baño de mi talla, a sabiendas que estamos entrando a invierno. Quizá la señora (digamos, unos cuarenta años y la cara de Laura León) pensó lo mismo cuando me quitó una minifalda y se burló de mi lentitud.


En algún lugar leí (probablemente lo vi en una película) que dejarle una tarjeta con la cuenta de ahorros a una mujer en los centros comerciales era peligroso, como lo es dársela a un estudiante de Letras en la Feria del libro. Yo cambié a Marcelo Uribe y la feria por una jungla del pecado, donde la más rápida es quien da el tarjetazo y se lleva las bolsas con ropa de liquidación. Más tarde, cuando por fin bebo el café que propició mi entrada al centro comercial, miro a un par de ellas caminar triunfales, casi flotando de orgullo, aunque les cueste trabajo cargar la obscena cantidad de bolsas que llevan impresas en ellas los nombres de muchas tiendas. Mi segundo encuentro con la doble de Laura León no fue muy decoroso para su persona: sin afán de burlarme le di la cartera que dejó caer, mientras el encargado de una famosa tienda con nombre de ciudad del Reino Unido la acusaba de dar un cheque falso. La minifalda también fue confiscada y devuelta a su sitio.


Recuerdo que una vez gasté mi dinero de la semana en unos zapatos que no necesitaba y me quedaban grandes. La respuesta de mamá fue: a ver si contemplándolos o con el forro sintético se te quita el hambre cuando debas salir a almorzar. Ya viene fin de mes. ¿Qué descuento podrá hacerme la dueña del departamento en la renta si le ofrezco un vestido, un traje de baño azul y tres blusas?

lunes, 2 de noviembre de 2009

Cuestión de ocio


A Irving


No sé si bendecirlo u odiarlo, prefiero quedarme en la periferia. El tiempo libre es el que me lleva a gastar tardes frente a la televisión viendo programas que no me dejan otra cosa que ganas de vivir la vida de alguien más o robar unas cuantas características para hacer la mía más interesante, o al menos divertirme de reacciones ajenas. Pero he aprendido a sobrellevar el tedio, después de todo, siempre habrá alguien peor que una.


Trabajo es trabajo:

Me gusta ir en orden cronológico, y qué mejor que empezar por el primero: Adán (espero no herir susceptibilidades, sólo es una suposición burda). Si Dios le regaló una estancia en el Paraíso, como su creador y jefe, era coherente que le disgustara tenerlo como un hijo ocioso y le dio la tarea de poner nombre a cada animal que jugueteara por el Edén. Pero no fue tan malo, no existían los viáticos ni carreteras con las que un burócrata tiene que lidiar. La cómoda vida terminaría en una jornada de trabajo condicionado, pero la recompensa sería igual de buena o mala con la llegada de su femenina pareja porque dos ociosos siempre son mejor que uno.


Premio de premios:

Los concursos no son lo mío pero disfruto verlos, la competitividad entre terceros es muy interesante. Quizá lo más halagador para el competidor sea el reconocimiento como el mejor de su ramo y que esto quede documentado para la humanidad; supongo que esa es la intención del Récord Guinness. El ocio ha traspasado las fronteras de la imaginación y ahora no hay aventura coherente que el hombre no sea capaz de cumplir. En los registros del Guinness ya están los nombres de aquellos que hacen malabares con sierras eléctricas encendidas o pasan infinidad de vueltas en la montaña rusa. Yo pensé que había visto lo suficiente en canales de televisión de paga pero me equivoqué (como suele suceder) porque esta semana Guinness registró a los ganadores de la carrera de bebés montando perros (parece mentira pero es real) y la medalla se la llevó una niña china menor de dos años.


Relaciones públicas:

Cuando el Internet hizo aparición en mi vida, no lo utilizaba para tareas porque tenía Encarta (algunos lo recuerdan) y aprovechaba mi hora diaria permitida en un ciber para conocer gente de los rincones de América donde se hablara español. La misión colectiva era conseguir el correo de un representante de cada país (como en los concursos de belleza) que no pasara de los quince años y fuese aficionado de Caballeros del Zodiaco. Cuando se reunía tal cóctel cultural el siguiente paso era citarlos a todos en una sala privada del chat y tratar de hablar simultáneamente en mi papel de enamorada hasta que se dieran cuenta que mi pasión virtual no le pertenecía a nadie. Como toda una dama de secundaria, me retiraba para dejar a los gentilhombres discutir asuntos de adolescentes y minutos después admirar mi creación: la unificación de una bola de chamacos concentrados en Caballeros del Zodiaco. Ahora considero que mi ocio me ha forjado el talento para relacionar personas y puede serle útil a alguna organización mundial de países en conflicto. Sólo se necesita ser descubierta.


Sopa de letras:

La carrera de literatura no sólo se trata de leer horas hasta que los músculos corporales pierdan gracia pero hay un poco de verdad en ello. Los congresos son frecuentes y agradezco el gesto de los viajeros con ponencias y su disposición de cruzar mares, océanos y continentes para leer investigaciones de detalles literarios que a veces paso por alto pero a la hora de oírlos en una conferencia magistral me dejan boquiabierta. Un joven escritor (del cual estoy platónicamente enamorada) afirma que se trata del ocio más grande pero divertido porque uno de sus maestros se fue a los pueblos olvidados de Europa a estudiar la estética de los árboles y su relación con un poema. Dicho amor platónico a veces desdeña de las investigaciones literarias porque hay cosas más importantes que suceden en el mundo mientras algunos nos encerramos horas en las bibliotecas comparando la gramática de libros antiguos. Pero en la sopa de letras no todo está dicho y hace unos días me invitó a enviar nuestro trabajo a un concurso para ganar la estancia en una isla del Índigo e investigar la estética de los troncos petrificados y su relación con la poesía de Quevedo.

martes, 20 de octubre de 2009

La ciencia del sueño



Niños dormilones

Ahora está de moda llamar “generación X” a los que vivimos en los noventas, viendo caricaturas japonesas, a Chabelo los domingos y jugábamos en la calle. Los Simpson me han acompañado dos décadas y a partir de la programación televisiva puedo sacar la contabilidad de mis horas de sueño. Antes de los nueve años me iba a la cama a las ocho y media, después del capítulo de la familia amarilla; despertaba a las siete y eso me da diez horas durmiendo. Como toda niña sana, comía verduras, corría durante el día y me iba temprano a descansar porque la “generación x” no tenía X Box pero con cincuenta centavos podía hacer un buen juego del Street Fighter por las mañanas. Leí en una revista de maternidad que si los niños duermen lo suficiente y están activos en el día, crecen sanos y se enferman poco. Dichas publicaciones no siempre tienen la razón, tengo una estatura media y fui enfermiza. Le echo la culpa a la genética.



Mala digestión

Hace unos días una madre regañaba a su obeso hijo a la salida del Burger King, el motivo fue que el angelito se comió dos hamburguesas gigantes. La mujer le dijo que iba a tener pesadillas por la mala digestión y cuando se despertara de madrugada llorando por miedo a Freddy Kruger, no le daría leche caliente con miel para conciliar el sueño. Mi caso es diferente, las pesadillas se me dan solas y sin permiso aunque cene una ensalada de lechuga o complazca los antojos con comida grasosa. Pero a falta de leche con miel tengo que recurrir a la vieja fórmula heredada de mi madre: “persígnate tres veces, reza un Ave María y dormirás como un oso a menos que no sea una pesadilla o un juego de sombras y en realidad haya entrado un ladrón a tu departamento por aquella horrible costumbre de no poner el seguro y las cadenas a la puerta”.



Más bizarro que el propio sarro

No soy profeta y doy gracias a todos mis santos por no serlo pero me ha sucedido que acierto en algunos aspectos de la vida cotidiana. Un par de ocasiones presagié (si así se le puede llamar) la muerte de personas cercanas y fue una experiencia horrible. Ojalá no sueñe con terremotos y desastres naturales porque no quiero secuestrar el transporte público y privado. El arte adivinatorio se manifiesta cuando no me interesa invocarlo, como hace un par de semanas cuando soñé que nos gobernaban los comediantes de un programa guapachoso. En mi sueño uno de ellos era un moderno mecenas que se paseaba por toda la ciudad en un camión decorado de peluche y propaganda cervecera, con dos curvilíneas bailarinas moviéndose al ritmo de una cumbia. Mis sueños no están muy alejados de la realidad.



La ciencia del sueño

Me he desvelado más de lo que mi ocioso cuerpo puede soportar. De nueva cuenta hace su aparición en mi vida un capítulo de los Simpson, cuando Homero trabaja horas extra y necesita dormir. Para él su auto era una cama y todo a su alrededor lo incitaba a caer en brazos de Morfeo. En lo personal, prefiero dejar de lado los libros que necesito estudiar aunque al día siguiente tenga un examen importante porque no dormir es peor que pasar hambre. Esta semana tomaba clase de adquisición paradigmática de lenguas nórdicas. Recreaba la escena de Homero desde mi asiento cuando el sonido seco del borrador sobre el escritorio me despertó; el profesor alemán me miraba con cara de pocos amigos.
-Señorita, haga el favor de prestar atención. Mi materia es una ciencia y aquí vamos a analizar los paradigmas de las lenguas nórdicas, no el cabeceo de los dormilones.
Claro, la lengua se estudia como una ciencia pero no dormir a mis horas por exceso de trabajo me transportará a otra ciencia más compleja que es ver capítulos viejos de un personaje amarillo acostumbrado a comer y dormir y relacionarlo con mi vida pasada antes de ser internada a punto de infarto o embolia.

martes, 6 de octubre de 2009

Historia de un taxi




Uno de los empleos necesarios para la sociedad y que pocos dan el reconocimiento que se merece es el del taxista. Estará el lector de acuerdo, los necesitamos para mantener en orden los tiempos de una ajetreada vida de último momento y llegar puntuales a la cita o no utilizar urbanos en época de prisas y calor.
Incluso cierto cantautor guatemalteco le dedica su más célebre canción al ruletero nocturno, quien pasa a inmortalidad conquistando a una rubia preciosa para vengarse de sus respectivos amantes siempre a las diez en el mismo lugar. El caso es que siempre tienen una anécdota para los pasajeros, desde las más simples hasta las inverosímiles. Recrearé mis conversaciones con diferentes taxistas en días comunes.


Estructuras económicas

-¿Cómo ve, señorita, que quieren meter la inversión extranjera en los servicios del estado?
-Bueno, son opciones, aún no lo aprueban. A lo mejor funciona.
-Pues quien sabe, señorita, quién sabe. México le copió el modelo capitalista a los demás países y no estamos preparados para que los extranjeros sigan metiendo mano en la economía. Nuestra estructura económica debe ser la del pueblo. Comer lo que el pueblo produzca.
-Ah. ¿Y si el pueblo no produce nada, ni medicinas?
-Pero mire nomás, señorita, tenemos el mar y el campo. Qué más quiere para vivir feliz.


El Credo

-En un momentito la dejo ahí, es que hay tráfico.
-Sí, había procesión.
-Dígame, ¿usted cree que somos pecadores?
-Supongo que sí.
-No, señorita. Eso es una gran mentira. Recuerde que Jesucristo vino a lavar los pecados de los hombres con su muerte. Él dijo que nos dejaba limpios de pecado y está ahí, escrito en La Biblia.
-Entonces no somos pecadores.
-Pero sí lo somos. ¡Todos pecamos! Hasta con el pensamiento ensuciamos su nombre, señorita. Nos debería dar vergüenza.
-Como usted diga.
-Tampoco me tire a loco, mejor piense en todos sus pecados que han de ser muchos.
-Lo haré. Me bajo en esta esquina.



Una gripita

-¿Ese es gel antibacterial, señorita?
-Sí, hay que tener cuidado con la epidemia.
-Yo creo que es un complot. A la gente de casualidad le está dando la gripa y resulta que se hizo epidemia pero no, señorita, para mí que es una tapadera del gobierno para disfrazar la lucha contra el narco y a los decapitados. Todos hablan de la influenza y quién se pregunta por los cadáveres de Michoacán.
-Pero sí está dando, un amigo tiene influenza, le mandaron los estudios de la Secretaría de Salud.
-Hasta cree, señorita. Se me hace que les pagan para fingir porque nadie ha visto los cadáveres de los muertos y yo, en mi humilde opinión: hasta no ver, no creer.


El galán

-Gracias por pararse, señor. Qué horrible lluvia, no se puede andar allá fuera.
-Mejor aquí adentro, ¿verdad? ¿A dónde la llevo, guapa?
-A la UAC, en Humanidades.
-¿Entonces usted es psicóloga?
-No, estudio literatura.
-Ah, eso es interesante. Le voy a decir algo pero no se ofenda. Está usted muy guapa. No, no se chivee, sólo se lo decía. Con todo respeto, es una muchacha guapa y tiene bonitas piernas.
-Gracias, cóbreme, me bajo aquí.
-Uy, señorita, está lloviendo bien feo. Tendré que darle otra vuelta porque se va a mojar, se le va a correr el maquillaje.
-Aquí me bajo.
-Sí, sí. Pero cierre la puerta que entra el agua y me acaban de lavar los asientos.


Desde mi trinchera les mando un saludo a todos aquellos taxistas que me han servido a lo largo de la vida, regalándome ideas de fortalecimiento económico, credos religiosos, complots políticos e intentos de seducción fallidos. A lo mejor una de estas noches las lentejuelas de un traje les harán la parada y espero fervientemente no ser yo.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El elegido


No sé si la humanidad tenga los días contados o se trate de la moda de este mes. Lo que sí es que fulanos (y no tan fulanos) han salido a la fama por ser elegidos de Dios para transmitir mensajes de catástrofe. Pensé que el circo empezaría en diciembre, cuando el ochenta por ciento de las revistas sacan suplementos con las predicciones para el año que empezará, desde la Vanidades o Quién hasta el TV y Novelas y similares. A veces hojeo dichos datos astrológicos pero mi mala memoria me hace olvidarlos enseguida. Si llegan a suceder, no atribuyo la información a los brujos de Catemaco.



Hace unos meses pensaba que por vivir en la Península de Yucatán y ser heredera de la cultura Maya era normal encontrar en cada establecimiento de souvenirs, librerías, papelerías, estanquillos y demás negocios los pequeños libros o folletines con profecías del 2012. No los he leído ni siquiera por la enorme curiosidad que me lleva a hacer cosas extrañas pero ahora me llama la atención informarme del inicio de un nuevo Apocalipsis puesto que dichas predicciones han desatado polémica en otros individuos.



José María Flores Pereyra, cuyo nombre artístico es Josmar se ha hecho famoso en todo el mundo por secuestrar un avión, era pastor de una iglesia y cantante de alabanzas. Afirmó no estar loco sino ser un instrumento de Dios para dar testimonio anticipado de un terremoto peor que el del ochenta y cinco. Tampoco es tan tonto como muchos creen: sabía que pidiendo audiencia con el presidente o haciendo antesala jamás iba a ser tomado en cuenta y se fue por la vía rápida (y aérea) con el secuestro de un avión. Así de fácil fue engañar la seguridad de un aeropuerto con latas de Jumex, cables de colores y cinta, todo a la vista de pasajeros y policías en una sala de espera.



Ahora tendrá que enfrentar los cargos que se le impugnan, cuando lo más sencillo del mundo era quedarse con sus feligreses o viviendo de las regalías de sus discos porque el hombre era una estrella de la industria musical en el género de alabanzas. Aunque quién sabe, si el terremoto llega a tener efecto mientras Josmar purga su condena, dudo que los guardias quieran soltar a los presos. Corriendo por salvar sus vidas ni siquiera se acordarán del profeta.



El otro hombre que se volvió personaje se materializó para mí gracias a un mensaje de texto de las compañías celulares donde ponen al tanto a los usuarios de las últimas noticias (mundo, deportes, dietas, chisme,etc). Luis Felipe Hernández Castillo igual dijo ser invocado por Dios para hacer “conciencia” en el resto de los mortales de la situación deplorable de nuestro país. Como una prueba de su inconformidad le quitó la vida a dos hombres y dijo no ser un fanático. Cuando se sale negativo en los exámenes toxicológicos no queda más que jurar ser un instrumento de la divinidad y que se tiene la mejor voluntad para salvar a la sociedad de una inminente decadencia. Semejante locura va sustentada por balazos a transeúntes.



Si las autoridades no encuentran lógica posible a tales actos, el clero tiene derecho a negar que Dios los manda a hacer justicia por su propia mano. Pero aquí viene una historia de hace algún tiempo, digamos varios siglos atrás. Juana de Arco, a los diecisiete años, cuando obtuvo permiso para encabezar el ejército francés, fue tachada de loca. Su fe la hizo obedecer aquella petición celestial para librar a su país del asedio Inglés, pagando la condena del juicio inquisitorial años más tarde. Después se le consideró santa y hoy es venerada por católicos y patriotas.



Si me remonto en la historia un poco más (ya encarrilada en el asunto) otro personaje famoso llamado Moisés liberó al pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, también por mandato divino. Y con lo anterior no es que quiera comparar a los hombres noticia de este mes con héroes históricos y bíblicos (no se confundan, señor y señora lectores) pero se me hace curioso que después de secuestrar aviones y balacear transeúntes recurran al mandato divino para exonerarse de toda culpa, quedando como elegidos de Dios para cumplir su voluntad.



Juana de Arco y Moisés lo hicieron bien pero si mañana sale un hombre desnudo disparando con una metralleta en la Central de Abastos, háganle la mano de puerco antes de que diga que cumple con la palabra del Señor.


sábado, 19 de septiembre de 2009

Enemigos íntimos



Ya pasó un mes. La rutina de los días es casi la misma para esta época del año. Me gusta la privacidad que gozo últimamente, mi departamento está aislado del resto de la casa y los demás cuartos… donde vives. Te he observado como tú a mí, la diferencia es que cuando pienso que estoy sola tu mirada viene de algún lado y me acompaña largo rato sin que me dé cuenta. No sé si es un halago o una invasión a la privacidad de la cual alardeo.


Sabía que vivías aquí, en los departamentos, había escuchado rumores de los demás o algunos te llamaban. A veces no tenías la precaución de caminar despacio: golpeabas cosas viejas en el pasillo cuando llevabas prisa. Las horas en la escuela me tienen largo tiempo fuera de casa, por eso no sé qué haces todo el día. Seguro sales a pasear como todos, pero lo dudo; enseguida se nota que lo tuyo es la vida nocturna. No es que me importes más de lo que debería, pero siempre he sido muy curiosa con todo el mundo, hasta contigo.


Una vez la chica que vive en el departamento de arriba me habló de ti. Dijo que nadie entendía tu comportamiento, eras un ser extraño, distinto de los que ella había conocido, con cambios de humor y actitud que delataban tu instinto. Tampoco me interesa descubrirlo. Te vi de frente hace dos semanas. Debo admitir que tienes unos ojos muy bonitos, ya quisiera yo un color y forma así. El tipo de ojos que trata de decir mucho pero no revela nada. No tenía caso sostenerte la mirada, para qué. Mejor te evadí y seguí mi camino. Te ofendiste, me di cuenta por el ruido extraño que hiciste pero me da igual ignorarte o no.


Me fijo que te asomas a la ventana cuando llego, escuchas el ruido que hago para abrir mi puerta y a veces maldigo por tardar en hacerlo. Por eso sé que me observas a través del cristal. A lo mejor esperas que traiga a alguien a casa. Eso es asunto mío. Pero puedes estar tranquilo, no ha sucedido ni sucederá. Debes conocer mi horario, ya sé que me espías y soy bastante predecible. No puedo hacer nada para evitar tu curiosidad, se te da de forma natural. De todos modos no estaré mucho tiempo aquí, la atención de los demás volverá a ser toda tuya.


Me dijeron tu nombre y lo olvidé, ¿ves cómo me tienes sin cuidado? Si tuvieras conciencia de ello te ofenderías mucho. No sé si sepas el mío pero es algo que no me quita el sueño, como tampoco me lo quita que a veces rondas la puerta de mi departamento en las noches. Calmado, amigo, no te atacaré porque sé que no entrarías y tampoco tienes motivos para hacerlo. Aunque, para ser sinceros, ya hemos intimidado un poco, grave error. Aquella tarde en la sala nos dejaron solos, yo estaba entretenida en mi computadora y tú con cualquier cosa. Era inevitable que te pusiera atención si te acercaste y para estar ahí a mi lado un buen rato. Cuando te quise hablar, me evadiste.


Ya deberías aprender modales o no serás aceptado en ningún lugar. Hace dos noches nos vimos en la puerta de la casa. Yo llegaba cansada de tomar clases y tú te ibas quién sabe a dónde. Te sostuve la mirada porque no me molesta ver el color de tus ojos y dentro de mí te desee buena suerte en lo que pudiera suceder durante tu aventura. Ahora son días de lluvia, desde temprano cae la tormenta con todo y rayos y es imposible salir porque las calles se inundan o no deja de llover hasta entrada la madrugada. Por eso nos encontramos en la sala común: yo no puedo ir a mis clases vespertinas ni tú a los paseos que acostumbras. No te culpo, tampoco me gusta empaparme en la calle.


Ayer rompiste el hielo de la peor manera. Otra vez solos en la sala, te quise hablar y tú fuiste directo a los hechos. Te me echaste encima como si te hiciera daño y me quisiste rasguñar el cuello porque no te seguí el juego con la pelota. Afortunadamente soy más grande e inteligente que tú y me defendí aventándote. Maullaste. Me miraste con los ojos bien abiertos y te preparabas para atacarme de nuevo pero te pegué y huiste. Lo siento, no fue mi intensión pero es la supervivencia del más fuerte. Te fuiste altivo, con la cola levantada y las uñas aún visibles.


Ahora somos enemigos. Pero descuida, no te molestaré porque tienes una ventaja: me desagradan tus maullidos y soy alérgica al pelo que sueltan los de tu familia, los siameses.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Fórmula infalible


El hecho de que México sea un país en vías de desarrollo (porque tercermundista se escucha muy feo ahora que está próximo a cumplir doscientos años) se ve reflejado en todo, desde las chozas que miro a través de la ventana donde tomo clases de poesía vanguardista hasta los centavos que acaba de subir el azúcar y la tortilla. Pero a grandes males grandes remedios y como el mexicano burócrata u obrero no puede hacer nada en contra del gigante que se le presenta en forma de deudas, mejor las olvida un rato o al menos las disfraza. Para contrarrestar los dolores sirve de jarabe la televisión.


Muchos la llaman la caja idiota, a otros nuestras abuelas nos dijeron que íbamos a quedar ciegos de tanto verla pero a dicho invento le debo gran parte de mis alegrías y recuerdos generacionales (cómo olvidar las caricaturas japonesas o a Chabelo). El mexicano promedio no lee, va poco al cine (aquí no cuentan los churros hollywoodenses) y para entretenerse ve la televisión. Podrá no saber suficiente de historia nacional pero qué tal si le preguntamos de las novelas donde salía Thalía, de Cuna de lobos o las producciones de Emilio Larrosa. Nos sorprendería relatando detalles que a conciencia cualquiera hubiese olvidado.


Las telenovelas han sido la mina de oro de los productores debido al éxito arrasador que obtienen. Me atrevo a opinar porque a lo largo de dos décadas sobre la Tierra he visto gran cantidad de melodramas y no me da pena compartirlo. Seguramente al ama de casa le gusta sentarse en las tardes a ver cómo Paloma lucha contra una tía desalmada que le mata a sus novios o por las noches, mientras espera al esposo gordo, suspira con los pectorales de un actor cubano en escena de cama. También a la adolescente soñadora la ilusiona pensar que un día conocerá a un joven rico y guapo que la llevará a vivir con él a Las Lomas y se casarán en la Basílica de Guadalupe, todo esto mientras hace la cola para las tortillas.


Una frase célebre dice que la religión es el opio de las masas, estos días me atrevo a decir que las producciones de televisoras mexicanas lo son. Hace algunas décadas dieron en el clavo con la fórmula infalible: el hombre rico se enamora de la chica pobre. Al encontrarse en estratos sociales diferentes deben hacer lo posible (e imposible) para defender su amor puesto que siempre habrá villanas de por medio, embarazos por noches de borrachera, hijos bastardos que regresan años después y compañías millonarias en disputa familiar. Las tramas de este tipo consagraron a actrices como Lucía Méndez, su archirrival Verónica Castro, Thalía (ahora toda una neoyorkina) y los venidos a menos Peniche, Camacho o Ferrara.


Pero los tiempos cambian y los productores no son nada tontos. No les vendría mal hacerse un poquito más millonarios ahora que el azúcar y la tortilla subieron, por ello necesitan seguir vendiendo sus novelas para llevarlas al resto del mundo (¿quién dijo que México no exportaba cosas de calidad a Europa y Asia?). Si los príncipes extranjeros se casan con “plebeyas” (que ostentan carrera con maestría e incluso doctorado) ¿por qué la chica de las tortillas no habría de casarse con un sobrino de Slim? Como ahora todo es posible (aunque lo dudo, obviamente) hay que innovar a la televisión mexicana por otras vías.


Se nos adelantaron un poco los colombianos con una producción de gran éxito, acogida hasta por EUA: Betty la fea. Se trata de la transformación de una mujer fea en toda una belleza ejecutiva. Wow. Sorprendente. Exitoso. La novela arrasó en varios países y cómo no, a quién no le gusta ver cómo una inteligente pero espantosa secretaria se enamora de su guapo jefe y es rechazada por FEA para luego conquistarlo siendo una despampanante modelo.


Reitero, los productores no son tontos y ya ficharon a los adolescentes. Saben que son una máquina del consumismo. Ahora transmiten la versión mexicana de Patito Feo (originalmente de Argentina) donde ocurre lo mismo: una niña con brakets y lentes es despreciada por sus compañeras bonitas para luego aparecer como el cisne más lindo del colegio, por la que babearán los adolescentes populares y guapos. Y este melodrama terminará siendo un éxito, un clásico de la televisión y cultura mexicanas. Los productores sí que saben hacer dinero volviendo hermosas a las feas. (Qué bueno que no la transmitieron en mi época de brakets).


Pero me da curiosidad una cosa, ¿alguna de las ochenta y cuatro bellezas que se disputaron la corona de Miss Universo hace algunas semanas habrá sido una Patito Feo en su colegio? Lo dudo pero esperaré que algún día se los pregunten en la ronda final. Mientras, habrá muchas novelas para ver en el horario estelar.

sábado, 5 de septiembre de 2009

A la rorro nene



Desde hace dos semanas me aquejan sueños extraños. Lo atribuyo al cambio de ciudad, vivir sola y que olvidé traer los tres atrapa sueños que colgaban de la cabecera de mi cama. La vida austera como estudiante de intercambio incluye prescindir de la televisión, lo cual significa dormir más. Eso sería un placer si a media noche no despertara con lágrimas en los ojos por alguna pesadilla y me costara mucho trabajo arrullarme de nuevo. Pero todo mal tiene su lado positivo, dichas rarezas pueden significar algo.



Lo primero es contárselos a mamá vía Messenger. Soñar con parientes muertos: necesitas a tu familia; bebés: te sientes sola (pero no te embaraces); comidas y reuniones: quieres volver a casa, responde mamá como quien lleva años dedicándose a descifrar sueños o ansía abrazar a su pequeña. Sus respuestas no son muy convincentes, le digo que todo estará bien tomando leche calientita antes de acostarme y me despido, sin mencionarle que en la siesta del medio día soñé que mis compañeros de la Sinfónica me daban tremenda paliza para matarme.



Le platico las pesadillas a una de mis compañeras de poesía surrealista, quien me da el nombre de un hippie de la facultad de lenguas muertas pero pide que no le diga que ella me dio el dato. Asegura que dicho hippie puede ayudarme. Cuando por fin doy con él, lo encuentro en la parte trasera de la biblioteca, leyéndole la mano a una chica rubia. Cuando termina me atiende. Besa ambas palmas de mis manos y hace una oración en quién sabe qué lengua. Me da un poco de miedo.



Le platico cada uno de mis sueños, tuve la precaución de apuntarlos en una libretita desde que comenzaron a aquejarme. Son nueve en total. Me pide sentarme en el tronco que usa para sus clientes, e insiste en que le repita los sueños eróticos que me despertaban llorando de madrugada. Le respondo que no eran eróticos sino pesadillas, insiste que tienen que ver con deseos sexuales reprimidos. Le digo que no, que tienen que ver con el cambio de casa. Me da la razón.



Comienza a ramearme con una hierba olorosa mientras dice oraciones en quién sabe qué lengua, escucho el sonido de unos tambores al compás del baile del hippie y me fijo en otro de los suyos que llegó sin darme cuenta. El del tambor prende incienso en una jícara y fuma un Delicado. Me ofrece Delicado y lo rechazo. El hippie termina de ramearme y nos toma a los dos de las manos, formamos un triángulo con los ojos cerrados (yo dejo uno abierto porque no me inspiran confianza) y ambos rezan pidiendo paz para mis sueños eróticos. Les digo que no son eróticos sino pesadillas y me dicen que me quede callada porque puedo romper el círculo de las fuerzas naturales.



Se acaba el ritual, los hippies se tiran en el suelo pareciendo más exhaustos que un par de futbolistas cheleros. Dicen que equilibraron mis impulsos sexuales y no volveré a tener sueños eróticos que me despierten de madrugada, prefiero no contestarles. Me mandan a comprar una cajetilla de Delicados, esa es la cuota. Pago por el ritual. Antes de irme les advierto que el morral de uno de ellos se está quemando por culpa del incienso.



La siguiente noche despierto a las tres y media de la madrugada, mitad hambre y mitad pesadillas. En el sueño el hippie de las ramas y yo corremos a todo lo que dan nuestras piernas porque nos persigue una multitud de colegialas para darnos tremenda paliza, ignoro el motivo. Ya despierta me tallo la cabeza como si el golpe de una de ellas hubiese sido real. Dos días más tarde veo al hippie de los tambores comprando cigarros y con un brazo enyesado. Le preguntó qué le pasó y contesta que él y el chamán de los sueños eróticos fueron atropellados por unas ex novias enfurecidas; su amigo tenía la cabeza rota y estaba descansando en casa.



Me sorprendo. Le platico las premoniciones a mi compañera de poesía surrealista y me propone sacarle provecho entre el estudiantado. Ahora yo ocupo el tronquito detrás de la biblioteca y me hago fama de descifrar sueños. No hay mal que por bien no venga.

sábado, 29 de agosto de 2009

Mudanzas



Podría comenzar la nota de hoy con la letra de una canción para mujeres despechadas pero no viene al caso, el título es porque se trata de una mudanza en el estricto sentido de la palabra. Desde hace unos días duermo bajo el cielo de Xalapa por decisión propia, a los veintiún años que ostento era necesario un cambio de residencia para adentrarme a la vida independiente, o al menos esa es mi justificación.



Lo curioso de esto, lector o lectora, es que alguien tan ociosa como yo puede reír un poco partiendo de lo siguiente: nadie me conoce. Sucede como en las películas gringas que pasan por los canales donde los estrenos son las cintas de diez años atrás, en dichas historias llega un fulano a vivir solo. Se desconoce quién es, a qué se dedica y por qué tiene cara de pocos amigos, sin embargo, nadie le quiere preguntar. La gente sólo hace conjeturas cuando en el vecindario empiezan a suceder asesinatos o actividades paranormales. Pero no me desviaré del tema, que se supone es mi mudanza.



No pretendo ser una asesina o la vengadora justiciera del barrio pero por ser desconocida puedo tomar ciertas cosas a mi favor. En un viaje al DF hace meses uno de los amigos que fue dijo: cuidado al hablar, si se dan cuenta que somos del Sur nos van a asaltar. Afortunadamente mi paranoia no llega a tanto como para evitar pronunciar palabra, aunque un par de personas han notado que no soy xalapeña por el cierto acento campechano que es una extraña mezcla de yucateco, tabasqueño, efeéme y no sé qué tantos timbres exóticos. Quizá estos meses se me pegue alguna palabra o expresión de aquellas que tenía olvidadas desde mi niñez por estas montañas y las emplee con mi particular acento campechano.



Mi primer fin de semana salí a caminar para ubicarme, comprar los aditamentos de una casa y ejercitarme por el tiempo perdido. Vagar sola me hizo extrañar a la familia, los amores y amigos pese a que soy fuerte en cosas del corazón. Para consolar el alma recurrí a una actividad que siempre me pone de buenas: probarme ropa y zapatos en las tiendas. Es uno de mis pecados (atrévase a negarlo, lectora, usted también lo hace) y pequé poniéndome hermosos vestidos de noche, calzándome zapatillas imitación de Vuitton y probándome maquillaje de diseñador. Las atenciones de las amables señoritas se compensaban con la excusa de ir por mis amigas (que aún no tengo) para volver a la tienda y escoger algo de lo que me había gustado. Regresaré a esas tiendas cuando tenga amigas.



Estar aquí me da la posibilidad de ser otra persona. En lugar de una estudiante de letras que aprovecha su estancia en la universidad quiero encarnar a una aventurera excéntrica que viaja son su esposo investigador (inexistente, claro está) en busca de un poeta olvidado que va dejando huellas de su paso y obra por distintas ciudades del país (como cierta mujer cuyas iniciales eran C.T.). Tras escuchar esta historia más de uno se asombrará de mi labor, y si mi facilidad histriónica supera las fronteras del acento podría fingir ser oriunda de Sudamérica para tornar más interesante la aventura. No será difícil inventar un poeta olvidado (como muchos que existen o han existido) y podré cosechar la admiración de quien se crea esa historia. A lo mejor alguien se interesa y quiere enrolarse a la búsqueda.



Ser la nueva del grupo tiene pros y contras, la aceptación y el repudio. Lo mismo puedo ganarme el aprecio de mis compañeros como también ser el blanco de sus bromas más pesadas y volver mi vida un infierno estudiantil, donde no tendré quien me defienda. Aunque parece mentira, la verdad nunca se sabe, a lo mejor les caigo bien y deciden nombrarme su reina. Es cuestión de tiempo y un poco de suerte.



Pero esta mudanza también será el chance de fingirme otra por un tiempo determinado hasta que se descubra lo contrario. Mientras, seguiré escribiendo. Como lo dice cierta cantante de cuyo nombre no quiero acordarme: porque soy mujer, con todas las incoherencias que nacen de mí.

viernes, 21 de agosto de 2009

Chicas buena onda


Para las amigas buena onda que se quedaron lejos... pronto las alcanzaré.
Admito que a mi edad soy una traumada con la vida. Es común de las personas mayores quejarse por todo, pero yo soy una de ellas sólo que en el cuerpo y generación de una veinteañera. Esto lo descubrí por la afirmación de mi amiga Vivian, víctima de la moda y todo tipo de sucesos (y excesos) de momento.


-Nada te gusta, Laura. Los tiempos cambian y hay que vivirlos, vayamos al Rave de Jimmy, verás que se pone de pelos.


Me negué, me dio miedo. Imaginé que al momento de destapar mi primera cerveza con la música electrónica a todo lo que da llegaría la policía a llevarnos a todos, me “amarrarían como puerco” para subir a la patrulla y mamá pasaría la vergüenza de ir a recoger a su hija a los separos de Seguridad Pública.


-Como quieras, Lau. De vez en cuando hay que conocer chicos buena onda pero si no te late ni modo. Te marco mañana, sweety, muaaa.


Nos despedimos. Me reconcilié un momento muy breve con Dios para pedirle de favor que los policías no la llevaran a los separos y si conocía a algún chico buena onda que este no le diera pastillitas de colores.


Sí, yo era una traumada preocupada por todo pero no puedo hacer nada al respecto, es mi sello de fábrica y cuando estoy a punto de transgredir esa ley personal visualizo a un juez gigante y yo muy pequeña delante de él pidiendo misericordia por mis travesuras. Acto seguido, ardo en las llamas de un infierno que no tiene nada que ver con el que nos pintan en la iglesia o la escuela primaria.


Al día siguiente mamá tocó a la puerta de mi recámara para pedirme que pusiera la televisión en el noticiero de las tres de la tarde. En pantalla un reportero daba nota de una redada masiva (no estoy segura si es el término correcto pero el hombre lo dijo así) donde levantaron y “amarraron como puercos” a muchos muchachos en cierto lugar a orilla de la playa.


Los organizadores afirmaron que todo estaba en perfecto orden con el evento, que ellos nunca molestaron a ningún vecino y las cervezas eran totalmente lícitas, hasta pidieron permiso para las horas ininterrumpidas de música electrónica pero nadie les creyó. Al fondo de la pantalla distinguí a mi amiga brincoteando como una desquiciada en medio de varios “chicos buena onda”.


-¿Ya ves, Laura? Qué bueno que no fuiste a esos relajitos. Si un día te lleva la patrulla ni creas que iré a pasar la vergüenza de sacarte de Seguridad Pública- dijo mamá cuando me llevaba al malecón.


Siempre he pensado que cada cosa que me sucede es por dos motivos: mala suerte y/o predisposición lugar-tiempo de las circunstancias. Lo mismo para el ejercicio, era mi primera tarde para caminar a lo largo del malecón y luego de avanzar cincuenta metros la vi ahí sentada con un espécimen masculino, rubio y con cuerpo de modelo Calvin Klein.


Vivian me saludó de beso y presentó a su novio, se llamaba Dean y era de California, un “chico buena onda” al que conoció en el mencionado por noticieros Rave de Jimmy.

Durante los cinco minutos que estuve con ellos se besaron un montón de veces mientras ella me contaba lo bueno que era Dean para ciertas cosas como bailar electrónica y surfear.


-Lástima que no fuiste, Lau, Dean llevó varios amigos guapísimos, si quieres le digo que te presente a alguno para salir en parejas- me comentó Vivian de lo más entusiasmada a lo que me quejé falsamente de mi decisión.


Mientras se besaban de nuevo me fui a paso veloz a lo largo del malecón.


-Hijita, sal, te busca Vivian, está en la sala- avisó mamá en la puerta de mi cuarto mientras leía el clímax de “Las brujas”.


Junto a mi amiga estaban Dean y otro modelo Calvin Klein.


-Vístete, Lau, vamos a dar una vuelta, ya le pedí permiso a tu mamá y dijo que sí. Ándale, no seas mala onda.


El auto deportivo de Dean tenía no sé cuántos caballos de fuerza pero como no tengo idea de términos automovilísticos diré que era propulsión a chorro marca ACME. Aceleró y aceleró, siguió acelerando por el malecón mientras sorteaba la vista entre Vivian y el camino, la música electrónica a todo lo que daba y un Red Bull en los labios.


No recuerdo si lloré porque el otro modelo Calvin Klein quería besarme a la fuerza o por haber visto toda mi vida pasar delante de mis ojos cuando Dean chocó contra el poste. Me despedí del modelo con una buena cachetada y de Vivian con mis ojos llenos de lágrimas mientras la patrulla llegaba al vehículo y subían a los tres “amarrados como puercos”.


En el noticiero local mostraron la fotografía “fichada” de los dos californianos y hablaron de una muchacha más en cuestión que los acompañaba pero como era hija de un conocido político no se afirmó ni negó nada. Hasta para eso Vivian tenía buena suerte.


-Cámbiale a la tele, Lau- me pidió una prima adolescente- quiero ver mi novela argentina. ¿Te imaginas ser una chava tan buena onda y reventada como Jena, la protagonista?

jueves, 13 de agosto de 2009

La socialité


Sostengo mi postura: los niños son crueles. La ventaja de ser un chicuelo es no tener vergüenza, poseer la desfachatez de decir las cosas tal cual les parece, al fin y al cabo “sólo son niños”. Con tremendos entes sinceros me ha tocado vivir estas dos décadas sobre la tierra.

Scarlett era la niña fresa del salón de clases, una gordita morenita y poco agraciada pero con la colección de Barbies que tanto envidiábamos sus demás compañeras. Yo tenía mis propias Barbies, por eso me gustaban más las Cabagge Patch que Scarlett llevaba a clase. Me escogió como amiga porque ingresé tarde al curso y su buen corazón la llevó a trabar amistad con la niña nueva, regalándome un paquetito de chocolates Lengua de gato. Dijo que le caía bien por mi gran imaginación, le gustaba jugar Barbies con una niña que hiciera de cada juego una historia de telenovela.

En la escuela decían que era muy rica porque se la pasaba viajando y tenía todos los juguetes del mundo aunque viviera en una casita diminuta que parecía multifamiliar con arquitectura extraña. Las niñas del salón no sabían explicar que su padre era teniente, se cambiaban de ciudad cada año y el departamento era asignado por la marina.

Cuando Scarlett llevaba una nueva muñeca hacía una selección de las niñas a las que se las prestaría. Yo estaba más allá del bien y el mal porque me gustaba jugar caza venado con los demás niños y la Barbie antropóloga o la Barbie azafata me tenían sin cuidado. Las pruebas eran sencillas: cantarle una canción, ganarle una partida de dominó o dar una voltereta.
Los rostros de las elegidas se iluminaban cuando podían tener entre sus manitas el carro de la Barbie los quince minutos que quedaban de receso. Por mi parte jugué a placer con todo lo que llevaba Scarlett durante la hora que esperábamos a la salida mientras nos iban a buscar (batimos el récord de ser las olvidadas).

-Esa niña es mala y egoísta- dije a mamá cuando me llevaba a casa de Scarlett a hacer tarea- se burla de las que no tienen Barbies y las pone a correr en la cancha para prestarles una.

-Deja de criticarla- contestó sabiamente- la pobrecita no tiene amigos en ninguna ciudad.

Mamá tenía razón, una vez más. Sus únicos amigos constantes eran sus padres.

Una de las pruebas para ser amiga de Scarlett era cruzar el pasamanos de la escuela de ida y vuelta. Detuve mi huída mientras jugaba escondidillas para ver cómo una a una iban cayendo niñas y Scarlett las eliminaba; en aquella ocasión el premio era la Barbie maestra. Martina era una niña humilde y lo que más deseaba en el mundo era una Barbie original, no de esas de plástico que tienen filo en las orillas del cuerpo.
Vi la decisión y valor en sus pupilas cuando se colgó del primer barrote del pasamanos con su enorme corpulencia (por algo le decían La novia de Ñoño). Libró el primer barrote, el segundo y así sucesivamente hasta llegar al final y de regreso con más impulso que antes. Faltaban dos cuando cayó estrepitosamente.

-Lo siento, Martina, perdiste tu oportunidad. ¡Siguiente!

Martina lloraba no por la humillación a la que fue sometida sino porque en verdad ansiaba esa Barbie.

-A un lado, Martina, va a pasar Lola. No, Martina, perdiste, no te la puedo dar.

Fue en cámara lenta. Martina, con su corpulencia y lágrimas, empujó a Scarlett al lodo mientras le gritaba:

-Chingada enana prieta. ¡Me la vas a dar! ¡Síii, y seré tu mejor amiga, síii!

En ese momento un niño tocó mi espalda: “un, dos, tres por Laurita”

Scarlett se fue ese verano a otro puerto distante. Hasta hoy no sé de ella pero en la carpeta de tercer grado, entre mi diploma y la foto del salón, tengo una carta suya que dice: “gracias por haber sido mi única amiga de carne y hueso”.

Estas vacaciones soy una ociosa. He visto varios capítulos del reality de una socialité gringa que escogerá entre muchas chicas soñadoras o zánganas a su nueva mejor amiga. Las pone a hacer retos estúpidos como noches promiscuas de juerga, guerra de almohadas y discursos ridículos. Paris Hilton no me agrada ni me cae mal pero me recuerda mucho a Scarlett y Martina. Creo que la siguiente semana las hará caminar entre lagartos.

martes, 4 de agosto de 2009

Artistas independientes A.C.


El viernes salí corriendo de misa en la noche para alcanzar un concierto de la Orquesta de Cámara en mi natal Campeche. Hay un dicho popular que afirma: las mejores cosas de la vida son gratis, y no lo dudo, este concierto bien preparado lo era. Llegué tarde sólo para alcanzar la salida de los primeros músicos del recinto y, en el mejor de los casos, ver a un par en el escenario desarmando atriles. Alguien abandonó el programa de la noche en una butaca, le eché una mirada rápida antes de acercarme a los compañeros que recibían halagos por el concierto.

-Fue una interpretación bellísima de Mozart- afirmé a uno de ellos con la sonrisa que uso para estos casos- Y tu solo ni qué decir, se nota que trabajaste mucho para lograrlo. Felicidades.

-Gracias por venir, Laura. Qué bueno que te gustó- respondió este con la sinceridad y agradecimiento que a veces duele notar.

Cerca de nosotros estaba mi amigo Eduardo felicitando a un violinista por lucirse esa noche. Suspiré de alivio; al menos uno de nosotros había escuchado el concierto y sabía apreciar el esfuerzo y profesionalismo de los músicos campechanos.

-Yo también llegué tarde, alcancé de chiripa la última pieza- me contó Eduardo aparte en voz baja mientras saludaba con la mano al bajista- Quedé de venir a oírlos y aquí estoy, con un ligero retraso.

-Hermoso, de verdad hermoso- dijimos casi a coro cuando aparecían dos violinistas amigos míos. Los abracé y me despedí para no hablar de más y evidenciar mi total retardo.

Sonriendo a uno y otro intérprete y agradeciéndoles una noche mágica, salimos del teatro. Para compensar con nosotros mismos el fracaso personal de la noche fuimos a cenar a los arcos de San Martin.

-Esa canción me gusta- dije cuando el trovador que tocaba unas mesas más adelante terminaba la última estrofa de Coincidir- me recuerda cuando era pequeña. En el kínder las maestras la ponían a la hora del recreo.

El trovador cantó Penélope y al terminar pasó entre las mesas, donde le sonreían mujeres maduras en su mayoría como gesto de agradecimiento; sólo un par pagaron por sus servicios.
Llegó a la nuestra y le di unas monedas, a lo que él contestó con una sonrisa, mostrando ventanas abiertas y coronas viejas.

Eduardo y yo platicamos de libros que estábamos leyendo, recomendaciones literarias y anécdotas de nuestros respectivos trabajos mientras el mesero aparecía con la cena. Di gracias a Dios por mis alimentos, los minutos de arte histriónico saludando concertistas me habían despertado un hambre casi animal.

-Deben estar practicando- dijo Eduardo viendo hacia el parque- siempre se ponen ahí, y eso que está obscuro.

Unos malabaristas jugaban con fuego, después de hacer su rutina lo apagaban como sólo Dios y los dragones saben. No sé cómo no se prendieron las faldas largas y sus melenas alborotadas al pasarse las antorchas por todos los recovecos del cuerpo. Por las facciones supusimos que eran hippies mochileros o quizás extranjeros que encontraron en Campeche la quietud que necesitaban para vivir plenamente de sus malabares.

Comía mi primer tamal cuando se paró a mi lado una hippie con la cara media chamuscada:

-Buenas noches, somos artistas independientes y les ofrecimos un poco de nuestro talento al manejar el fuego. Si gusta cooperar, se le agradece. Sólo vivimos de esto.

Con tal de comerme el tamal le di cinco pesos a la hippie, que terminó su discurso y mostró una sonrisa pulcra y perfecta que envidié en el momento. En parte, afloró en mí la admiración por el trabajo que desempeñaba, quizás porque una de mis fobias es morir chamuscada en un incendio.

Eduardo y yo seguíamos con hambre, volvimos a ordenar y mientras nos servían le conté algunas historias curiosas de gente que seguro conocía y valía la pena que alguien- o sea, yo- escribiera en algún momento cambiando unos cuantos nombres. La charla se interrumpió, no porque hubiesen llegado los panuchos, sino por el par de apuestos jóvenes que se pararon en la mesa de a lado. Ambos tenían el porte europeo con rasgos varoniles y gallardos, los asocié con la realeza que fotografían en las revistas favoritas de mamá. Pero su cuerpo no era lánguido, sino todo lo contrario, la ropa dejaba notar formas estéticas como de bailarín de salsa puertorriqueño; y el tipo de rostro angelical que sólo puedo admirar en el cine y la televisión. Estaban perfectamente esculpidos por una admiradora de la belleza. Ese par absorbió toda mi atención. No vi en qué momento pusieron junto a ellos unas percusiones y luego empezaron a cantar alabanzas, uno con el tambor y otro con las maracas.

-Buenas noches, somos artistas independientes y les ofrecemos algo de alegría esta noche- anunció una simpática muchachita que los acompañaba- Viajamos por todo el país dando fe y amor a nuestros semejantes. Si gusta cooperar… gracias.

La moneda de cinco pesos cayó al fondo de la lata, lo pude escuchar porque mi mirada estaba centrada en el par de angelicales músicos. Yo no era la única abobaba viendo tal espectáculo, las mismas señoras que sonrieron al trovador no le quitaban los ojos de encima a la gallardía de los muchachos. Al otro lado del parque la chica traga fuego los miraba con los ojos bien abiertos y le decía algo a sus compañeros, a lo mejor a ella también le gustó la armonía de sus cuerpos perfectos.

Antes me molestaba cuando los hombres quedaban anonadados viendo a una mujer que calificaban de perfecta, pero ya lo entendía viendo a los músicos moverse al ritmo de sus percusiones sin privarme de la sonrisa que imprimieron en su rostro mientras daban gracias a Dios por la salud con una pegajosa tonada. Cuando ellos terminaron de tocar y nosotros los antojitos, emprendimos la retirada de la famosa cenaduría. Quise sacar otra moneda de cinco pesos de mi bolsa para pagar el urbano pero no encontré ninguna.

-Déjalo, te invito el pasaje- dijo Eduardo- ya le invitaste a los artistas independientes esta noche.

Mientras el autobús abandonaba la cuadra, vi cómo se le iba encima la chica traga fuego a uno de los angelicales percusionistas religiosos y gritaba algo así como derecho de suelo pero quizá el demonio se apoderó de ella porque apenas le entendía a los chillidos. Sólo pude ver cómo se distorsionaba el rostro angelical del maraquero cuando ella trataba de arañarlo y el del tambor le pedía en nombre del Señor que lo dejara en paz.


***

El sábado me levanté temprano para buscar el periódico al mercado. Cerca de mi casa hay una iglesia donde todas las mañanas sabatinas se amontonan los niños del catecismo con sus madres.
Casi no paso por ahí pero mis oídos captaron un ritmo sincopado muy pegajoso, los pies me llevaron hasta el epicentro y los vi: los percusionistas angelicales tocando ante los feligreses una de sus alabanzas. El más bello de los dos tenía la cara arañada pero aún así sus facciones perfectas relucían esa cálida mañana. Por suerte tenía los cinco pesos del periódico en la bolsa del pantalón.

jueves, 23 de julio de 2009

Presupuesto cultural 2009



Las vacaciones que pasé en aquella ciudad fueron buenas, sobre todo porque visité a Horacio. El chico en cuestión me aventaja por dos años y está encaminado hacia las artes plásticas. Su piel clara, cuerpo delgado, cabello semi largo y barba desaliñada conforman lo que denomino “prototipo” (mamá dice “pandroso” con un tono de desaprobación por mis gustos). Siempre profeso inclinaciones hacia los prototipos.


Era abril y su ciudad es perfecta: no hay calor. Horacio necesitaba dinero, quería viajar a Granada para tomar un curso de tallado en materiales porosos y la beca del gobierno de su estado no le alcanzaba. Ojalá me hubiera pedido acompañarlo, tengo ganas de conocer Granada.


-Vamos al Departamento Estatal de Cultura- fue su única petición- quiero hablar con el director para exponerle mis ideas.


Nos dirigimos a dicha dependencia, un edificio moderno con cantidad de salitas y pasillos laberintosos donde cada cinco metros se erguía alguna escultura contemporánea. La idea de Horacio era que le prestaran una salita para condicionarla y montar su exposición, donde toda la obra estaría a la venta. Así podría darse a conocer y juntar lana para el viaje al que yo no estaba invitada.


-Sí, cómo no- dijo la secretaria de labios rojos-sólo que el “lic” está ocupado. Espérenlo ahí. Yo les aviso.


No tenía nada de malo esperar un par de horas a que dicho “lic” nos recibiera si Horacio, mi pandroso favorito, me platicaba sus planes en el Viejo Continente y tomaba mis manos para decir que eran perfectas para una pintora. Pasó media hora. Llegó a la antesala una señora a dejar sus catálogos de Avon y platicar chismes del “TV Notas” con la secretaria de labios rojos. Otra media hora. La de los catálogos se fue y llegó una que vendía zapatos. Chismearon a placer mientras la secretaria de labios rojos pasaba llamadas del conmutador a otras salitas como aquella. Quienes llamaban eran sus colegas de los Departamentos de Cultura de quién sabe qué ciudades o países, puesto que la subestimé, la de labios rojos hablaba perfectamente inglés y francés.


-Antes de que te vayas quiero darte una de mis obras- anunció mi prototipo Horacio- ojalá te guste. Se llama “La escritora del sur”.


Qué halago tener algo hecho por las manos de Horacio. Llevábamos hora y media cuando llegó una tercera mujer, esta iba a cobrar la tanda. Recibió el dinero, tachó algo en la libretita y se fue.


-Ustedes comprenderán, es quincena- se excusó la secretaria de labios rojos- ya mero sale el “conta” y pueden entrar a hablar con el “lic”.


Nos pusimos de pie cuando salió el dichoso “conta” y, como alma que lleva el diablo y sin decir con permiso, entró una exuberante mujer a la oficina del Director. Por el meneo y la forma de hablar, supimos que era cubana. Claro, ella tenía preferencia. Otra media hora sentados en la antesala, viendo a la secretaria de labios rojos comerse un Gansito. Delante nuestro pasó una adolescente, le sonrió a Horacio. Le lancé una mirada virulenta mientras entraba sin tocar a la oficina. Enseguida salió la cubana.


En resumen estuvimos sentados dos horas esperando al “lic” hasta que la secretaria de labios rojos nos pidió entrar. La chicuela jugaba en la computadora mientras el Director nos recibía.


Horacio expuso su petición y la adolescente lo observaba abobada.


-Me parece muy bien, joven, pero temo que no tenemos más presupuesto. Ya sabes que le recortaron a la cultura con aquello de las elecciones. Pero déjame tus datos y cuando podamos te llamamos.


-Pero papi- interrumpió la escuincla- es muy interesante lo que pide el joven.


Nos retiramos después de que él dejara sus datos.


Esa misma tarde Horacio me llamó. El Departamento de Cultura programó la exposición en una semana. Convocaron a los medios de comunicación de toda la ciudad e incluso le hicieron una entrevista en la televisión, a la cual lo acompañé. Horacio estaba muy emocionado. Al día siguiente de su exposición yo regresaría a Campeche. Llegamos al evento que fue en la sala de lujo del Departamento de Cultura. A Horacio lo abordaron los medios de comunicación y una que otra señora de la alta sociedad mientras yo bebía el vino del brindis.


La hija del “lic” no paraba de contemplarlo y elogiar su obra. Se vendieron casi todas las esculturas y Horacio era el centro de atención de quienes ahí estaban.


-Yo quiero esa, papi-dijo la chicuela.


-Lo siento- respondió Horacio- “La escritora del sur” no se vende. Ya está comprometida.
Sonreí a Horacio y cuando no se dio cuenta le saqué la lengua a la escuincla caprichosa.

jueves, 16 de julio de 2009

Lluvia veraniega


Confieso que no fue muy agradable atravesar las calles del centro con la blusa empapada ceñida al cuerpo, dejando ver ridículos dibujos de mi ropa interior; pero lo hice. La molesta lluvia que me tomó por descuido y el mal gusto de algunos conductores de pisarle al acelerador para mojarme completa no impidieron que llegara a mi destino.

-¡Bienvenida! Acabas de hacer tu aparición como una de mis fantasías- saludó lo más cortés que pudo M.

Cuando envié el mail para convocar a una junta por motivos de la fundación, propuse que fuera en un café, la terraza de M o de perdida en mi casa pero no, la mayoría escogió un bar porque estaba recién llegado Tristán (quien me ha pedido no revelar su verdadero nombre por sus problemas con políticos y otras célebres personalidades) de su estancia en el Ecuador.

El brillante compañero estuvo estudiando la lengua de una etnia y sus manifestaciones literarias. Ahora regresaba a casa acompañado por una aborigen. No tengo idea de cómo se entendieron porque la ecuatoreña no entiende ni pío de español, bueno, sí la tengo pero mis pensamientos son pecaminosos. Sobra decir que su etnia vive en una zona recóndita plagada de mosquitos y un calor infernal. De todos modos, la chava está de buen ver.

Por alguna razón los encuentros que tienen que ver con la fundación se realizan en presencia de alcohol. Es una ironía porque Cleotilde rara vez en su vida probó los tragos y los que seguimos en la tierra no podemos decir lo mismo de nosotros.

Esa noche de lluvia veraniega nos reunimos M, Tristán y su vieja, Leonarda y yo. Era viernes, los amigos de los amigos tuvieron las primeras fiestas del verano en casa de los amigos de sus primos. Qué bonito, en nuestro universo todos son cuates.

-Le saqué copia a los dos poemas que vienen en la agenda de Cleotilde, a lo mejor podemos analizarlos un poquito para escoger uno- propuse a mis amigos pero más bien le echaba el ojo a las salchichas enchipotladas que llegaban a la mesa- un cuate de Aguascalientes quiere publicarlos en su revista.

-Calmada, maestra, calmada- interrumpió M- estamos festejando aquí al investigador de lenguas olvidadas que regresó con éxito y una mujer de Ecuador. ¡Salud!

¡Salud! Me resigné. Leonarda no me hacía caso porque discutía en francés con su novio por teléfono. Son días calurosos pero la blusa empapada me daba frío y la música duranguense, escalofríos.

-¿Cuánto tiempo llevan en el bar?- pregunté. Por fin Leonarda colgó su mugroso teléfono alta tecnología.

-Como tres horas. Aquí vimos un partido de fut.

Eso lo explicaba todo. M estaba tan borracho que sacó a una mujer de mediana edad a bailar “Pero te vas a arrepentir” dándole machucones a cada rato. La mujer lo empujó y regresó a su lugar. Gajes del oficio, seguramente salió a ligar y le tocó un impertinente que no tiene sentido del ritmo.

-Yo quería que termináramos esto de los poemas porque mi cuate de la revista me dijo que cuanto antes mejor- dije.

-Escogiste un mal día, Tristán dijo que va a pasar una semana festejando su regreso al país y que está vivo. Por poco se lo echan en el Ecuador.

Pedí que me contaran la historia. Llegó una cortesía del barrista, eran como seis botanas diferentes. Me guiñó el ojo. Viejo mañoso. Maldita blusa mojada.

-Esto pocos lo saben- comenzó a narrar el investigador de lenguas perdidas- me persiguen autoridades del Ecuador, unos negritos del Departamento Cultural de las Etnias Rezagadas. Sucede que me robé unos textos muy valiosos para ellos, un traductor al que le pagué con ropa limpia y cigarros mexicanos me leyó en español dos de las historias y se parecen mucho a los cuentos de Chéjov, tienen una estructura bien compleja como las que usa Propp. Como me gustaron me los robé.

Atacamos a Tristán por su pendejez y falta de seso al robarse documentos de una etnia olvidada por la globalización.

-Y ahora que me traje a Burata quiero que ella me enseñe a hablar la lengua calamí porque tengo la traducción de los textos pero nada como investigarlos yo solito. Chingón, ¿verdad?
No queda duda, Tristán es un arriesgado y pendejo. Ahora no sólo es odiado por las autoridades de muchos estados de México.
Bueno, hay más pendejos que él, M le leyó los poemas de Cleotilde a la mujer de la otra mesa en un gesto de disculpa por los pisotones. Como lo rechazaron de nueva cuenta, se consuela haciendo el ridículo bailando reguetón él solo como todo un loco. Lo mejor es coger las llaves de su auto para llevármelo a su casa, necesita meterse a dormir y yo quiero pasar a la mía para cambiarme esta blusa húmeda y volver con los demás.

viernes, 10 de julio de 2009

Vota así



Tarde pero seguro...



Cuando comencé a escribir semanalmente en el periódico me dije (o le dije a alguien, ya no recuerdo) que no hablaría de política puesto que eso no me incumbe, para ello hay analistas políticos o, en el peor de los casos, grilleros azuzados en época electoral. Pero no pude ir contra la marea, caí en el lado oscuro por ser víctima de trifulcas y otros acontecimientos poco agradables.

Se trata de la batalla campal de cada tres años: ahora toca elegir gobernador y la próxima presidente de la república. Aún así, mantengo mi distancia, como fiel espectadora del mundo tomo nota de los acontecimientos más inverosímiles ahora que las campañas agonizan. He aquí algunos ejemplos:



Miércoles de plaza:

E, uno de mis mejores amigos, me pidió acompañarlo a un evento para jóvenes de su partido. No pude negarme. A la hora de los discursos hizo su arribo el equipo del candidato, cinco hombres de menos de treinta años y bien parecidos para recibir la lluvia de aplausos de las féminas enardecidas, chiflidos y unos cuantos elogios. Ganaron admiradoras con su galantería y la gran propuesta de cambio: “nosotros sí traeremos la plaza a Campeche para que los jóvenes tengan dónde comprar y divertirse sin ir a Mérida”. Me sorprendieron, nunca imaginé que todos los problemas de décadas en Campeche se fueran a arreglar poniendo un centro comercial.



Manicura, por favor:

Seducida por el ocio me uní a la red del Facebook, ese lugar donde se puede husmear la vida social de conocidos y desconocidos. Para mi desgracia, la bandeja de entrada se satura con pleitos de “chachas” de quién sabe qué fulanos cuando me “etiquetan” en propaganda política. En fin, husmeando fotos de una fanática campechana vi unas que llamaron mi atención: sus uñas. Por el amor de Dios, una loca anda suelta, tenía uñas de acrílico con las iniciales de equis candidato (en manos y pies) porque no le pareció suficiente ponerse garras con los colores del logotipo. Sin que eso fuera bastante se mandó a plasmar el dibujito de la propaganda. Parecía hecho a láser o la manicurista es una diosa en el arte minimalista.






Descanse en paz:

La noticia de la muerte del Rey del pop me conmocionó porque siempre me ha gustado su música. Pero es época electoral, hay que agarrase de todo para llamar la atención de la gente y nuestros candidatos no se hicieron esperar. Al día siguiente del deceso me atrapó un embotellamiento en una avenida porque había mitin. Pacientemente esperé que los demás autos avanzaran para huir a mi casa, a lo lejos se escuchaba el relajo: “démosle la bienvenida al candidato de nuestro distrito, ¡un fuerte aplauso!”. Dicho hombre arribó al estrado con “Thriller” como música de fondo. Las ovaciones fueron generales, supongo que por la canción porque el candidato no es muy apreciado en el distrito. A lo mejor hizo dos o tres pasos de baile, una vuelta y cayó de espaldas para provocar tal reacción.



Rumbo al mundial:

Sostengo mi teoría: los mexicanos esperan un milagro cada cuatro y seis años, para el Mundial de futbol y las elecciones (presidenciales o estatales, es la misma cosa). Y los estrategas políticos son astutos (inteligentes no sé, pero astutos no me queda duda) aprovechando la fiebre pambolera organizan torneos en las colonias populares. Como buena amiga asisto a un encuentro deportivo para tomar fotos de la final. Ambos equipos portan uniformes nuevos patrocinados por los candidatos; aquellos atuendos son casi idénticos porque obviamente debían llevar los colores del partido pero cada uno escogió el nombre de un club europeo, me parece que eran Milán y Manchester. Todo un clásico. Pero el candidato a diputado por aquella colonia que apenas tiene luz y agua no podía salvarse de sus favorecidos, entre varios jugadores lo convencen (u obligan) a echarse la cascarita con ellos.

El equipo contrario al de mi amigo lo conforman señores que en su época imaginaron jugar igualito a Zague o Hermosillo pero hoy son padres de familia que viven de sus recuerdos y esperan el final del partido para darle baje a las neveras con cerveza. El candidato, aterrado pero sonriente, se lanza al campo. Fui la única afortunada en captar con mi cámara rosa el momento en que un ñor lo descuenta con tremendo codazo, quedando el flamante y pulcro candidato tendido en la arena. Ganó el Manchester.

lunes, 29 de junio de 2009

Fundación Cleotilde S.A. de C.V.



“El destino nos alcanza tarde o temprano” es una frase que escuché en algún lugar recóndito o leí en los subtítulos de una película o serie gringa. No recuerdo, pero es verdad.


A Cleotilde la conocí hace varios años, compartíamos muchas cosas: timidez, música, introspección y el gusto literario. Una tarde tomábamos choco milk con galletas animalitos y me dijo:


-La gente enloquece, Lau. Los libros nos enloquecen y nosotros enloquecemos con ellos, seguimos escribiendo y es un círculo vicioso. Pobres almas en desgracia.


Pactamos, en medio del éxtasis provocado por comer un camello que parecía jirafa y un elefante que tenía forma de dientes de sable, crear una fundación para esas almas en desgracia. No sabíamos a ciencia cierta qué hacer en dicha fundación, pero sobre la marcha se aprendería.


Hace algunas semanas murió Cleotilde. Eso me tiene en un estado de depresión moderada.


Ambas escribíamos (yo aún lo hago) en agendas nuestro paso por la vida. Su mamá me dio las suyas junto con otras cosas que mi amiga me legó.


El destino me alcanzó, no muriendo como ella pero cayó sobre mí la responsabilidad del juramento engalletado que hicimos con los animalitos deformes y sabrosos. La fundación Cleotilde para atender pobres almas en desgracia ha iniciado. Me valdré de la asesoría de personal discapacitado en el área literaria y su conexión con la desdicha humana tanto emocional como psicológica en un mundo que pinta para la decadencia y postmodernidad.


Estoy segura que no podremos rescatar a todos los desdichados pero trataremos de brindarles la oportunidad de gozar su desventura con la irrealidad. Se han reclutado algunos compañeros desde otras latitudes. No contamos con financiamiento más que el de mi beca del PECDA y las becas paupérrimas de amigos escritores pero nos las arreglaremos. Podremos vivir de la caridad de nuestros parientes asalariados. Tampoco tengo una casa del árbol que sirva de cuartel, bastará la terraza de alguien una vez por semana mientras conseguimos el local fijo.


Cleotilde era poeta, en sus agendas viene la mayoría de los poemas que escribió. En tributo a su persona la fundación publicará en el blog su obra y algunos detalles de su vida para configurar un poco a la joven poeta salvaje que se marchó. Hay dibujos que hizo en ratos de ocio, tristeza o ansiedad.


Cleotilde se salió con la suya. Me volveré la detective de su fundación mientras escribo mi libro de cuentos y trato de resolver un crucigrama completo. En la agenda dejó instrucciones de uso, siempre tan precavida ella, y la petición de que yo escriba la novela de la que le hablé las últimas vacaciones que fui con su familia a la playa.


La fundación Cleotilde S.A. de C.V. ha arrancado con un cocktel de bienvenida para cinco personas consistente en micheladas (de mi receta especial) y deditos de queso a la hora de gritar “Goool” en un partido de México vs Venezuela tal como a Cleotilde le hubiese gustado.

jueves, 25 de junio de 2009

El llamado



Había querido mantenerme al margen de las elecciones pero es imposible, hasta para alguien como yo. He recibido el llamado del IFE como representante de casilla tal cual lo recibieron los infelices que fueron a la guerra. Cuento los días para que llegue la fecha no porque me entusiasme el alboroto que se genera con tan esperado evento sino para terminar el calvario al que nos han sometido los candidatos durante meses en interminables campañas.



Es la segunda ocasión que ejerceré mi deber como ciudadana pero será desde una trinchera llamada casilla. A estas alturas ya no puedo dar marcha atrás, sólo cerrar los ojos, rezar un Ave María y presentarme a la guerra que se librará, como cada tres años, en la casilla que me tocó.



No me entusiasma hablar de política como tampoco hacerlo de automovilismo o peleas de gallos (sin hacer referencia a equis slogan de equis campaña). Pero lo que sí me entusiasma es que los candidatos ya no llamarán a mi puerta para despertarme a tempranas horas ofreciendo hasta el alma con tal de tachar su nombre en la boleta ni me darán una gorrita con su rostro arreglado en fotoshop; tampoco visitarán lugares públicos (como mi gimnasio o la cafetería de un amigo) promoviendo el voto. A todos les he asegurado que votaré por ellos y es falso, mi distrito está en un municipio muy, muy lejano. Si de promesas a promesas vamos, yo pierdo.



Probablemente mi indiferencia sea producto de no tener intereses personales en estas elecciones, sólo quiero buenos gobernantes (oh sorpresa, eso está lejos de la realidad pero aún así votaré). O tal vez por mi amargura ante la vida, tampoco poseo la vitalidad de mis compañeros que pasan la tarde y noche bailoteando en el malecón junto a una botarga o se ponen caritas de cartón de equis candidato. Me alegro por ellos, sinceramente y de corazón.



-Yo fui escrutador hace tres años- me decía mi amigo Gil- es la cosa más espantosa que te puedas imaginar. Me vieron chamaco y a la mera hora casi salgo apedreado de la casilla.



Gil es todo amor, el chico más pacífico que he conocido. Cuando le mencioné mi llamado dijo: grave error, Laurita, grave error. Platicó una de sus tantas anécdotas, aquella vez los representantes de partido se hicieron sus amigos mientras la gente votaba. A la hora del conteo la amistad fue cosa del pasado remoto, defendían sus boletas entre ellos a punto de golpearse mientras un hombre epiléptico se contorsionaba de la impresión. Gil no quiso decirme cómo libro tremenda odisea pero sigue traumado y quién sabe si vote este año.



Los medios de comunicación dijeron que fue la contienda más reñida de la historia; los politólogos pusieron en tela de juicio las instituciones encargadas de dar fe democrática y las estadísticas subían y bajaban lo mismo que una montaña rusa para hacernos creer que ganaría un candidato y enseguida el resultado era otro y así sucesivamente. La cicatriz en el brazo del señor T.R. confirma que la civilidad se pierde la noche de las elecciones si hace acto de presencia un grupo de aficionados de equis partido político y prende fuego a las urnas (luego de haber secuestrado la casilla con todo y sus representantes, obviamente) porque intuyen que perderán. Aquel ejido y sus pirómanos pasaron a la historia mientras el señor T.R. maldice su desgracia como presidente de casilla.



Después de las poco alentadoras anécdotas de esos hombres no me entusiasma demasiado pasar el domingo electoral en la casilla habiendo tantos locos sueltos que no respetan el orden utópico que algún día (espero) puedan ver mis nietos. Tampoco soy valiente, me aterra quemarme un brazo defendiendo una urna o socorriendo ataques epilépticos pero cumpliré mi deber y que se haga lo que la suerte disponga, al fin que es cada tres años. A lo mejor, en una de esas, me toca toda la paz del mundo.



Mamá me dijo que conserve la calma si las cosas se ponen feas, quizá sea la más joven de la casilla y algún adulto mayor se apiade de mí para tomarme bajo su protección, como la amable y pachoncita señora Rodríguez, pero no sé qué tanto confiar en ella puesto que hace un sexenio la sacaron del IFE por un ataque de esquizofrenia defendiendo los votos de su partido.

miércoles, 17 de junio de 2009

Maestra sustituta

Para Luz... la nueva graduada


Cuando la gente me pregunta en qué me emplearé cuando termine la licenciatura en literatura les respondo que quizá dando clase para no ahogarlos con respuestas pretenciosas de las que ya estoy un tanto harta. Secretamente le guardo un poco de miedo a la docencia: no es lo mismo pararse delante del grupo de compañeros a exponer un tema que estar frente a los estudiantes en calidad de maestra.



Hay una historia de vida que no olvido y he contado un par de veces cuando los pleitos con maestros salen a colación. Estudiaba segundo año de primaria, era invierno en un pueblito muy frío, estábamos como a 5 o 7ºC y faltaba poco para la hora de recreo. La maestra era gorda y mal encarada, desde que entré al curso me tenía de encargo regañándome a diestra y siniestra; no recuerdo su nombre así que le pondré Esther. Esa mañana Esther no me dejó salir a desayunar, dijo que debía quedarme haciendo planas y multiplicaciones en lugar de tomar mi chocolate calientito en la cooperativa.



Tía Margot daba quinto grado en la misma primaria y siempre desayunábamos juntas. Pasaban los minutos y no veía aparecer a su sobrina, se estaba acabando el chocolate y parecía enfriar más la mañana. Pasando por el otro lado de la cancha asechó el salón de segundo: su sobrinita lloraba de hambre y Esther se pintaba las uñas de un rojo carmín que no iba con su fealdad. El resto de los niños recortaban para un mugroso periódico mural.



-Me llevo a la niña- dijo tía Margot furiosa- es una barbaridad tenerlos encerrados, tienen hambre y hay frío. Ahorita paso un reporte a la dirección.



Esther se levantó, colocó su corpulencia delante de la puerta y se negó a que me sacaran del salón. Los demás niños se pusieron a llorar, yo tuve miedo porque se veía tan grande y tía Margot muy pequeña pero le sostuvo la mirada para defenderme. En las ventanas se amontonaron varios alumnos que correteaban en el jardín y un par de maestros pidiendo a ambas docentes calmarse. Esther gritaba, tenía una voz horrible, decía que estaba en libertad de dejarme encerrada cuando quisiera porque era una fastidiosa – que sacaba dieces, claro está, pero eso no lo dijo- y nadie se entrometería.



Cuando creí que Esther desbarataría a tía Margot de un golpe, esta la hirió en lo más profundo, le habló de la mala reputación que ostentaba y por qué la habían corrido de una escuela religiosa.
Tía ganó la batalla y lo celebramos calmando mis lágrimas con un chocolate calientito.



-Esto no se queda así, Margot- dijo la gorda a la salida- y tu sobrinita ya verá lo que le espera cuando crezca. Ojalá sea maestra la chamaquita esa.



El día llegó, la maldición de Esther podría cumplirse en cualquier momento pero a diferencia de ella, yo no era una gorda maldosa y amargada que se desquitaba con los alumnos.



Las prácticas me tocaron en la primaria de una colonia popular, en la cima de un cerro al que tardé casi una hora para llegar en urbano.



-Este será su salón, señorita- informó la directora del plantel- Segundo grado grupo “B”. Los niños no son malos, sólo traviesos, hay que tenerles paciencia pero puede utilizar la tabla si se salen de control.



He ahí treinta y cinco chicuelos mirándome con sus ojos de plato, uno me abrazó el trasero y quería que lo cargara, otra niña me llevó una paleta y a lo lejos escuché un grito de “piernuda” que no supe de qué boca salió. Los primeros treinta minutos fueron eternos, casi me pongo a rezar cuando le vi la mano a un pequeño monstruito, la tenía atravesada por diez alfileres porque su compañero de pupitre le daría cinco pesos. Una niña quemó los cordones de su zapato con un encendedor que llevaba en la lapicera y una más se orinó. Entre faquires, pirómanos y niños wixones estaba a punto de perder la paciencia y cordura, nadie me hizo caso cuando leí las mejores fábulas de Esopo para un ejercicio de coordinación lectora. Tuve que recurrir al ingenio.
En realidad no fue el ingenio, sino llamar de mi celular a larga distancia a tía Margot pidiéndole auxilio en la cúspide de la locura.



-Señorita Baeza, ha hecho usted un excelente trabajo- felicitó la directora en punto de la una de la tarde- El segundo “B” es el peor grupo, que Dios me perdone pero los niños y hasta las niñas son tremendos. ¿Cómo le hizo, maestra?



-Gracias, directora. En verdad estos niños tienen mucha pila, no son malos, sólo inquietos. Ya me estaban desesperando y les conté la historia de una maestra de segundo año muy mala que amarraba a los alumnos si no se calmaban y les pegaba como piñata hasta cansarse. Les dije que la maestra se llamaba Laura y estudiaba literatura en la universidad, que siempre usaba una blusa blanca y entró de sustituta de la maestra Lilia a la primaria de la colonia Chichimeca.