miércoles, 7 de abril de 2010

Trámites institucionales

Existen dos maneras de ser publicado a la primera en una editorial nacional como Era o el FCE: una es escribir algo realmente bueno que impresione a los editores como para apostar por un desconocido; la otra es tener dinero y cierta fama, lo cual asegura la distribución y venta inmediata del libro. Como yo no he escrito una obra maestra y soy definitivamente pobre, hago mis pininos literarios con las becas para jóvenes creadores que concede el gobierno.

Escribo mi primer libro de cuentos y el estímulo económico sirve para comprar libros y asistir a talleres de formación, con el fin de entregar reportes de calidad. Uno puede leer varios libros que valgan la pena, tomar cursos con escritores y académicos, corregir los textos y empeñarse en hacer el trabajo lo mejor posible, pero habrá quienes piensen que estamos chupando la sangre y los recursos del gobierno. Para la tercera ministración, entregada hace más de mes (luego de dos de retraso), cometí el error de no cobrar a tiempo. En ventanilla rebotaron mi cheque porque la cuenta no tenía fondos, y ahí empezó el martirio de los trámites institucionales.

En una organización gubernamental, hay gente que se ocupa de todo: uno es el encargado del proyecto, otro tiene los cheques, otro más firma la liberación del recurso, el siguiente aprueba los documentos pertinentes y el último archiva el testimonio de la ministración. Para recoger el pago correspondiente fuera de las fechas convencionales y relativas, hay que acudir con cada uno de ellos y escuchar la negativa: “no hay dinero”, “no salió el recurso”, “el licenciado no está”, “el ingeniero acaba de salir”, “el contador está en junta”, “Chuchita fue a sacar copias”, “venga al rato”, “regrese en la tarde”, “nosotros le llamamos”, “para qué no cobra a tiempo”.

Es necesario respirar profundo después de las negativas y aceptar sus condiciones, o no habrá dinero para libros y talleres. Lo mismo existe gente amable que se preocupa por las actividades de los becarios y la entrega puntual del recurso, como otros que nos ven por debajo del hombro y risa burlona del otro lado su escritorio. Personificaré el ejemplo con secretarias: en la tarde, mientras sopla el viento para mitigar un poco el calor infernal de la ciudad, una amable señora me ofrece silla para esperar cómodamente la negativa que ya imaginaba camino al Departamento de pagos a becarios. La tierna señora forra los cuadernos de su nieta mientras atiende con amabilidad el conmutador.

Lo contrario sucede en la mañana, llegando a los 40°C y con otra secretaria que me mira con desprecio, ofreciéndome un pedazo del escalón limpio por donde suben y bajan administrativos, porque la silla de espera está ocupada por su bolsa de mano. Al medio día, harta de mi presencia al no poder hojear su catálogo de zapatos a gusto, le dice en el idioma de la P a la chica de las fotocopias: espes tospos chapa mapa cospos, quepe sepe ponpon ganpan apa trapa bapa jarpar depe verper dadpad ypi depe jenpen depe hapa cerper lipi bripi tospos depe menpen tipi ripi taspas.

La mujer no perdió oportunidad de preguntarme si me dedicaba a algo de provecho: no, paso el día acostada en mi hamaca bebiendo cerveza y fumando mientras veo la tele, con lo de la beca me alcanza para darme esa vida y hacer mis cuentos un día antes de entregar el reporte. No lo hice, dije la verdad sobre los horarios de universidad, servicio social y trabajos donde gano lo justo para comer.

Por la tarde, la secretaria amable me enseñó dos puntadas nuevas por si quería tejer una bufanda y probé los brownies que hizo para la fiesta de su nieta; al medio día cierta mujer decía por teléfono en el idioma de la P que tenía que lidiar con una becaria desempleada que no pudo cobrar su cheque a tiempo. Mi libreta de gastos registró cuarenta y dos pasajes de camiones urbanos durante el tiempo que recibí las llamadas para ir por el recurso y obtener la amable negativa de la persona a la que le tocaba dármela.

Ahora ya tengo el pago que me corresponde, destinado a financiar el viaje del encuentro de jóvenes escritores e investigadores. Mi piel se ha obscurecido cuatro tonos o más, conozco mejor que nadie la escalera del Departamento de pagos a becarios y domino a la perfección el idioma de la P.

martes, 23 de marzo de 2010

Políticamente famosas

La televisión nos ha entregado las historias de amor más conmovedoras, melosas y dramáticas que podamos ver, ya que la mayoría de las personas prefiere el horario estelar de las telenovelas que las miles de palabra de un libro con igual o mucho mejor argumento.

Habrá señoras, adolescentes y niñas que lloren de felicidad cuando la protagonista (después de trescientos capítulos) se bese con el galán mientras aparece la palabra FIN, porque su amor ha vencido adversidades. Son hermosas y talentosas, se merecen la vida de princesas modernas a lado de hombres ricos, famosos y, con suerte, guapos.

Esas son las telenovelas, pero los medios de comunicación también siguen de cerca la vida de personas reales, otras mujeres a quienes les sucede exactamente lo mismo. Quizá lo nieguen, pero en el fondo saben que siempre desearon el reconocimiento de su país y el resto del mundo.


En el viejo continente

Recordemos cantidad de información y polémica que circuló cuando el heredero de la Corona española, Felipe de Borbón, decide casarse con la periodista Letizia Ortiz Rocasolano. No recuerdo algún medio de comunicación que no haya sacado provecho de dicha noticia, ya que ella no provenía de la realeza.

Muchas mujeres de todas las edades se sintieron identificadas con esa historia de amor, la plebeya llegó a convertirse en princesa en una boda que fue transmitida a todo el mundo y donde asistieron mandatarios de varios países. Letizia es una princesa del siglo XXI, no ostenta vestidos al estilo de Luis XVI, pero es una de las mujeres famosas mejor vestidas y una imagen recurrente en las revistas de sociales.

Si bien la esposa de Felipe de Borbón ya era famosa en España por su labor como periodista, el matrimonio del presidente francés Nicolás Sarkozy con la cantante y ex modelo Carla Bruni, también fue noticia en el globo terráqueo. La popularidad del mandatario se ha elevado considerablemente, sobre todo durante sus visitas a otros países, ya que la mirada de la concurrencia no se posa en él, sino en los movimientos de Bruni.

Sin embargo, tener a una esposa divorciada y que se dedicaba al modelaje puede ser algo riesgoso, la publicación de fotos íntimas y desnudos de la Primera Dama se dieron a conocer con el fin de afectar su imagen. La fama cuesta, y al matrimonio francés le resultó en un escándalo social, mundial y a fin de cuentas, de cotilleo.




De México para el mundo

Si de historias de amor se trata, un actual ejemplo es la relación del gobernador del Estado de México y la famosa actriz de televisión Angélica Rivera. A esta mujer la vi por primera vez en una telenovela durante 1995, llamada “La Dueña”. Como el título lo sugiere, la historia trataba de una mujer (maltratada por la vida y las traiciones), poseedora de una fortuna, tierras y dinero, que encuentra el amor en otro hacendado menos rico que ella.

El carácter recio de La Dueña y sus sentimientos hacia el galán hacen que el romance triunfe sobre la maldad. Quién diría que años más tarde sería la flamante novia y prometida del gobernador Enrique Peña Nieto, carta fuerte del PRI para ganar las elecciones presidenciales del 2012. No es que ella sea una plebeya y él un príncipe, lo cierto es que su historia de amor conmueve a las masas populares.

A las televidentes (votantes) que estuvieron de lado de Rivera cuando luchaba ante las adversidades de los villanos en las novelas del horario estelar les gustaría que ella, La dueña, La gaviota o Ángela sea la Primera dama de nuestro país, que haga obras de beneficencia y ayude a los pobres.

La hemos visto no sólo a través de nuestras pantallas, sino también promoviendo el voto y en los cierres de campaña de otros candidatos políticos. Es válido, al pueblo hay que darle lo que le gusta y es identificarse con una historia de amor. Para la protagonista de las telenovelas es justo cumplir su sueño de ser la esposa del Presidente de la República.

Claro, a él tampoco le perjudica la promoción que la imagen de Rivera aporte a su campaña porque sabe que ella tiene admiradoras (y admiradores, clubes de fans) que la apoyarán incondicionalmente, sobretodo después de la futura boda con Peña Nieto y las votaciones para ganar la entrada a Los Pinos.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Carta al joven escritor


Para J. Ordaz, por contarnos su tergiversada historia



Estimado Cosme:

Déjeme felicitarlo otra vez por sus maravillosos textos, no me he perdido uno sólo desde que los publica en esa importante revista virtual. Ah, también lo he seguido en los recientes blogs, el personal y los colectivos, y en el periódico donde colaboraba una vez al mes. Yo soy el que deja los comentarios chistosos y a veces sarcásticos. Creo que soy uno más de los hombres de mediana edad que navegan en Internet a horas de trabajo desde la oficina, donde dirijo una empresa de telecomunicaciones muy importante (perdón por no ser modesto).

Le confieso, señor Cosme, que cuando lo leo me imagino protagonista de sus historias: soy yo el que besa a la mujer más hermosa, quien sale victorioso de una pelea de cantina o el apostador más suertudo de la mesa. Me cuesta creer que todo le haya sucedido a usted, mi estimado, pero seguro habrá motivos para que así sea.



Hace seis meses estaban a punto de echarlo del departamento que renta, sinceramente es una pocilga. Lo supe por casualidad, señor Cosme, ese departamento me pertenece, lo mismo que muchos en diferentes colonias de la ciudad. Le dije al encargado que no lo echara a la calle, y entonces le dieron tres semanas para pagar lo acumulado. También pedí que omitieran el disgusto de algunos vecinos por las fiestas que usted organiza, donde corren el alcohol y las mujeres bellas (imagino que todas lo admiran por ser tan simpático, original y hasta cierto punto, atrevido).

El mes pasado, cuando fue vetado de la publicación mensual en el periódico, por destrozar con sus comentarios y calumnias respecto a drogas la vida de dos adolescentes (una de ellas es la hija menor de mi compadre), usted se fue a un bar, donde terminó en pleito con otro hombre. Cuando lo llevaron preso, yo impedí que lo golpearan en la cárcel. Se preguntará por qué, y es muy sencillo: me cae bien.

Cosme, usted es joven pero tampoco un adolescente. No debería escribir esas atrocidades de su ex esposa (que resulta ser mi sobrina, y con la que estuvo casado sólo por dos meses) porque podría meterse en serios problemas. Mientras yo vivía en Londres empecé a leer sus textos por petición de ella; me gustan, no he de negarlo, usted tiene encanto y gracia para hacer reír o reflexionar a alguien para quien el aburrimiento es una costumbre.

Frente a su departamento hay una camioneta verde con tres hombres, ellos lo cuidan para que ningún otro loco (que no sea yo) le haga daño. Recuerde que la Ciudad de México puede ser un lugar muy peligroso. Ah, no se preocupe por llamar a la policía, es inútil; mejor ocúpese en escribir y hacerme reír como siempre. No se asuste, querido Cosme, un hombre tan desvergonzado como usted, que evoca a mi sobrina cada vez que la misoginia se lo permite no debe tener miedo a alguien como yo, que sólo leo, analizo y decido la suerte de algunas personas.

Siempre dice que sueña con ganarse el Premio Herralde, el Alfaguara, Tusquets o cualquier otro que le dé mucho dinero y viajes por el mundo. Tranquilo, mi estimado Cosme, si se porta bien y sigue haciéndome reír tanto con su elocuencia (sin seguir metiendo a su ex esposa en esto) alguien importante le hará el favor de considerar sus textos. Yo le seguiré leyendo y comentando por Internet. Sé que le gusta mucho salir en pequeñas publicaciones y ser alabado por su club de fans (en el cual me incluyo), pues bien, eso es lo que hará el resto de su vida, joven escritor, aquí en la Ciudad de México o desde cualquier otro recoveco de la república.

Por favor, aproveche todos sus años de estudios de literatura (y lenguas), las charlas con importantes figuras de moda en las letras mexicanas, y uno que otro chisme en el ambiente bohemio.

Esperando seguir leyéndolo, le envío mis mejores deseos y un fuerte apretón de manos. Con afecto, su más grande admirador.


domingo, 31 de enero de 2010

Terceros en discordia



Para los novios que prefieren el joystick
Antes había declarado que mi relación con la tecnología no era buena; hoy lo reafirmo. A pesar del poco talento que poseo en el dominio de aparatos de alta fidelidad, no deja de sorprenderme que día a día salen al mercado versiones 2.0 de artículos que superan al anterior y desempeñan tareas extremadamente complejas o tan absurdas como para tener un infarto de la risa (como los excusados de oriente que pulen zapatos con el fin de ahorrar tiempo).

La semana pasada hablé con el público lector acerca del ocio y aquí se conjuntan los ingredientes para crear al titán que me interesa hoy: video juegos. Los que me conocen saben que mi capacidad en el área no va más allá del Tetris, Sonic o los mundos sencillos de Mario; pero hace un par de días me reencontré con uno que me hizo revivir la infancia de mediados de los 90´s: Street Fighter. Cuando conocí el juego, las fichas costaban cincuenta centavos (le decíamos quinientos, antes de cierta devaluación) y un par alcanzaban para algunas batallas callejeras antes de ser sorprendidos por el GAME OVER que exigía depositar otra ficha con ranuras o quedarse con las ganas de vencer al oponente. Incluso en las luchas entre niños durante la hora de salida en las primarias había quienes se nombraban Ryu o Ken.

La mente dispersa no me permitió volverme una adicta a la máquina como para quedarme con el cambio a la hora del mandado o perderme horas hasta que mi madre llegara furiosa a buscarme con regaños a la tienda (como sucedía con los vecinos de distintas edades y más tarde mi hermanito protagonizó dichas escenas) y dejé el Street Fighter para niños con mejor coordinación entre mente y dedos. Tampoco quise aprender artes marciales porque sabía que nunca iba a noquear a mi oponente con una patada voladora.

Eso hace más de una década y el ocio (tentación, pecado) no terminaba con mi mirada frente a una pantalla mientras los dedos apretaban botones y movían palancas: era más factible acabar leyendo una revista de cotilleo o contenido para mujeres “Cosmo” y darme cuenta que no siempre mienten. Muchos de sus artículos tratan de las relaciones de pareja: desde cómo conquistar, llevar un noviazgo, planes de boda, etc; hasta los motivos por los cuales una pareja de ensueño termina su idilio. Las escritoras “Cosmo” elaboran decálogos con el fin de procurar a sus lectoras una relación duradera y de calidad; entre sus sabias advertencias habrá una que concluya de esta manera: si regalas a tu pareja un video juego, prepárate para decir adiós.

Las infidelidades con otras mujeres siguen vigentes pero hay que tenerle un poco de miedo, respeto o desconfianza a las consolas de video juegos. El estrés es nuestro mal de nuevo siglo y un trabajador que está bajo presión desquita su coraje, cansancio y frustración frente a la pantalla con un disco de video juego, porque así equilibra la rara energía que circula en su cuerpo (comprobado científicamente, no sólo por las revistas de chisme). La pareja podría o no estar con otra mujer pero tiene el beneficio de la duda porque es cierto que pasará horas con sus amigos liberando el estrés con patadas ficticias de un experto en artes marciales o tratando de vencer a su oponente con un buen truco.

Si en un principio me reí de la preocupación de ciertas mujeres por estar al borde del divorcio gracias a la discordia generada por consolas (llámese Xbox, Wii o Play Station) ahora las comprendo porque me sedujo el lado oscuro y sucumbí ante las tentaciones de lanzar patadas voladoras y poderes a través del cuerpo de algún karateka famoso. En vida real no puedo noquear a quienes me sacan de quicio (incluyendo a la burocracia de la cual dependo con una beca que me da dolores de cabeza) pero podría fingir un poco que a través de Ryu extermino a cada uno de los que me han hecho mala cara.

Lo siento, feministas, ya habrá otro modo de cuidar sus relaciones y las apoyaré con el corazón porque estoy pensando seriamente en utilizar el aguilando que aún no me han dado en una consola de video juegos y así tener al sexo masculino de mi parte. El viejo refrán que dice “si no puedes contra tu enemigo, únetele” no se ha equivocado.

martes, 8 de diciembre de 2009

La ciudad de los libros




Era igual que una niña pobre en Disneylandia, maldiciendo mi mala suerte por no haberme ganado el Melate y desquitar el dinero en compras, tenía que conformarme con el bajo presupuesto del que disponía. Había estado esperando ir a La Feria Internacional del Libro de Guadalajara desde hacía mucho tiempo, porque Campeche queda tan distante y valía la pena aprovechar la oportunidad de vivir en Xalapa para viajar sólo once o doce horas; entumirse la mitad del cuerpo tendría una recompensa casi inmediata.



Y llegué, en un viaje por carretera planeado con los amigos, oyendo grupos tapatíos para entrar en ambiente y que después, cuando volviera escuchar esas canciones, podría recordar que fueron el soundtrack de la travesía. Había que hacer el itinerario mentalmente y escoger entre dos o más presentaciones para ir a la mesa donde estuviera el escritor que más nos gustara o el tema que satisficiera nuestro morbo literario. La constante: poesía o narrativa. Rechacé el Olimpo poético para deambular en las calles y avenidas de los narradores.


Ahí encontraría a los escritores norteños y chilangos que conocía, de los que me enorgullecía decir que habíamos compartido la cena en tertulias ofrecidas por el azar, las tesis, congresos, talleres y encuentros literarios; la sorpresa fue que, amablemente, algunos de ellos me recordaron y preguntaron cómo iban mis cuentos, el trabajo de investigación y los compañeros. Sin deseos de mentir y para no arruinar las expectativas, sería cortés de mi parte decir que todo marchaba de maravilla, omitir mis crisis existenciales y las enormes ganas que me daban de abandonar la literatura para dedicar mi vida a otra cosa.


Choqué con una joven mujer mentirosa, enloquecida por los libros, le cedí el paso y mi lugar en la fila del baño, pensando que sería difícil maniobrar con ese carrito de compras para minusválidos, de los que se usan en los supermercados. Luego de darme una sonrisa de agradecimiento, se bajó de él para quitarle una basura a las llantas eléctricas y seguir su camino hacia el baño, donde entraría por su propio pie, dejando decenas de ejemplares de no sé qué tantas editoriales al cuidado de la guardia. Lo mismo le sucedería a mi amigo Eduardo cuando evitó chocar contra una señora con carreola y la curiosidad de saber cómo era el niño lo llevó a echar un ojo al interior de la carreola y saber que ese montón de libros no conformaban el cuerpo de ningún infante.


Ante los desencantos que provocan los trucos de algunos bibliófilos, es mejor entregarse a las delicias de la ciudad de los libros, tratar de reconocer a los escritores que uno se topa en los pasillos y notar las diferencias entre su imagen real y la de las solapas de los libros, porque el Photoshop no respeta y si no, que lo diga la afamada, y sobrevalorada, Gaby Vargas, que a su desconocida edad sigue usando la misma fotografía de sus años más joviales.



Algunos prefieren fotografiarse junto a las hermosas edecanes y modelos tapatías, que embellecen la feria y portan lemas para incentivar a los lectores, como que “Leer es sexy”; o posar a lado de los chicos maquillados de vampiros junto a los stands de los libros más vendidos de un par de años para acá. Lo curioso es toparse con la legión de Dráculas en el área de fumadores una vez que cumplieron sus horas de trabajo y saber que no pertenecen a ninguna agencia de animadores, sino a clubes de emos, siempre serios y tristes.


Dios siempre aplica su divina justicia y mi castigo por maldecir a la industria editorial fue caer enferma durante el recorrido y las compras en la feria, casi al punto del delirio. El estómago me provocaba intenso dolor, calosfríos y mareos, producto de comer antojitos tapatíos en exceso. Lo más vergonzoso fue ser atendida por doctoras y médicos más bellos que los de las series de televisión, y que un par de ellos se encargaran de mis aturdimientos de enferma. Un coctel de pastillas y un par de ampolletas me ayudarían a librar el mal momento y salir de los servicios médicos cuando terminara la conferencia por la que había viajado toda la noche.


De nuevo, la justicia se compadeció de mis desdichas. Mientras maldecía mi mala suerte, me topé con él, sin su cuerpo de seguridad conformado por una docena de enormes guardaespaldas; mi hombro chocó con el Premio Nobel de la Literatura del 2006 (invitado de honor en la feria) y mi humilde persona se llevó las disculpas en inglés del afamado escritor turco.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Fuera de lugar




Antes había sentenciado que el mexicano tiene fe: espera un milagro cada vez que elige presidente y cuando hay mundial de futbol. Yo no me incluyo en la espera de ninguno de los dos, a mi veintena de años escarmenté con algunas ilusiones; pero es divertido y me uno a la euforia de la época mundialista, ya que es agradable ver el partido con los amigos y los charritos con chile (botana campechana, por si usted, estimado lector, es de otro estado o país) después de escapar de clases o el trabajo.



Mi estrategia es:

A algunos les ha tocado ver partidos buenos pero a la mayoría, los malos. No sólo hay que lidiar con la decepción de mirar a once hombres representando un país y perdiendo ante el mejor, sino escuchar las alineaciones platónicas de amigos, compañeros de mesa, el barrista o hasta el chofer del camión (cuando se escucha el partido en la radio camino a cualquier destino). Los directores técnicos nunca serán lo suficientemente buenos, sobre todo si alardean largo tiempo y llevan a la selección a pique. Yo le sugeriría a alguno de ellos usar en secreto la estrategia de cualquier aficionado de domingo, a lo mejor pasa el milagrito y los espectadores no repetirán el eterno: jugamos como nunca y perdimos como siempre.



Mexicano de corazón:

¿Cómo no va a ser divertido el turismo futbolero? En televisión nos muestran la imagen del aficionado con camisa verde y el número de Cuauhtemoc Blanco en la espalda (como un mero símbolo, hay variedad de gustos) festejando que está en las ciudades mundialistas de Corea, Alemania y próximamente Sudáfrica, acompañando y apoyando a su selección, en la cual tiene puestas todas sus esperanzas y hasta los santos. El mundial pasado vi en un programa deportivo algunas de las entrevistas que hacen a los mexicanos que viajan para ver a la selección y me conmovió un mecánico que ahorró nueve años para pagar su viaje. Otro que llegó a mi corazón fue un padre de familia que disfrutaba de lo lindo su estancia (cervezas en ambas manos) porque la hija “le donó” el dinero de sus quince años. No paré de reír en un rato por la maldad del padre pero luego imaginé tristemente la cara de la quinceañera cuando le avisaron que no tendría vals ni vestido pero haría feliz a un futbolero de corazón.



No me preguntes, bebé:

He aprendido que si una mujer no aficionada quiere llevar la fiesta en paz con los amigos, novio, esposo o familiares a la hora del fut, debe evitar preguntar o que le expliquen un fuera de lugar. Si alguien amablemente expone qué es o cómo se manifiesta, primero lo hará entendible hasta más no poder pero seguramente no será comprendido y ahí viene otra pregunta: ¿Qué es el área chica y/o el área grande? De nuevo el amable futbolero tratará de ser breve y conciso para no perder valiosos minutos de partido pero vendrá una más y luego otra y la siguiente: ¿Ese es fuera de lugar? ¿Por qué no le saca tarjeta? ¿Cuándo va a hacerle penal? Ya fastidiado, responderá rápidamente para que no le pregunten más y en el momento que voltee la vista para saber si fue entendido, vendrá el gol que definirá la clasificación. El destino es cruel porque todos ven el partido en un extraño canal de paga, donde no repiten tomas ni jugadas y se conformará con saber, por boca de sus cuates, cómo fue o con ver la repetición en el resumen deportivo. No se ofendan, amigas, novias o parientes de futboleros, cuando alguien amablemente les pida que se queden calladas, como en un par de ocasiones me han hecho en partidos decisivos.



Tras bambalinas:

México gana el sábado y desaparece Luz y Fuerza del Centro. Mientras unos festejan en el Ángel de la Independencia y vitorean al “Son de la Negra” con la camisa de la selección y cerveza en mano, desaparece una dependencia gubernamental. Un golazo para los mexicanos. Otra convenientemente casual cortina de humo. Estamos en época de crisis y el mundial ya se acerca. No quiero sonar pesimista, pero si ocurriera uno de los dos milagros citados, y nuestra selección ganara la copa (es una suposición, no se hagan esperanzas, ni tantito) no me extrañaría que en ese momento aprobaran un impuesto por tener hijos y el doble de IVA para comprar alcohol (imprescindible en las victorias futboleras) o que privatizaran la educación; pero no me hagan caso con mis malas vibras, yo igualmente quiero que ya sea junio, para ver qué destino le espera a selección y cómo la pobreza nos va comiendo las patas.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Jungla de vanidad


A Laura León de Plaza Américas


La vida de estudiante becada me ha orillado a la austeridad. Antes declaré que uno de mis pecados favoritos es la vanidad, lo sigue siendo aunque no lo ponga en práctica muy seguido. Ahora se trata de andar en bajo perfil y pasar inadvertida, con un atuendo que se repite más de una vez por semana tipo personaje de caricatura (lo que me hace recordar una escena en los Simpson del armario de Bart, repleto de shorts azules y playeras rojas).


Hace unas semanas me preparaba para asistir a la presentación de equis libro por parte de Marcelo Uribe. Había preparado mentalmente un par de preguntas porque me interesaba saber cómo funcionaban ciertas cosas en la editorial Era. La suerte se puso en mi contra una vez más, dejando que el cielo escupiera tremenda lluvia. Quedé atrapada en el transporte urbano (combi) y di por perdida la presentación de Uribe, así que continué la ruta dos. Me bajaría hasta que lo hicieran todos los pasajeros.


Plaza Américas, tan limpia y concurrida como suele ser los sábados por la tarde. Me limpié las botas antes de entrar al edificio y así reducir las miradas de desaprobación de los custodios. Un poco triste para mí caminar sola en una plaza si podía estar plácidamente en la conferencia, escuchando las anécdotas de un editor o caminando por los estantes de libros con la disyuntiva de escoger unos cuantos ajustándome al presupuesto estudiantil. Frente a la entrada de Cinépolis imaginaba si alguien había formulado mis preguntas o si Uribe tendría un futuro regreso.


El plan era beber un café y regresar a casa para ver las películas del único canal que mi televisión portátil transmite. La cafetería favorita estaba repleta de gente, maldije a las parejas de los sábados y en medio de las maldiciones mi mirada se posó en un maniquí. El vestido negro perfecto vestía las imperceptibles curvas de la muñeca, junto al favor de los reflectores y un par de zapatillas. Mis pies avanzaron autómatas, di las buenas tardes y pedí uno en talla pequeña, nada más por la curiosidad de saber cómo se me veía. Igual de autómata cambié el presupuesto de algunos libros por ese metro de tela (si acaso llegaba a tal cantidad) del que quedé enamorada a pesar de haber renegado (en cierta ocasión) de la frivolidad del resto de las mujeres.


A lado del baño de damas estaba el letrero que a cualquiera que lee revistas de cotilleo y moda hacer perder la cordura: 50% de descuento en ropa de verano. Cuando alguien dice que sólo va a ver ropa en una oferta de ese tipo, es una bárbara mentira puesto que, acto seguido, pelea con las demás compradoras por la única blusa de su talla o lanza miradas feroces a la que ose tomar las de la selección personal. “Para cuando haga falta”, pensé al arrebatar el último traje de baño de mi talla, a sabiendas que estamos entrando a invierno. Quizá la señora (digamos, unos cuarenta años y la cara de Laura León) pensó lo mismo cuando me quitó una minifalda y se burló de mi lentitud.


En algún lugar leí (probablemente lo vi en una película) que dejarle una tarjeta con la cuenta de ahorros a una mujer en los centros comerciales era peligroso, como lo es dársela a un estudiante de Letras en la Feria del libro. Yo cambié a Marcelo Uribe y la feria por una jungla del pecado, donde la más rápida es quien da el tarjetazo y se lleva las bolsas con ropa de liquidación. Más tarde, cuando por fin bebo el café que propició mi entrada al centro comercial, miro a un par de ellas caminar triunfales, casi flotando de orgullo, aunque les cueste trabajo cargar la obscena cantidad de bolsas que llevan impresas en ellas los nombres de muchas tiendas. Mi segundo encuentro con la doble de Laura León no fue muy decoroso para su persona: sin afán de burlarme le di la cartera que dejó caer, mientras el encargado de una famosa tienda con nombre de ciudad del Reino Unido la acusaba de dar un cheque falso. La minifalda también fue confiscada y devuelta a su sitio.


Recuerdo que una vez gasté mi dinero de la semana en unos zapatos que no necesitaba y me quedaban grandes. La respuesta de mamá fue: a ver si contemplándolos o con el forro sintético se te quita el hambre cuando debas salir a almorzar. Ya viene fin de mes. ¿Qué descuento podrá hacerme la dueña del departamento en la renta si le ofrezco un vestido, un traje de baño azul y tres blusas?

lunes, 2 de noviembre de 2009

Cuestión de ocio


A Irving


No sé si bendecirlo u odiarlo, prefiero quedarme en la periferia. El tiempo libre es el que me lleva a gastar tardes frente a la televisión viendo programas que no me dejan otra cosa que ganas de vivir la vida de alguien más o robar unas cuantas características para hacer la mía más interesante, o al menos divertirme de reacciones ajenas. Pero he aprendido a sobrellevar el tedio, después de todo, siempre habrá alguien peor que una.


Trabajo es trabajo:

Me gusta ir en orden cronológico, y qué mejor que empezar por el primero: Adán (espero no herir susceptibilidades, sólo es una suposición burda). Si Dios le regaló una estancia en el Paraíso, como su creador y jefe, era coherente que le disgustara tenerlo como un hijo ocioso y le dio la tarea de poner nombre a cada animal que jugueteara por el Edén. Pero no fue tan malo, no existían los viáticos ni carreteras con las que un burócrata tiene que lidiar. La cómoda vida terminaría en una jornada de trabajo condicionado, pero la recompensa sería igual de buena o mala con la llegada de su femenina pareja porque dos ociosos siempre son mejor que uno.


Premio de premios:

Los concursos no son lo mío pero disfruto verlos, la competitividad entre terceros es muy interesante. Quizá lo más halagador para el competidor sea el reconocimiento como el mejor de su ramo y que esto quede documentado para la humanidad; supongo que esa es la intención del Récord Guinness. El ocio ha traspasado las fronteras de la imaginación y ahora no hay aventura coherente que el hombre no sea capaz de cumplir. En los registros del Guinness ya están los nombres de aquellos que hacen malabares con sierras eléctricas encendidas o pasan infinidad de vueltas en la montaña rusa. Yo pensé que había visto lo suficiente en canales de televisión de paga pero me equivoqué (como suele suceder) porque esta semana Guinness registró a los ganadores de la carrera de bebés montando perros (parece mentira pero es real) y la medalla se la llevó una niña china menor de dos años.


Relaciones públicas:

Cuando el Internet hizo aparición en mi vida, no lo utilizaba para tareas porque tenía Encarta (algunos lo recuerdan) y aprovechaba mi hora diaria permitida en un ciber para conocer gente de los rincones de América donde se hablara español. La misión colectiva era conseguir el correo de un representante de cada país (como en los concursos de belleza) que no pasara de los quince años y fuese aficionado de Caballeros del Zodiaco. Cuando se reunía tal cóctel cultural el siguiente paso era citarlos a todos en una sala privada del chat y tratar de hablar simultáneamente en mi papel de enamorada hasta que se dieran cuenta que mi pasión virtual no le pertenecía a nadie. Como toda una dama de secundaria, me retiraba para dejar a los gentilhombres discutir asuntos de adolescentes y minutos después admirar mi creación: la unificación de una bola de chamacos concentrados en Caballeros del Zodiaco. Ahora considero que mi ocio me ha forjado el talento para relacionar personas y puede serle útil a alguna organización mundial de países en conflicto. Sólo se necesita ser descubierta.


Sopa de letras:

La carrera de literatura no sólo se trata de leer horas hasta que los músculos corporales pierdan gracia pero hay un poco de verdad en ello. Los congresos son frecuentes y agradezco el gesto de los viajeros con ponencias y su disposición de cruzar mares, océanos y continentes para leer investigaciones de detalles literarios que a veces paso por alto pero a la hora de oírlos en una conferencia magistral me dejan boquiabierta. Un joven escritor (del cual estoy platónicamente enamorada) afirma que se trata del ocio más grande pero divertido porque uno de sus maestros se fue a los pueblos olvidados de Europa a estudiar la estética de los árboles y su relación con un poema. Dicho amor platónico a veces desdeña de las investigaciones literarias porque hay cosas más importantes que suceden en el mundo mientras algunos nos encerramos horas en las bibliotecas comparando la gramática de libros antiguos. Pero en la sopa de letras no todo está dicho y hace unos días me invitó a enviar nuestro trabajo a un concurso para ganar la estancia en una isla del Índigo e investigar la estética de los troncos petrificados y su relación con la poesía de Quevedo.

martes, 20 de octubre de 2009

La ciencia del sueño



Niños dormilones

Ahora está de moda llamar “generación X” a los que vivimos en los noventas, viendo caricaturas japonesas, a Chabelo los domingos y jugábamos en la calle. Los Simpson me han acompañado dos décadas y a partir de la programación televisiva puedo sacar la contabilidad de mis horas de sueño. Antes de los nueve años me iba a la cama a las ocho y media, después del capítulo de la familia amarilla; despertaba a las siete y eso me da diez horas durmiendo. Como toda niña sana, comía verduras, corría durante el día y me iba temprano a descansar porque la “generación x” no tenía X Box pero con cincuenta centavos podía hacer un buen juego del Street Fighter por las mañanas. Leí en una revista de maternidad que si los niños duermen lo suficiente y están activos en el día, crecen sanos y se enferman poco. Dichas publicaciones no siempre tienen la razón, tengo una estatura media y fui enfermiza. Le echo la culpa a la genética.



Mala digestión

Hace unos días una madre regañaba a su obeso hijo a la salida del Burger King, el motivo fue que el angelito se comió dos hamburguesas gigantes. La mujer le dijo que iba a tener pesadillas por la mala digestión y cuando se despertara de madrugada llorando por miedo a Freddy Kruger, no le daría leche caliente con miel para conciliar el sueño. Mi caso es diferente, las pesadillas se me dan solas y sin permiso aunque cene una ensalada de lechuga o complazca los antojos con comida grasosa. Pero a falta de leche con miel tengo que recurrir a la vieja fórmula heredada de mi madre: “persígnate tres veces, reza un Ave María y dormirás como un oso a menos que no sea una pesadilla o un juego de sombras y en realidad haya entrado un ladrón a tu departamento por aquella horrible costumbre de no poner el seguro y las cadenas a la puerta”.



Más bizarro que el propio sarro

No soy profeta y doy gracias a todos mis santos por no serlo pero me ha sucedido que acierto en algunos aspectos de la vida cotidiana. Un par de ocasiones presagié (si así se le puede llamar) la muerte de personas cercanas y fue una experiencia horrible. Ojalá no sueñe con terremotos y desastres naturales porque no quiero secuestrar el transporte público y privado. El arte adivinatorio se manifiesta cuando no me interesa invocarlo, como hace un par de semanas cuando soñé que nos gobernaban los comediantes de un programa guapachoso. En mi sueño uno de ellos era un moderno mecenas que se paseaba por toda la ciudad en un camión decorado de peluche y propaganda cervecera, con dos curvilíneas bailarinas moviéndose al ritmo de una cumbia. Mis sueños no están muy alejados de la realidad.



La ciencia del sueño

Me he desvelado más de lo que mi ocioso cuerpo puede soportar. De nueva cuenta hace su aparición en mi vida un capítulo de los Simpson, cuando Homero trabaja horas extra y necesita dormir. Para él su auto era una cama y todo a su alrededor lo incitaba a caer en brazos de Morfeo. En lo personal, prefiero dejar de lado los libros que necesito estudiar aunque al día siguiente tenga un examen importante porque no dormir es peor que pasar hambre. Esta semana tomaba clase de adquisición paradigmática de lenguas nórdicas. Recreaba la escena de Homero desde mi asiento cuando el sonido seco del borrador sobre el escritorio me despertó; el profesor alemán me miraba con cara de pocos amigos.
-Señorita, haga el favor de prestar atención. Mi materia es una ciencia y aquí vamos a analizar los paradigmas de las lenguas nórdicas, no el cabeceo de los dormilones.
Claro, la lengua se estudia como una ciencia pero no dormir a mis horas por exceso de trabajo me transportará a otra ciencia más compleja que es ver capítulos viejos de un personaje amarillo acostumbrado a comer y dormir y relacionarlo con mi vida pasada antes de ser internada a punto de infarto o embolia.

martes, 6 de octubre de 2009

Historia de un taxi




Uno de los empleos necesarios para la sociedad y que pocos dan el reconocimiento que se merece es el del taxista. Estará el lector de acuerdo, los necesitamos para mantener en orden los tiempos de una ajetreada vida de último momento y llegar puntuales a la cita o no utilizar urbanos en época de prisas y calor.
Incluso cierto cantautor guatemalteco le dedica su más célebre canción al ruletero nocturno, quien pasa a inmortalidad conquistando a una rubia preciosa para vengarse de sus respectivos amantes siempre a las diez en el mismo lugar. El caso es que siempre tienen una anécdota para los pasajeros, desde las más simples hasta las inverosímiles. Recrearé mis conversaciones con diferentes taxistas en días comunes.


Estructuras económicas

-¿Cómo ve, señorita, que quieren meter la inversión extranjera en los servicios del estado?
-Bueno, son opciones, aún no lo aprueban. A lo mejor funciona.
-Pues quien sabe, señorita, quién sabe. México le copió el modelo capitalista a los demás países y no estamos preparados para que los extranjeros sigan metiendo mano en la economía. Nuestra estructura económica debe ser la del pueblo. Comer lo que el pueblo produzca.
-Ah. ¿Y si el pueblo no produce nada, ni medicinas?
-Pero mire nomás, señorita, tenemos el mar y el campo. Qué más quiere para vivir feliz.


El Credo

-En un momentito la dejo ahí, es que hay tráfico.
-Sí, había procesión.
-Dígame, ¿usted cree que somos pecadores?
-Supongo que sí.
-No, señorita. Eso es una gran mentira. Recuerde que Jesucristo vino a lavar los pecados de los hombres con su muerte. Él dijo que nos dejaba limpios de pecado y está ahí, escrito en La Biblia.
-Entonces no somos pecadores.
-Pero sí lo somos. ¡Todos pecamos! Hasta con el pensamiento ensuciamos su nombre, señorita. Nos debería dar vergüenza.
-Como usted diga.
-Tampoco me tire a loco, mejor piense en todos sus pecados que han de ser muchos.
-Lo haré. Me bajo en esta esquina.



Una gripita

-¿Ese es gel antibacterial, señorita?
-Sí, hay que tener cuidado con la epidemia.
-Yo creo que es un complot. A la gente de casualidad le está dando la gripa y resulta que se hizo epidemia pero no, señorita, para mí que es una tapadera del gobierno para disfrazar la lucha contra el narco y a los decapitados. Todos hablan de la influenza y quién se pregunta por los cadáveres de Michoacán.
-Pero sí está dando, un amigo tiene influenza, le mandaron los estudios de la Secretaría de Salud.
-Hasta cree, señorita. Se me hace que les pagan para fingir porque nadie ha visto los cadáveres de los muertos y yo, en mi humilde opinión: hasta no ver, no creer.


El galán

-Gracias por pararse, señor. Qué horrible lluvia, no se puede andar allá fuera.
-Mejor aquí adentro, ¿verdad? ¿A dónde la llevo, guapa?
-A la UAC, en Humanidades.
-¿Entonces usted es psicóloga?
-No, estudio literatura.
-Ah, eso es interesante. Le voy a decir algo pero no se ofenda. Está usted muy guapa. No, no se chivee, sólo se lo decía. Con todo respeto, es una muchacha guapa y tiene bonitas piernas.
-Gracias, cóbreme, me bajo aquí.
-Uy, señorita, está lloviendo bien feo. Tendré que darle otra vuelta porque se va a mojar, se le va a correr el maquillaje.
-Aquí me bajo.
-Sí, sí. Pero cierre la puerta que entra el agua y me acaban de lavar los asientos.


Desde mi trinchera les mando un saludo a todos aquellos taxistas que me han servido a lo largo de la vida, regalándome ideas de fortalecimiento económico, credos religiosos, complots políticos e intentos de seducción fallidos. A lo mejor una de estas noches las lentejuelas de un traje les harán la parada y espero fervientemente no ser yo.

sábado, 26 de septiembre de 2009

El elegido


No sé si la humanidad tenga los días contados o se trate de la moda de este mes. Lo que sí es que fulanos (y no tan fulanos) han salido a la fama por ser elegidos de Dios para transmitir mensajes de catástrofe. Pensé que el circo empezaría en diciembre, cuando el ochenta por ciento de las revistas sacan suplementos con las predicciones para el año que empezará, desde la Vanidades o Quién hasta el TV y Novelas y similares. A veces hojeo dichos datos astrológicos pero mi mala memoria me hace olvidarlos enseguida. Si llegan a suceder, no atribuyo la información a los brujos de Catemaco.



Hace unos meses pensaba que por vivir en la Península de Yucatán y ser heredera de la cultura Maya era normal encontrar en cada establecimiento de souvenirs, librerías, papelerías, estanquillos y demás negocios los pequeños libros o folletines con profecías del 2012. No los he leído ni siquiera por la enorme curiosidad que me lleva a hacer cosas extrañas pero ahora me llama la atención informarme del inicio de un nuevo Apocalipsis puesto que dichas predicciones han desatado polémica en otros individuos.



José María Flores Pereyra, cuyo nombre artístico es Josmar se ha hecho famoso en todo el mundo por secuestrar un avión, era pastor de una iglesia y cantante de alabanzas. Afirmó no estar loco sino ser un instrumento de Dios para dar testimonio anticipado de un terremoto peor que el del ochenta y cinco. Tampoco es tan tonto como muchos creen: sabía que pidiendo audiencia con el presidente o haciendo antesala jamás iba a ser tomado en cuenta y se fue por la vía rápida (y aérea) con el secuestro de un avión. Así de fácil fue engañar la seguridad de un aeropuerto con latas de Jumex, cables de colores y cinta, todo a la vista de pasajeros y policías en una sala de espera.



Ahora tendrá que enfrentar los cargos que se le impugnan, cuando lo más sencillo del mundo era quedarse con sus feligreses o viviendo de las regalías de sus discos porque el hombre era una estrella de la industria musical en el género de alabanzas. Aunque quién sabe, si el terremoto llega a tener efecto mientras Josmar purga su condena, dudo que los guardias quieran soltar a los presos. Corriendo por salvar sus vidas ni siquiera se acordarán del profeta.



El otro hombre que se volvió personaje se materializó para mí gracias a un mensaje de texto de las compañías celulares donde ponen al tanto a los usuarios de las últimas noticias (mundo, deportes, dietas, chisme,etc). Luis Felipe Hernández Castillo igual dijo ser invocado por Dios para hacer “conciencia” en el resto de los mortales de la situación deplorable de nuestro país. Como una prueba de su inconformidad le quitó la vida a dos hombres y dijo no ser un fanático. Cuando se sale negativo en los exámenes toxicológicos no queda más que jurar ser un instrumento de la divinidad y que se tiene la mejor voluntad para salvar a la sociedad de una inminente decadencia. Semejante locura va sustentada por balazos a transeúntes.



Si las autoridades no encuentran lógica posible a tales actos, el clero tiene derecho a negar que Dios los manda a hacer justicia por su propia mano. Pero aquí viene una historia de hace algún tiempo, digamos varios siglos atrás. Juana de Arco, a los diecisiete años, cuando obtuvo permiso para encabezar el ejército francés, fue tachada de loca. Su fe la hizo obedecer aquella petición celestial para librar a su país del asedio Inglés, pagando la condena del juicio inquisitorial años más tarde. Después se le consideró santa y hoy es venerada por católicos y patriotas.



Si me remonto en la historia un poco más (ya encarrilada en el asunto) otro personaje famoso llamado Moisés liberó al pueblo hebreo de la esclavitud en Egipto, también por mandato divino. Y con lo anterior no es que quiera comparar a los hombres noticia de este mes con héroes históricos y bíblicos (no se confundan, señor y señora lectores) pero se me hace curioso que después de secuestrar aviones y balacear transeúntes recurran al mandato divino para exonerarse de toda culpa, quedando como elegidos de Dios para cumplir su voluntad.



Juana de Arco y Moisés lo hicieron bien pero si mañana sale un hombre desnudo disparando con una metralleta en la Central de Abastos, háganle la mano de puerco antes de que diga que cumple con la palabra del Señor.


sábado, 19 de septiembre de 2009

Enemigos íntimos



Ya pasó un mes. La rutina de los días es casi la misma para esta época del año. Me gusta la privacidad que gozo últimamente, mi departamento está aislado del resto de la casa y los demás cuartos… donde vives. Te he observado como tú a mí, la diferencia es que cuando pienso que estoy sola tu mirada viene de algún lado y me acompaña largo rato sin que me dé cuenta. No sé si es un halago o una invasión a la privacidad de la cual alardeo.


Sabía que vivías aquí, en los departamentos, había escuchado rumores de los demás o algunos te llamaban. A veces no tenías la precaución de caminar despacio: golpeabas cosas viejas en el pasillo cuando llevabas prisa. Las horas en la escuela me tienen largo tiempo fuera de casa, por eso no sé qué haces todo el día. Seguro sales a pasear como todos, pero lo dudo; enseguida se nota que lo tuyo es la vida nocturna. No es que me importes más de lo que debería, pero siempre he sido muy curiosa con todo el mundo, hasta contigo.


Una vez la chica que vive en el departamento de arriba me habló de ti. Dijo que nadie entendía tu comportamiento, eras un ser extraño, distinto de los que ella había conocido, con cambios de humor y actitud que delataban tu instinto. Tampoco me interesa descubrirlo. Te vi de frente hace dos semanas. Debo admitir que tienes unos ojos muy bonitos, ya quisiera yo un color y forma así. El tipo de ojos que trata de decir mucho pero no revela nada. No tenía caso sostenerte la mirada, para qué. Mejor te evadí y seguí mi camino. Te ofendiste, me di cuenta por el ruido extraño que hiciste pero me da igual ignorarte o no.


Me fijo que te asomas a la ventana cuando llego, escuchas el ruido que hago para abrir mi puerta y a veces maldigo por tardar en hacerlo. Por eso sé que me observas a través del cristal. A lo mejor esperas que traiga a alguien a casa. Eso es asunto mío. Pero puedes estar tranquilo, no ha sucedido ni sucederá. Debes conocer mi horario, ya sé que me espías y soy bastante predecible. No puedo hacer nada para evitar tu curiosidad, se te da de forma natural. De todos modos no estaré mucho tiempo aquí, la atención de los demás volverá a ser toda tuya.


Me dijeron tu nombre y lo olvidé, ¿ves cómo me tienes sin cuidado? Si tuvieras conciencia de ello te ofenderías mucho. No sé si sepas el mío pero es algo que no me quita el sueño, como tampoco me lo quita que a veces rondas la puerta de mi departamento en las noches. Calmado, amigo, no te atacaré porque sé que no entrarías y tampoco tienes motivos para hacerlo. Aunque, para ser sinceros, ya hemos intimidado un poco, grave error. Aquella tarde en la sala nos dejaron solos, yo estaba entretenida en mi computadora y tú con cualquier cosa. Era inevitable que te pusiera atención si te acercaste y para estar ahí a mi lado un buen rato. Cuando te quise hablar, me evadiste.


Ya deberías aprender modales o no serás aceptado en ningún lugar. Hace dos noches nos vimos en la puerta de la casa. Yo llegaba cansada de tomar clases y tú te ibas quién sabe a dónde. Te sostuve la mirada porque no me molesta ver el color de tus ojos y dentro de mí te desee buena suerte en lo que pudiera suceder durante tu aventura. Ahora son días de lluvia, desde temprano cae la tormenta con todo y rayos y es imposible salir porque las calles se inundan o no deja de llover hasta entrada la madrugada. Por eso nos encontramos en la sala común: yo no puedo ir a mis clases vespertinas ni tú a los paseos que acostumbras. No te culpo, tampoco me gusta empaparme en la calle.


Ayer rompiste el hielo de la peor manera. Otra vez solos en la sala, te quise hablar y tú fuiste directo a los hechos. Te me echaste encima como si te hiciera daño y me quisiste rasguñar el cuello porque no te seguí el juego con la pelota. Afortunadamente soy más grande e inteligente que tú y me defendí aventándote. Maullaste. Me miraste con los ojos bien abiertos y te preparabas para atacarme de nuevo pero te pegué y huiste. Lo siento, no fue mi intensión pero es la supervivencia del más fuerte. Te fuiste altivo, con la cola levantada y las uñas aún visibles.


Ahora somos enemigos. Pero descuida, no te molestaré porque tienes una ventaja: me desagradan tus maullidos y soy alérgica al pelo que sueltan los de tu familia, los siameses.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Fórmula infalible


El hecho de que México sea un país en vías de desarrollo (porque tercermundista se escucha muy feo ahora que está próximo a cumplir doscientos años) se ve reflejado en todo, desde las chozas que miro a través de la ventana donde tomo clases de poesía vanguardista hasta los centavos que acaba de subir el azúcar y la tortilla. Pero a grandes males grandes remedios y como el mexicano burócrata u obrero no puede hacer nada en contra del gigante que se le presenta en forma de deudas, mejor las olvida un rato o al menos las disfraza. Para contrarrestar los dolores sirve de jarabe la televisión.


Muchos la llaman la caja idiota, a otros nuestras abuelas nos dijeron que íbamos a quedar ciegos de tanto verla pero a dicho invento le debo gran parte de mis alegrías y recuerdos generacionales (cómo olvidar las caricaturas japonesas o a Chabelo). El mexicano promedio no lee, va poco al cine (aquí no cuentan los churros hollywoodenses) y para entretenerse ve la televisión. Podrá no saber suficiente de historia nacional pero qué tal si le preguntamos de las novelas donde salía Thalía, de Cuna de lobos o las producciones de Emilio Larrosa. Nos sorprendería relatando detalles que a conciencia cualquiera hubiese olvidado.


Las telenovelas han sido la mina de oro de los productores debido al éxito arrasador que obtienen. Me atrevo a opinar porque a lo largo de dos décadas sobre la Tierra he visto gran cantidad de melodramas y no me da pena compartirlo. Seguramente al ama de casa le gusta sentarse en las tardes a ver cómo Paloma lucha contra una tía desalmada que le mata a sus novios o por las noches, mientras espera al esposo gordo, suspira con los pectorales de un actor cubano en escena de cama. También a la adolescente soñadora la ilusiona pensar que un día conocerá a un joven rico y guapo que la llevará a vivir con él a Las Lomas y se casarán en la Basílica de Guadalupe, todo esto mientras hace la cola para las tortillas.


Una frase célebre dice que la religión es el opio de las masas, estos días me atrevo a decir que las producciones de televisoras mexicanas lo son. Hace algunas décadas dieron en el clavo con la fórmula infalible: el hombre rico se enamora de la chica pobre. Al encontrarse en estratos sociales diferentes deben hacer lo posible (e imposible) para defender su amor puesto que siempre habrá villanas de por medio, embarazos por noches de borrachera, hijos bastardos que regresan años después y compañías millonarias en disputa familiar. Las tramas de este tipo consagraron a actrices como Lucía Méndez, su archirrival Verónica Castro, Thalía (ahora toda una neoyorkina) y los venidos a menos Peniche, Camacho o Ferrara.


Pero los tiempos cambian y los productores no son nada tontos. No les vendría mal hacerse un poquito más millonarios ahora que el azúcar y la tortilla subieron, por ello necesitan seguir vendiendo sus novelas para llevarlas al resto del mundo (¿quién dijo que México no exportaba cosas de calidad a Europa y Asia?). Si los príncipes extranjeros se casan con “plebeyas” (que ostentan carrera con maestría e incluso doctorado) ¿por qué la chica de las tortillas no habría de casarse con un sobrino de Slim? Como ahora todo es posible (aunque lo dudo, obviamente) hay que innovar a la televisión mexicana por otras vías.


Se nos adelantaron un poco los colombianos con una producción de gran éxito, acogida hasta por EUA: Betty la fea. Se trata de la transformación de una mujer fea en toda una belleza ejecutiva. Wow. Sorprendente. Exitoso. La novela arrasó en varios países y cómo no, a quién no le gusta ver cómo una inteligente pero espantosa secretaria se enamora de su guapo jefe y es rechazada por FEA para luego conquistarlo siendo una despampanante modelo.


Reitero, los productores no son tontos y ya ficharon a los adolescentes. Saben que son una máquina del consumismo. Ahora transmiten la versión mexicana de Patito Feo (originalmente de Argentina) donde ocurre lo mismo: una niña con brakets y lentes es despreciada por sus compañeras bonitas para luego aparecer como el cisne más lindo del colegio, por la que babearán los adolescentes populares y guapos. Y este melodrama terminará siendo un éxito, un clásico de la televisión y cultura mexicanas. Los productores sí que saben hacer dinero volviendo hermosas a las feas. (Qué bueno que no la transmitieron en mi época de brakets).


Pero me da curiosidad una cosa, ¿alguna de las ochenta y cuatro bellezas que se disputaron la corona de Miss Universo hace algunas semanas habrá sido una Patito Feo en su colegio? Lo dudo pero esperaré que algún día se los pregunten en la ronda final. Mientras, habrá muchas novelas para ver en el horario estelar.

sábado, 5 de septiembre de 2009

A la rorro nene



Desde hace dos semanas me aquejan sueños extraños. Lo atribuyo al cambio de ciudad, vivir sola y que olvidé traer los tres atrapa sueños que colgaban de la cabecera de mi cama. La vida austera como estudiante de intercambio incluye prescindir de la televisión, lo cual significa dormir más. Eso sería un placer si a media noche no despertara con lágrimas en los ojos por alguna pesadilla y me costara mucho trabajo arrullarme de nuevo. Pero todo mal tiene su lado positivo, dichas rarezas pueden significar algo.



Lo primero es contárselos a mamá vía Messenger. Soñar con parientes muertos: necesitas a tu familia; bebés: te sientes sola (pero no te embaraces); comidas y reuniones: quieres volver a casa, responde mamá como quien lleva años dedicándose a descifrar sueños o ansía abrazar a su pequeña. Sus respuestas no son muy convincentes, le digo que todo estará bien tomando leche calientita antes de acostarme y me despido, sin mencionarle que en la siesta del medio día soñé que mis compañeros de la Sinfónica me daban tremenda paliza para matarme.



Le platico las pesadillas a una de mis compañeras de poesía surrealista, quien me da el nombre de un hippie de la facultad de lenguas muertas pero pide que no le diga que ella me dio el dato. Asegura que dicho hippie puede ayudarme. Cuando por fin doy con él, lo encuentro en la parte trasera de la biblioteca, leyéndole la mano a una chica rubia. Cuando termina me atiende. Besa ambas palmas de mis manos y hace una oración en quién sabe qué lengua. Me da un poco de miedo.



Le platico cada uno de mis sueños, tuve la precaución de apuntarlos en una libretita desde que comenzaron a aquejarme. Son nueve en total. Me pide sentarme en el tronco que usa para sus clientes, e insiste en que le repita los sueños eróticos que me despertaban llorando de madrugada. Le respondo que no eran eróticos sino pesadillas, insiste que tienen que ver con deseos sexuales reprimidos. Le digo que no, que tienen que ver con el cambio de casa. Me da la razón.



Comienza a ramearme con una hierba olorosa mientras dice oraciones en quién sabe qué lengua, escucho el sonido de unos tambores al compás del baile del hippie y me fijo en otro de los suyos que llegó sin darme cuenta. El del tambor prende incienso en una jícara y fuma un Delicado. Me ofrece Delicado y lo rechazo. El hippie termina de ramearme y nos toma a los dos de las manos, formamos un triángulo con los ojos cerrados (yo dejo uno abierto porque no me inspiran confianza) y ambos rezan pidiendo paz para mis sueños eróticos. Les digo que no son eróticos sino pesadillas y me dicen que me quede callada porque puedo romper el círculo de las fuerzas naturales.



Se acaba el ritual, los hippies se tiran en el suelo pareciendo más exhaustos que un par de futbolistas cheleros. Dicen que equilibraron mis impulsos sexuales y no volveré a tener sueños eróticos que me despierten de madrugada, prefiero no contestarles. Me mandan a comprar una cajetilla de Delicados, esa es la cuota. Pago por el ritual. Antes de irme les advierto que el morral de uno de ellos se está quemando por culpa del incienso.



La siguiente noche despierto a las tres y media de la madrugada, mitad hambre y mitad pesadillas. En el sueño el hippie de las ramas y yo corremos a todo lo que dan nuestras piernas porque nos persigue una multitud de colegialas para darnos tremenda paliza, ignoro el motivo. Ya despierta me tallo la cabeza como si el golpe de una de ellas hubiese sido real. Dos días más tarde veo al hippie de los tambores comprando cigarros y con un brazo enyesado. Le preguntó qué le pasó y contesta que él y el chamán de los sueños eróticos fueron atropellados por unas ex novias enfurecidas; su amigo tenía la cabeza rota y estaba descansando en casa.



Me sorprendo. Le platico las premoniciones a mi compañera de poesía surrealista y me propone sacarle provecho entre el estudiantado. Ahora yo ocupo el tronquito detrás de la biblioteca y me hago fama de descifrar sueños. No hay mal que por bien no venga.

sábado, 29 de agosto de 2009

Mudanzas



Podría comenzar la nota de hoy con la letra de una canción para mujeres despechadas pero no viene al caso, el título es porque se trata de una mudanza en el estricto sentido de la palabra. Desde hace unos días duermo bajo el cielo de Xalapa por decisión propia, a los veintiún años que ostento era necesario un cambio de residencia para adentrarme a la vida independiente, o al menos esa es mi justificación.



Lo curioso de esto, lector o lectora, es que alguien tan ociosa como yo puede reír un poco partiendo de lo siguiente: nadie me conoce. Sucede como en las películas gringas que pasan por los canales donde los estrenos son las cintas de diez años atrás, en dichas historias llega un fulano a vivir solo. Se desconoce quién es, a qué se dedica y por qué tiene cara de pocos amigos, sin embargo, nadie le quiere preguntar. La gente sólo hace conjeturas cuando en el vecindario empiezan a suceder asesinatos o actividades paranormales. Pero no me desviaré del tema, que se supone es mi mudanza.



No pretendo ser una asesina o la vengadora justiciera del barrio pero por ser desconocida puedo tomar ciertas cosas a mi favor. En un viaje al DF hace meses uno de los amigos que fue dijo: cuidado al hablar, si se dan cuenta que somos del Sur nos van a asaltar. Afortunadamente mi paranoia no llega a tanto como para evitar pronunciar palabra, aunque un par de personas han notado que no soy xalapeña por el cierto acento campechano que es una extraña mezcla de yucateco, tabasqueño, efeéme y no sé qué tantos timbres exóticos. Quizá estos meses se me pegue alguna palabra o expresión de aquellas que tenía olvidadas desde mi niñez por estas montañas y las emplee con mi particular acento campechano.



Mi primer fin de semana salí a caminar para ubicarme, comprar los aditamentos de una casa y ejercitarme por el tiempo perdido. Vagar sola me hizo extrañar a la familia, los amores y amigos pese a que soy fuerte en cosas del corazón. Para consolar el alma recurrí a una actividad que siempre me pone de buenas: probarme ropa y zapatos en las tiendas. Es uno de mis pecados (atrévase a negarlo, lectora, usted también lo hace) y pequé poniéndome hermosos vestidos de noche, calzándome zapatillas imitación de Vuitton y probándome maquillaje de diseñador. Las atenciones de las amables señoritas se compensaban con la excusa de ir por mis amigas (que aún no tengo) para volver a la tienda y escoger algo de lo que me había gustado. Regresaré a esas tiendas cuando tenga amigas.



Estar aquí me da la posibilidad de ser otra persona. En lugar de una estudiante de letras que aprovecha su estancia en la universidad quiero encarnar a una aventurera excéntrica que viaja son su esposo investigador (inexistente, claro está) en busca de un poeta olvidado que va dejando huellas de su paso y obra por distintas ciudades del país (como cierta mujer cuyas iniciales eran C.T.). Tras escuchar esta historia más de uno se asombrará de mi labor, y si mi facilidad histriónica supera las fronteras del acento podría fingir ser oriunda de Sudamérica para tornar más interesante la aventura. No será difícil inventar un poeta olvidado (como muchos que existen o han existido) y podré cosechar la admiración de quien se crea esa historia. A lo mejor alguien se interesa y quiere enrolarse a la búsqueda.



Ser la nueva del grupo tiene pros y contras, la aceptación y el repudio. Lo mismo puedo ganarme el aprecio de mis compañeros como también ser el blanco de sus bromas más pesadas y volver mi vida un infierno estudiantil, donde no tendré quien me defienda. Aunque parece mentira, la verdad nunca se sabe, a lo mejor les caigo bien y deciden nombrarme su reina. Es cuestión de tiempo y un poco de suerte.



Pero esta mudanza también será el chance de fingirme otra por un tiempo determinado hasta que se descubra lo contrario. Mientras, seguiré escribiendo. Como lo dice cierta cantante de cuyo nombre no quiero acordarme: porque soy mujer, con todas las incoherencias que nacen de mí.