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jueves, 23 de julio de 2009

Presupuesto cultural 2009



Las vacaciones que pasé en aquella ciudad fueron buenas, sobre todo porque visité a Horacio. El chico en cuestión me aventaja por dos años y está encaminado hacia las artes plásticas. Su piel clara, cuerpo delgado, cabello semi largo y barba desaliñada conforman lo que denomino “prototipo” (mamá dice “pandroso” con un tono de desaprobación por mis gustos). Siempre profeso inclinaciones hacia los prototipos.


Era abril y su ciudad es perfecta: no hay calor. Horacio necesitaba dinero, quería viajar a Granada para tomar un curso de tallado en materiales porosos y la beca del gobierno de su estado no le alcanzaba. Ojalá me hubiera pedido acompañarlo, tengo ganas de conocer Granada.


-Vamos al Departamento Estatal de Cultura- fue su única petición- quiero hablar con el director para exponerle mis ideas.


Nos dirigimos a dicha dependencia, un edificio moderno con cantidad de salitas y pasillos laberintosos donde cada cinco metros se erguía alguna escultura contemporánea. La idea de Horacio era que le prestaran una salita para condicionarla y montar su exposición, donde toda la obra estaría a la venta. Así podría darse a conocer y juntar lana para el viaje al que yo no estaba invitada.


-Sí, cómo no- dijo la secretaria de labios rojos-sólo que el “lic” está ocupado. Espérenlo ahí. Yo les aviso.


No tenía nada de malo esperar un par de horas a que dicho “lic” nos recibiera si Horacio, mi pandroso favorito, me platicaba sus planes en el Viejo Continente y tomaba mis manos para decir que eran perfectas para una pintora. Pasó media hora. Llegó a la antesala una señora a dejar sus catálogos de Avon y platicar chismes del “TV Notas” con la secretaria de labios rojos. Otra media hora. La de los catálogos se fue y llegó una que vendía zapatos. Chismearon a placer mientras la secretaria de labios rojos pasaba llamadas del conmutador a otras salitas como aquella. Quienes llamaban eran sus colegas de los Departamentos de Cultura de quién sabe qué ciudades o países, puesto que la subestimé, la de labios rojos hablaba perfectamente inglés y francés.


-Antes de que te vayas quiero darte una de mis obras- anunció mi prototipo Horacio- ojalá te guste. Se llama “La escritora del sur”.


Qué halago tener algo hecho por las manos de Horacio. Llevábamos hora y media cuando llegó una tercera mujer, esta iba a cobrar la tanda. Recibió el dinero, tachó algo en la libretita y se fue.


-Ustedes comprenderán, es quincena- se excusó la secretaria de labios rojos- ya mero sale el “conta” y pueden entrar a hablar con el “lic”.


Nos pusimos de pie cuando salió el dichoso “conta” y, como alma que lleva el diablo y sin decir con permiso, entró una exuberante mujer a la oficina del Director. Por el meneo y la forma de hablar, supimos que era cubana. Claro, ella tenía preferencia. Otra media hora sentados en la antesala, viendo a la secretaria de labios rojos comerse un Gansito. Delante nuestro pasó una adolescente, le sonrió a Horacio. Le lancé una mirada virulenta mientras entraba sin tocar a la oficina. Enseguida salió la cubana.


En resumen estuvimos sentados dos horas esperando al “lic” hasta que la secretaria de labios rojos nos pidió entrar. La chicuela jugaba en la computadora mientras el Director nos recibía.


Horacio expuso su petición y la adolescente lo observaba abobada.


-Me parece muy bien, joven, pero temo que no tenemos más presupuesto. Ya sabes que le recortaron a la cultura con aquello de las elecciones. Pero déjame tus datos y cuando podamos te llamamos.


-Pero papi- interrumpió la escuincla- es muy interesante lo que pide el joven.


Nos retiramos después de que él dejara sus datos.


Esa misma tarde Horacio me llamó. El Departamento de Cultura programó la exposición en una semana. Convocaron a los medios de comunicación de toda la ciudad e incluso le hicieron una entrevista en la televisión, a la cual lo acompañé. Horacio estaba muy emocionado. Al día siguiente de su exposición yo regresaría a Campeche. Llegamos al evento que fue en la sala de lujo del Departamento de Cultura. A Horacio lo abordaron los medios de comunicación y una que otra señora de la alta sociedad mientras yo bebía el vino del brindis.


La hija del “lic” no paraba de contemplarlo y elogiar su obra. Se vendieron casi todas las esculturas y Horacio era el centro de atención de quienes ahí estaban.


-Yo quiero esa, papi-dijo la chicuela.


-Lo siento- respondió Horacio- “La escritora del sur” no se vende. Ya está comprometida.
Sonreí a Horacio y cuando no se dio cuenta le saqué la lengua a la escuincla caprichosa.

miércoles, 20 de mayo de 2009

¡Que vivan los novios!



El carnaval pasado me vestí de novia para el sábado de bando. Mamá dijo que estaba burlando un sacramento, eso era un insulto. Le respondí que me mirara bien y tomara un par de fotografías, quizá sería la única vez que usaría un ajuar. Rompí las ilusiones de mis demás tías que me veían estupefactas cuando les dije que el matrimonio no era lo mío, el matrimonio mataba al amor y yo quería ser una eterna enamorada.



***


Se veía radiante con su vestido más blanco que el hielo de los polos y la sonrisa de felicidad que jamás le había visto tan claramente. Cuando me pidió que fuera su dama no me pude negar, era mi amiga de años y me conmovió su mirada de niño en Disney. Ahora tenía los anillos (o alianzas) en su estuche dentro de mis manos. ¿Qué pasaría si se perdieran? ¿Improvisar para buscar otros, retrasar la boda? Sería incapaz de sabotear el enlace de ella. Y pensar que pudimos ser cuñadas; y pensar que estuve enamorada de su hermano.



***


-Laura, te quiero presentar a mi hermano. Acaba de llegar de Canadá, le he platicado mucho de ti y sería genial que saliéramos todos juntos, tú con él y yo con mi novio.
El chico más agradable que he conocido, el más atento y mis mejores meses de novia con alguien. Él quería ser ingeniero, yo estudiaba literatura; él resolvía problemas de aritmética a contra reloj, yo analizaba poemas de Góngora y Sor Juana. Era la combinación perfecta, como los ingredientes opuestos en el mole que dan como resultado un manjar.



***


Le tengo respeto y admiración a aquellos que se juran amor para toda la vida, que se soportan en las buenas y en las malas; están juntos aunque por dentro se lleguen a odiar. Pero todo héroe siente miedo y los esposos muchas veces le temen a la soledad. ¿Qué puedo saber yo del matrimonio si nunca me he casado? Es verdad, simplemente opino como espectadora. Comprometerme no es lo mío, podría dar un paso en falso en cualquier momento. Woody Allen dijo que sólo el amor incompleto puede ser romántico. Estoy completamente de acuerdo con él.


***


-Pues yo no pienso casarme nunca- le dije la noche del 31 de diciembre en la cena que hace mi familia- no creo en el matrimonio. Podría ser muy feliz así como hoy, contigo o cualquier novio futuro, sin papeles de por medio.
-¿Y si te dijera que no me dan ganas de regresarme solo a Canadá?- contestó. Mis ojos se abrieron mucho cuando vi que sacaba una cajita negra de terciopelo de la bolsa del saco.



***
En una reunión de compañeras de la prepa mi amiga Grecia fue despellejada por un par de arpías. Grecia llevaba dos años de casada y estaba en trámites de divorcio. Ya no soportaba al inútil de su esposo que aprovechaba cualquier borrachera para llevarse a la primera mujer que se dejara seducir por su auto deportivo y la labia casanova. Grecia pasó de ser la amiga más guapa y divertida a una veinteañera amargada y desarreglada, con una niña en brazos y gemelos en camino. Me hizo jurarle que no me dejaría seducir por palabras de hombre, ella que tanto se preocupa por mí.
***
Cuando avanzábamos con la radiante novia por el pasillo de la iglesia y sonaba un cuarteto de cuerdas tocando la marcha nupcial lo vi, estaba del lado de la familia de ella. No sé si veía a su hermana atento con esos ojos a los que me acostumbré un tiempo o me observaba. Sonrió. Sonreí como estúpida. El padre dio un sermón citando a Corintios. Luego pidió arras, lazo, anillos. Las sortijas de los novios se parecían a una que en un momento alguien colocó en mi dedo anular, fue cuando amanecía un primero de enero.
***
-No te lo quites. Laura, piensa lo que te pido. Yo también estoy joven pero las cosas no tienen por qué cambiar.
-Ya lo pensé.
***
El whisky era bueno. ¿Cuántas copas bebí cuando la novia me obligó a pararme y bailar “la cola” para agarrar el ramo? No tengo idea. ¡El ramo a la una! ¡El ramo a las dos! ¡Ya va, ya va la vencida! Mujeres casaderas, ¡pónganse en sus lugares que esta es la buena! Un elegante bouquet de flores blancas con un lazo rojo cayó en mis manos junto a la ovación general de todos los asistentes y las felicitaciones de las demás hermosas chicas casaderas que se lo disputaron.
Regresé a mi mesa acompañada de otro whisky y el ramo entre manos. Hacía juego con mi fantástico vestido rojo de dama. Desde la pista la novia le guiñaba el ojo a su hermano cuando se acercó a mí para sacarme a bailar. Lo medité un rato antes de responder.




jueves, 5 de marzo de 2009

Amor tóxico


Mes de diciembre. En esta hermosa ciudad de las murallas no hay nieve en época decembrina, vaya, ni siquiera la temperatura baja lo suficiente como para andar bien ataviado con chamarras, bufandas y gorritos pero por las tardes el mar refresca el clima y el viento abraza a los transeúntes. Fue una tarde de mediados de diciembre, hora y cuarto de negociaciones amorosas por teléfono y me tocó perder. No hubo marcha atrás, fue definitivo. Caminé por las calles del centro, con mi chamarrita verde favorita sucia y un par de gruesos lagrimones en las mejillas; veía a la gente, sus vidas pasar delante de mí, a las parejas con risas estúpidas compartiendo esquites y volvían a resbalar los gruesos lagrimones.

Fue una tarde con un par de cigarros, algunas tazas de café, repetir y repetir “Always somewhere” de Scorpions hasta que la computadora llegara a escupir acordes absurdos y cambiaba por “Always” de Bon Jovi. Si me hartaba de una me pasaba a la canción anterior y así hasta que ardieran los oídos. Entonces me dije a mí misma: Cuando el amor falla, nos queda el rock.
Estaba a punto de poner la mejor o más melancólica mezcla de canciones de Armando Manzanero, José José y Luis Miguel pero como aún no anochecía, tomé mi chamarrita verde y salí al centro. Llegué a la dulcería más grande de la ciudad, agarré una canastita de compra y avancé por pasillos. Metía chocolate amargo, confitado, en bolitas, en barra, en cuadritos, relleno, con cacahuates, blanco, con chispas, chocolate sudamericano, de marcas europeas y otro que advertía que la responsabilidad era de quien lo ingiriese. Fue una compra bastante obscena y alentadora. Junto a la cajera había una bota navideña que también fue a dar entre mi arsenal. “Son doscientos ochenta y ocho pesos con cincuenta centavos. Aceptamos vales del gobierno y el ayuntamiento. Ah, también tenemos unos gorritos de Santa que le van a gustar mucho a sus niños” dijo la cajera. “Gracias, es todo. Aquí tiene” respondí. La única niña que comería de aquello tenía veinte años y un corazón bastante roto como para compartir su preciado tesoro, tampoco iba a usar un estúpido gorro con un estúpido gordo vestido de rojo.
Era viernes y estaba sola en casa. Podría comer y llorar a mis anchas pero el cansancio me pegó fuerte y caí dormida en cuanto me acosté en la cama. Tuve pesadillas: la sonrisa maligna de una amorosa pareja a la que había visto esa mañana; mientras más reían y se propinaban besos, más pequeña me volvía ante ellos.
Al día siguiente más café cuando desperté al medio día, mi primera “ensalada” de chocolate acompañando a mi primera película cursi. Devoré todo el plato, sentía el chocolate con más sabor que nunca, así como sentía la estúpida tragedia amorosa de la protagonista adolescente como un drama más profundo que las glorias del teatro clásico griego. Otra vez dos gruesos lagrimones se escurrían por mis mejillas. Para mi fortuna, o desgracia, esa tarde hubo un maratón de “películas para mujeres” o sea, dramas cursis donde la protagonista enfrenta toda clase de adversidades hasta que su gran amor, un patán hermoso, se cansa de humillarla y le hace el favor de decirle que deben estar juntos. La imagen más patética del barrio: yo, sentada ante la tele, con envolturas vacías de chocolates extravagantes, con el par de gruesos lagrimones en las mejillas y al otro lado de la pantalla una pareja rubia dándose besos como los de Pedro Infante. Alguien debió hacer algo por rescatar la poca dignidad que estaba perdiendo en ese momento, pero muy a gusto de hallarme así.
Había visto en programas o leído en revistas que el chocolate contiene más de seiscientas sustancias químicas, entre elementos, vitaminas, grasas y el resto han de ser calorías. Me acordé de las propiedades más importantes de ese elixir cafecito:
Afrodisiaco: la dopamina, norepinefrina y serotonina se mezclaban para enviarle a mi cerebro las órdenes químicas del cuerpo que no desobedecían mi voluntad cuando estaba con el “objeto” amado. Era la cursilería de las mariposas en la panza al verlo aparecer, con la sonrisa pícara y proponer: ¿vamos por chocolates?
Estimulante: la teobromina, teofilina y la querida cafeína alteraban mis sentidos cuando todo dependía de un mensaje al celular para vernos a cualquier hora, separarnos y no esperar al día siguiente para reencontrarnos, con mi sonrisa de estúpida de un extremo a otro de la cara; ojos inyectados de idolatría y el ritmo cardiaco acelerado.
Antidepresivo: Noradrenalina, Dopamina, Serotonina y beta-endorfina no sirvieron de mucho cuando la breve historia se acabó. “Coño, Laura, no vale la pena, bien que sabes que ese cabrón no vale la pena, menos que te quedes aquí chillando cuando todas vamos a salir” regañaba una de mis amigas limpiándome el rímel que bajaba con dos gruesos lagrimones. Y tenía toda la razón, el chocolate no me ayudaba mucho mientras Renée Zellweger besaba a su gran amor.
Bien. Hice lo que me mofaba jamás hacer por alguien: pasar la tarde encerrada con un maratón de películas románticas y haber devorado la compra obscena de chocolates de todo tipo, enfundada en mi pijama favorita y el par de gruesos lagrimones en mis mejillas. La agenda roja a lado mío como verdugo que escupe recuerdos de temporadas pasadas.
Al día siguiente mi madre llegó a casa, lanzó un grito de susto: “Por Dios, Lauri, ¿qué te pasó?” Yo, con la cara vuelta hacia el retrete vomitando casi sin tregua una asquerosa sustancia color café y con una seria intoxicación corporal. “Vamos, hay que llevarte al doctor, no vaya a ser que te pongas peor” ordenó la autora de mis días. Tenía en las mejillas otra vez mis gruesos lagrimones, no sé si de la depresión que aún cargaba o por lo horrible de vomitar. Lo que sí sabía era que le mentaba la madre mentalmente una y otra vez, hasta el cansancio, al responsable de mi ingesta y a cualquier otro imbécil que se me cruzara por la cabeza.

martes, 17 de febrero de 2009

Vanidad... mi pecado favorito


Enciendo la televisión, es un día tedioso de febrero. Las lluvias se confabulan para que la señal sólo me deje ver un par de canales: en uno hacen sanaciones y dan testimonio los creyentes de una religión que no reconozco y en el otro una escultural dama cuarentona promociona un aparato de ejercicio. Opto por el segundo.
Afuera llueve a cántaros y el fresco vespertino me incita a prepararme un chocolate calientito y comerlo con pan dulce mientras veo el infomercial. La dama cuarentona muestra fotografías suyas tres meses antes de usar el aparato milagroso, con una panza de borracho, brazos aguados y piernas celulíticas. Acto seguido, modela un bikini, presumiendo bíceps, tríceps, muslos y cuadritos en el abdomen. Entonces compruebo la firmeza nula de mi abdomen y acaricio los rollos que salen de mi cadera cuando me siento, pero sigo comiendo la dona glaseada. El infomercial dura una hora, lo veo completo y me duermo con una nueva idea en la cabeza.
A las nueve de la mañana siguiente camino de mi casa al otro lado de la colonia, con licra y tenis. La toalla en una mano y la cartera en la otra, dispuesta a invertir lo que me quedaba de la quincena en la inscripción y mensualidad de un gimnasio. Es un negocio exclusivo de damas de la edad de mi madre con músculos definidos, la música disco de fondo y un montón de aparatos de tortura para cada parte del cuerpo. Una gordita simpática me sonríe para luego decir a mis espaldas “esa flaca a qué viene”.
Pago mi cuota, me explican el funcionamiento del gimnasio, los horarios y que nadie se hace responsable de mi estancia ahí. La instructora me mide, pesa y analiza mi cuerpo. Luego me marca la rutina que debo seguir para tonificar los músculos flojos y desaparecer la desagradable panza. Ella está a mi lado diciendo “vamos, una más, eso mero, hasta arriba, contrae tu abdomen”. Es inútil, caigo exhausta después de una decena de abdominales. La instructora no desiste, me lleva a un aparato de tortura que sirve para los muslos y está a mi lado mientras cuenta en regresiva deteniéndose una y otra vez porque no puedo seguir el ejercicio, no soporto la única pesa que lleva el aparato.
Han pasado treinta minutos, tres aparatos mágicos y de tortura con los que he fracasado. Me sorprende el entusiasmo de la instructora animándome a continuar en lugar de echarme del negocio. Decide dejarme un momento para atender al proveedor de bebidas energéticas. A mi costado una dama de cuarenta años llega a las doscientas sentadillas con muchos kilos en pesas a cuestas. Qué deprimente, en mi juventud veinteañera, hacerme la desmayada y fingir un calambre al mismo tiempo para poder irme a casa pero la instructora me da una bebida energética sabor kiwi-fresa y frota mis pantorrillas con un mágico gel anti calambres. Un par de esculturales damas de cuarenta años me socorren y ayudan con paciencia a hacer ejercicio poco a poco para desentumirme y no cansarme.
Entonces ahí está, del otro lado de la sala para aeróbicos: parece una máquina de tortura más, pero este tiene algo especial. Quizás son sus potentes válvulas de aire de alta tecnología o el engomado para no lastimar a quien lo use. Es el mismo que vi en la televisión. Me siento atraída hacia él y me encaramo lo mejor que puedo para hacer las repeticiones como las vi con la escultural dama del infomercial. Qué dolor, hago una y luego otra repetición, según podré ejercitar cada músculo de mi flojo cuerpo. Al llegar a las veinticinco me detengo, palpo mi abdomen y creo sentir la diferencia pero la entrenadora se para a lado mío para decirme “así como las estabas haciendo están mal, te vas a lastimar. Ven a la escaladora, empecemos de poco por tus calambres”.
Uso la escaladora unos cuantos minutos y termino jadeando, en la pantalla del aparto marca que no quemé casi ninguna caloría pero siento que llegará un verdadero calambre del esfuerzo. Falsa alarma. La entrenadora por fin me dice que puedo retirarme, “ven mañana a la misma hora para marcarte la rutina”.
Por la tarde salgo al centro comercial con mis amigas, me pruebo un vestido hermoso y entallado pero el cierre no sube, por más esfuerzo que hago conteniendo la respiración. “Ya déjalo, Laura, lo vas a reventar y está caro. Busca una talla más grande” pero no hay tallas más grandes, este es un mundo de esqueléticas donde la cadera es un pecado en la alta costura. Entonces recuerdo el aparato milagroso de la dama cuarentona, ese infomercial de la vanidad donde me prometen el cuerpo de mis sueños en poco tiempo y recuerdo también mi cuota en el gimnasio. También yo podría quedar escultural.

sábado, 7 de febrero de 2009

Sueño de una noche de abril




-Despiértate. Abre los ojos.
-¿Ya es de día?
-No. Pero quiero ver cómo me ves. Te estuve mirando toda la noche, Laura. No puedo creer todavía que estés aquí.
-¿Por qué? ¿Qué tiene de extraño haber venido? Tenía ganas de verte y viajé. Tan fácil como tomar el ADO. Tenías razón, esta cama es muy cómoda. Me gustan las almohadas.
-No lo creía cuando leí tu mensaje, ya venías en camino. Pero me cayó el veinte cuando te vi en la sala de espera de la terminal leyendo ese libro viejito. Te observé unos minutos antes de acercarme, Laura. Hasta me fijé en cómo respirabas hondo, todavía tienes esa maña cuando lees. ¿Por qué viniste así, nada más?
-Ya ves. Soy impredecible.
-No, Laura, nadie viaja tantas horas sólo para pasar la noche aquí y regresar mañana temprano. Es una locura.
-Estoy loca, entonces.
-Vienes con tu mochilita azul y el vestido rosa como si fueras a dormir a casa de una amiga pero atravesaste el país, Laura, sólo para dormir en esta cama. De verdad que no te entiendo.
-Nunca te pedí que me entendieras.
-¿Te acuerdas, Laura? ¿Te acuerdas que usaste ese vestidito cuando fuimos a comer frente a la iglesia?
-No me acuerdo, pero déjame dormir un poco más porque me regreso mañana temprano. Es todo un día de viaje.

martes, 13 de enero de 2009

¡Bienvenida a la familia!


A menudo, cuando las tardes son tediosas, el internet no sirve y quiero descansar de los libros (esto es difícil, pero me sucede) cuestiono aspectos de mi vida un poco sombríos, uno de ellos son mis relaciones con los hombres: el tormentoso amor.
Quizás la causa de los rotundos fracasos a los que me he enfrentado sea mi atracción por los polos opuestos: “¿cómo te puede gustar ese, Laura? Tú no estás muy bien, ¿verdad?” diría alguna de mis amigas cercanas.
Y menciono esto porque precisamente ayer recordaba una truculenta historia del corazón, mi relación con un sujeto al que llamaré Armando, para no dejarlo en jaque ni alterar su actual vida con esta memoria.
Salimos un par de meses, él estudiaba contaduría y yo ya estaba enlistada en las filas de los literatos de la facultad de humanidades; más bien en los pasillos, leyendo algo que no nos marcaban en las aulas. En fin, una buena tarde Armando me invitó a comer a su casa, la noticia por poco hizo que me atragantara con el té que bebía o quizás fue el frenón en el semáforo de la universidad: “Le he platicado a mi mamá de ti y tiene curiosidad por conocerte, me dijo que te invitara para que almuerces con nosotros”.
No pude negarme, Armando se había portado muy bien conmigo, era educado, me abría la puerta del coche y de cualquier lugar, soportaba mis pláticas aburridas y obstinadas y casi me sentía en deuda con él. Vaya caprichos los de mi juventud.
Había llegado la hora de la verdad, de un sábado al medio día. Armando estaba a media hora de pasar por mí y en el cuarto estaban mi hermana y una amiga. Ataviada con el atuendo aprobado por ambas fashionistas, ellas no paraban de manifestarme su emoción: “Qué padre, Laura, ya te invitó a conocer a los suegros –Decía mi amiga- Ven te peino, que no se te salga esa rasta, no vaya a pensar tu suegra que eres una pandrosa y quedes mal”. Ellas estaban más emocionadas que yo, llamando a los padres de Armando como mi suegro y mi suegra.
El apuesto joven llegó puntual, como de costumbre. “Sé natural, Laura, como siempre. Ya verás que les vas a caer bien”. Mientras Armando hablaba de lo que posiblemente pudiera suceder, yo tenía deseos de bajarme del coche llegando al semáforo de la avenida Central.
La señora salió a recibirme, un par de besos y la exclamación de que me veía muy linda, qué bonito vestido. Entonces, la pregunta obligada:
-¿Y qué estudias, Laurita?
-Literatura, señora, voy en el mismo grado que su hijo pero en diferente facultad- respondí, viendo cómo levantaba las cejas y asentía.
-Bueno, no a todo el mundo se le dan las carreras de verdad, seguro es una ocupación interesante y tendrás mucho para platicar por las tardes con tus amigos que estudian lo mismo. En nuestra familia tenemos la tradición de ser contadores, y mira, hijita, que de eso se vive muy bien.
Armando se sintió incomodado con tal aseveración de su madre al tratar de ser cortés o con la intensión de hacerme ver lo fortuito de mi carrera.
-Laura toca violín, mamá- dijo él para querer sacar a relucir algo bueno de mi persona.
-Ah, mira qué lindo. Las niñas se ven bien monas tocando en misa, a veces yo canto con el coro. Ojalá un día de estos puedas acompañarnos.
-Sí señora, sería muy interesante.- respondí- y otro de mis sueños es tocar batería o pandereta en un grupo de rock para viajar por todo el mundo, viviendo de lo que ganemos en una gira.
La mujer se levantó, pretextando ir a ver si ya estaba lista la comida para disimular el malestar que le causó mi respuesta. Mientras, me disculpé con Armando, me dijo que no sucedía nada. En la mesa opté por quedarme callada y sonreír ante todo lo que me decía la señora, el hombre de la casa estaba por llegar. Cuando por fin apareció, el padre de Armando traía consigo a su hija menor, Estela, junto a su esposo. La joven pareja tenía menos de veinte años.
-Papá, ella es Laura- presentó el jovenzuelo guapo- Estudia literatura.
Esa información era obligada. ¿Qué había en el ambiente de la familia para atacar a los humanistas?
-Bueno, dicen que hay de todo en el rebaño del señor.
Carajo, tenía ganas de salir corriendo de esa casa, no sin antes robarme una obscena cantidad de deliciosos bocadillos, soltarme la rasta y coger del librero una de las veintitantas biblias en ediciones extravagantes que ostentaban las repisas.
-¿Y cómo qué lees, Laura?- preguntó el cuñado de Armando, para luego arrebatarme la palabra- A mí me gustan los libros de superación, ya sabes, esos que hacen a la gente triunfadora porque lo que México necesita es gente que sepa mover masas y se desenvuelva en el trabajo. Tú entiendes, el poder de la palabra y la labia para ser el mejor.
Mis “suegros” y Estela lo miraban embelesados mientras yo lo escuchaba vanagloriarse, ansiosa de responder cualquier cosa pero siempre interrumpida por anécdotas de triunfo. El chango que tengo dentro de la cabeza se preguntaba cómo alguien de veinte años puede sentirse el hombre más chingón del mundo si embarazó a su primera novia, trabaja de arrimado con la familia, no ha terminado de estudiar, cree que los libros de superación personal le resolverán todo en un santiamén y tiene la esposa más estúpida de la ciudad. En fin, como dijo el padre de Armando, hay de todo en el rebaño del señor.
-Laura- interrumpió el padre- ¿en qué trabajarás cuando termines la carrera? Porque no se solicitan muchos literatos últimamente y las cosas se ponen cada vez peor.
-Ella escribe, papá- salió a mi defensa el gallardo caballero- si le va como esperamos, en un par de años podrían publicarle algo y ofrecerle trabajo.
La respuesta no le gustó a ninguno de los presentes. Fue una bendición empezar a comer el pescado relleno de mariscos, ya faltaba menos para irme de esa jaula con decorado de refinado gusto. Entonces un momento crítico.
-¿Ya leíste a Carlos Cuauhtémoc? –preguntó Estela.
-Sí- dije- aunque me dé vergüenza lo leí en la secundaria, lo peor es que me gustó. Con los años me di cuenta de la gran basura que nos quería meter en la cabeza aunque hay gente a la que le encanta. Por lo regular terminan con vidas que dan lástima…
Armando se atragantó, no sé si con una espina de pescado, coraje o risa. Su bello rostro deformado por las muecas me impedía adivinar. Bebió agua y se calmó.
-Mi hija se llama Sheccid por él. Me gustan sus libros.
Carajo, volví a regarla. Tres bocados más de pescado y Estela se levantó de la mesa, con un “buenas tarde” salió de la casa, seguida por el telele del marido chingón. A lo lejos escuché el ruido del coche y el quemón de una llanta. Los minutos restantes fueron de silencio.
-Mamá, tengo que ir a dejar a Laura y luego voy a la oficina- dijo mi apuesto galán- Danos el postre para llevar.
-Adiós señora, adiós señor. En verdad fue todo un placer- me despedí como una vil aduladora, poniendo mi mejor cara. No hubo más respuesta que un desechable con postre que olía delicioso.
Otra vez por la Avenida Central, el único sonido entre Armando y yo es el de Zoé en el estéreo. Me dejó en mi casa, beso en la mejilla y “te marco al rato o mañana”. No marcó ni al rato ni mañana, ni después.
A los dos días estaba con mi hermana y mi amiga en una cafetería. Ellas comían los pasteles más ricos de la ciudad y yo bebía café.
-Ya, Laura, a lo mejor ni era tan perfecto- consolaba mi entusiasta carnala- tú no te deprimas, mejor prueba este pastel de queso.
-Segurito te vieron esa mugrosa rasta, wey- sentenció mi amiga- todo por la pinche rasta. Vamos a pedirte un pastelito para que no te pongas triste.
Pero yo no estaba nada triste, leía el mensaje recién llegado para salir con Paquito De la Fuente, estudiante guapo de mercadotecnia, con una familia de mercadólogos y una madre en el grupo de las Damas de la Sagrada Concepción.