domingo, 3 de mayo de 2009

Psicosis mexicana


A Eduardo, gracias por todo...


No soporto los hospitales. El peculiar olor a desinfectante me produce asco, mareos y delirios, aunado al amargo que desprenden las medicinas. No es que yo posea el mejor olfato del mundo y pueda distinguir cada una de las sustancias que flota en el aire pero sí lo suficiente como para identificar aquellas que detesto. Varias veces he sido víctima de miradas reprobatorias por parte de mi familia cuando no visitaba a equis pariente que estaba internado; me tacharon de ingrata y desapegada a los valores familiares sin derecho de réplica. Pero no me gustan los hospitales, es todo.


Hoy tengo que aguantarme. Esta epidemia tiene al país de cabeza, se dio la alarma en los noticieros hace un par de meses, creo que fue en abril, cuando el presidente de la república dijo que el departamento de salud manejaría a la perfección el asunto con brigadas de vacunas pero el virus no cedió. Esta mañana escuché en el radio de mi celular un reporte: veintidós mil quinientos mexicanos han muerto por la enfermedad y casi medio millón están hospitalizados, el departamento de salud no sabe qué hacer con tantos contagiados. Los programas de chismes no paran de sorprender a sus televidentes anunciando la muerte de los famosos y protagonistas de telenovelas.


En el aeropuerto donde trabaja mi hermano todo es caos, los vuelos internacionales están vetados pero hay muchos turistas esperando que abran sólo uno para huir lo antes posible del país. Eso sí, sólo a los extranjeros, los mexicanos no tienen por qué abandonar territorio azteca ya ni por prescripciones médicas, se ha dicho que lo que deba suceder por salud sucederá aquí. En las salas de espera duermen en el suelo contrario a las órdenes de las brigadas por convertir el aeropuerto en otro foco de infección.


Lo que me tiene de mal humor es mi boleto, cada vez que pienso en él no puedo evitar bufar de coraje. Pasaron años para que la banda de heavy metal más importante de la década, qué digo de la década, de la historia, decidiera dar un concierto espectacular y nos invade la epidemia. Con toda la razón que poseen cancelaron, ya no habrá fechas y dudo que lo repongan. Tengo sus discos, me sé sus canciones, he seguido su trayectoria y fueron el icono de mi rebeldía durante tanto tiempo; mi boleto era de la sección A, hasta adelante para tener a mis ídolos lo más cerca posible. El concierto se quedó en el limbo de lo inanimado, lo intangible.


Lloré, por supuesto que lloré, me encerré en mi habitación y puse a todo volumen un disco de ellos mientras en televisión repetían una y otra vez las declaraciones del manager porque ellos no se debían arriesgar de esa manera y le mandaban un saludo a los mexicanos, deseando que se curara la epidemia. Pero ese concierto era todo en mi mente desde que hace meses confirmaron su visita. Todo estaba saliendo de control y el boleto seguía en su sobre manila, el mismo en que llegó, el hermoso papel que me servía para contemplar y llorar.


Hace dos días vi lo que nunca, un vehículo del departamento de salud paseaba por las calles y el zócalo rociando una sustancia al por mayor, como en las ciudades tropicales cuando es época de fumigación. El aire no olía a guayaba como en otro tiempo para matar mosquitos, era más bien un olor ácido nada parecido a los cítricos, no podría describirlo. Junto a una estatua bailoteaban dos hippies mientras rociaba el vehículo, cantaban y decían que querían recibir todo el elixir salvador para vivir tan felices como siempre. Quizá estaban drogados, no lo sé, pero eso explicaría que no tuvieran sus respectivos cubre bocas y guantes de látex como yo. A las nueve de la noche el presidente de la república dio un comunicado, su secretario del departamento de salud acababa de fallecer. La sangre se me heló un segundo, no por el funcionario muerto sino por el mensaje de texto que llegó en ese momento: también había fallecido mi amiga de toda la vida, Isela.


Creo que Isela era mi única amiga verdadera y sinceramente no recuerdo que alguna vez en su vida se haya enfermado, tenía la salud de hierro que las hipocondriacas o anoréxicas compañeras le envidiaban. Su mamá me dijo que no tendría un servicio funerario como hubiese deseado, por órdenes médicas el cuerpo debía ser cremado cuanto antes, tampoco valía la pena que me apresurara a alcanzarlos al hospital –en contra de mi gusto por ese lugar- porque ni a ella le permitieron estar con el cadáver de su hija. Cómo odié los caprichos de la vida – ¿o de la muerte?- e Isela no estaría conmigo para decirme que dejara de hacer coraje.


Volví a llorar, ya no supe si lloraba por el boleto del concierto, por el novio que no había visto en semanas o la mala suerte que corrió mi amiga. Antes de la epidemia había pasado muchos años sin llorar, no tenía algo que valiera mis lágrimas. El metro estaba cerrado, cómo diablos iba a cruzar la ciudad para llegar a la sala funeraria donde reposarían los restos un par de horas. No quise saber nada del mundo y reté mi salud quitándome el cubre bocas y los guantes para fumar un cigarro sentada en la banqueta de mi calle. A la tercera bocanada de humo llegaron dos policías a llamarme la atención y escoltarme hasta la casa.


Estornudé una, estornudé dos veces y no había nadie en casa. Volví a estornudar, tenía la nariz roja e inflamada, me dolía la cabeza y estaba mareada. Me recosté en la cama y puse música por todo lo alto, canté muy fuerte y abracé mi boleto; creo que volví a llorar pero no paraba de estornudar. No tenía idea de la hora, qué extraño que en la madrugada mi familia no estuviera en casa si la puerta se cerraba a las doce y yo siempre era la última en llegar pero me dolía mucho la cabeza como para pensar en llamarles por teléfono. Qué egoísta y desapegada me estaba volviendo. Quise caminar al cuarto de mamá, a lo mejor llegaron mientras tenía la música a todo volumen pero las piernas no me respondían como hubiera querido, temblaban y era imposible caminar. La visión se me nubló y en un segundo caí desmayada.


-Señorita, señorita, ¿está usted bien?- dijo un hombre, poco a poco su imagen cuadraba ante mis ojos.


-¿Qué pasó, dónde estoy?¿Quién es usted, y usted?


-Tranquila, señorita, se acaba de desmayar. Estuvo inconsciente como un minuto, de repente se desvaneció y las enfermeras la acomodaron aquí en la camilla. Soy el doctor Muñoz, está en el Seguro, llevaba un rato en la sala de espera.


-Doctor, por favor, deme consulta, estornudé y tengo miedo, por favor quiero que me vacune. ¿Qué día es hoy? ¿Verdad que abril aún?


-Señorita, no pasa nada. Si gusta le daré vitaminas pero las vacunas se las estamos administrando a las personas vulnerables, usted se desmayó porque son las doce del día y anda en ayunas, eso dice su hermana, fue a llamar por teléfono. Si se siente más tranquila le daré la consulta. Y sí, aún no termina abril. Ahora pase al consultorio, vamos a atenderla.


El olor de los hospitales sigue siendo insoportable ante mi nariz y estómago, todavía lo tengo presente en el mareo. Llegando a casa la vi parada en la puerta, Isela estaba furiosa.


-Siempre tarde, Laura. Llevo un rato esperando que aparezcas y ni contestas el celular. Vamos a apurarnos porque muero de hambre.

sábado, 25 de abril de 2009

Cazafantasmas


Una maestra de la secundaria siempre nos decía que íbamos al cine a ver las películas sangrientas por el morbo que nos produce la muerte, si es trágica mucho mejor. Comparto su opinión. Lo mismo pasa cuando la gente se arremolina alrededor de un atropellado, asustándose por la sangre si sabían de antemano que estaría apachurrado. Lo de la impresión de mirar brazos y sesos fuera de lugar lo comprendo pero que observen el cadáver a través de sus dedos separados fingiendo taparse la vista me parece ridículo.

-Sí, maestra, si se mueren así tipo Freddy Krueger sus espíritus se quedan en la casa para buscar venganza- había respondido Daniel, un compañero de la secundaria obsesionado por los thrillers sangrientos. Saw terminó de traumarlo.


***


Mi amiga Cristal llegó a Campeche a un encuentro de poetas organizado por el Departamento de Cultura Alternativa. Cristal es muy bella, viene de Aguascalientes y mis amigos buscan impresionarla pero no pueden hablarle lo suficiente de poesía por la pena de errar entre poemas y autores.


-Mira, Cristal, aquí se aparece La llorona- indicó Paco- dice un primo que una vez la escuchó quejándose por sus hijos, no la vio porque se asustó mucho pero su lamento taladraba los oídos.


-Ah sí, en Guadalajara y el DF me dijeron lo mismo. Pobre Llorona, tiene que cruzar el país para espantar chavos o ¿tendrá primas que le ayudan a trabajar?


Mis amigos opinan que lo que tiene de bonita lo tiene de chocante y me río por cómo toman su fracaso. Pero ya dieron el primer paso, pueden seguir adelante.


-Entonces te enseñaremos algo paranormal y verás que sí te asustas- propuso Toño- esto es exclusivo de Campeche.


Subimos cuatro estudiantes de letras en su Pontiac último modelo por una avenida bastante transitada de noche que lleva a un mirador. Desde ahí se observa gran parte de la ciudad y las luces del malecón; es el punto de visita obligado para llevar turistas o novias en turno. Mis amigos afirman que las mujeres se ponen tiernas si ven la panorámica desde el asiento trasero o voltean el rostro para mirar el baluarte. Estando en aquel ambiente más romántico que tétrico era cosa de esperar el suceso paranormal.


-¿Ves esa curvita, Cristal? – pregunta Toño- pues ahí se aparece un fantasma, le dicen el Niño wixón porque se bajó a orinar y lo atropellaron. Varias personas lo han visto, es como una sombra blanca.


-Una sombra blanca- responde la poeta- eso sería interesante. En Pachuca tengo familia, viven cerca de una escuela donde también espanta un niño, le dicen El Meón y se murió por lo mismo que este fantasmita. Hay Gasparines por todos lados. Qué curioso, la incontinencia no respeta y por eso abundan los atropellados. ¿Te imaginas, bajarse a orinar y que te atropellen? Yo soy despistada y no me daría cuenta de haber muerto cumpliendo con las necesidades humanas.


Río entre dientes con las respuestas de mi amiga que se consuela por el fracaso de la noche fumando sus cigarros cubanos uno tras otro. Toño y Paco me lanzan miradas furiosas como si fuese mi culpa el poco talento conquistador de ambos. La plática entonces gira en torno a asesinatos, pareciera que le dieron cuerda a mis amigos porque era el tema que dominaban mejor: suicidas en escuelas primarias, cementerios mayas en los patios de sus conocidos, múltiples Lloronas y mujeres fantasmas recogidas por taxistas a las doce en punto de la noche.


Cristal parecía divertida, les seguía la corriente mientras fumaba como chacuaco.


A las tres de la mañana Paco tomó la iniciativa de la aventura:


-Vayamos a la casa de Concordia. A ver si te espantas, Cristal.


La susodicha casa llevaba consigo la historia de un asesinato con destripamiento y mucha sangre que se quedó en las paredes algunos años. Varias familias la rentaron y no tardaron más de un par de meses –según las leyendas urbanas- porque los espíritus chocarreros que la habitaban eran celosos de su espacio.


-Lo de la sangre es cierto-contó Toño a la poeta- la comadre de mi mamá vio una vez las paredes.


-¿Y vive alguien ahí ahora?


-No, sé que está vacía. La última persona que vivió ahí terminó loca por culpa del fantasma de un hombre. Vamos a meternos al patio por esta rejita y daremos justo en la ventana del cuarto, ahí fue el destripamiento.



***


-Laura ¿cómo sigue Cristal?¿Has hablado con ella?- pregunta una compañera del salón.


-Mejor, le pusieron tres puntos en la cabeza pero ya está bien. Menos mal su mamá no se enteró, estaba fuera de Aguascalientes cuando ella llegó.


-Pobrecita, nada más a ella le tocó. Bueno, te dejo, Paco me dijo que veríamos el maratón de Pesadilla en la Calle del Infierno en su casa saliendo de clases.


***


-Escucho ruidos, creo que hay alguien- susurró Cristal.


-Aquí no vive nadie, estoy seguro. A ver, deja me asomo. No, no hay nadie pero no hagamos ruido, nada más vemos al fantasma o algo paranormal y nos vamos, se los prometo. Laura, Toño, sigan vigilando que no venga el portero o nos lleva la patrulla.


-Te dije que hay alguien, Paco, alguien se queja y otro se ríe pero no puedo ver bien. Paco, Paco, viene alguien, Paco, creo que veo a una mujer ¡y está desnuda! ¡Paco, ya me vieeeron!


-¡Desgraciados ladrones! ¡Joséeee, Joséeee, nos espían unos ladrones, trae un arma o algo, me vieron sin ropa! ¡Ahorita van a ver!


-Toño, Lau, arranquen el carro y vámonos. ¡Levántate Cristal, levántate y corre que viene el hombre!


-¡Aaay! ¡Paco, me alcanzó una botella de cerveza, ayúdame que estoy sangrando! ¡Paco, Paco, tengo miedo, ya vieeeenen!

lunes, 13 de abril de 2009

Ensayo sobre la espera


Mi familia critica que tengo la mala costumbre de aplazar todos los trámites. Yo no los contradigo. Hoy fue el último día de inscripciones en la universidad. Me pareció que las siete y media de la mañana era la hora perfecta para hacer mi pago, sería la primera y sólo esperaría un rato antes de que la sucursal empezara a atender. Insólitamente hoy la mañana era fresca y eso me puso de buenas, caminé al banco casi sonriendo por el favor del clima.
Llegué y en la puerta ya aguardaban seis personas: un señor de gorra, un muchacho, una chica con su celular, un señor de lentes, un anciano y una chica de uniforme. Con la mirada el señor de gorra me indicó cuál era mi lugar en el arriate donde todos estaban sentados.
Abrían a las nueve, no a las ocho. Maldije internamente. Empezó a llover y tuvimos que juntarnos un poco más para protegernos bajo techo y evitar quedar empapados, la chica del celular puso una canción duranguense y le subió el volumen al aparatito. Sentí cómo me abandonaba el buen humor. Volví a maldecir.
-¿Qué trámites van a hacer? – preguntó el señor de lentes para romper el hielo- yo vengo a depositarle a mi hija.
El muchacho, la chica del celular, la del uniforme y yo íbamos a pagar la cuota de inscripción para la prepa y universidad. El señor de gorra fue a cobrar su cheque. Empezaba a sonar una canción de Juan Gabriel destrozada por el terrible duranguense cuando una camioneta se estacionó delante de nosotros, de ella bajó un hombre que fue a sentarse a lado mío; dio los buenos días y sacó su periódico para consultar el Melate. El hombre llevaba Rolex.
-¿No cayó nada?- preguntó el señor de gorra.
-Nada- dijo el del Rolex- hay que seguir jugando a ver si cae la bolita.
Sorpresivamente el muchacho dejó su primer puesto en la fila y se acomodó antes de mí, junto a la chica del uniforme. La chica del celular hizo una mueca y dejó de torturar mis oídos cambiando el duranguense con algo de pop. Escuché cómo la chica del uniforme le decía su nombre, edad y daba una carta de presentación de su vida. El chico sonreía embelesado.
-A hacer pagos- dijo el hombre del Rolex- como fue quincena y luego puente, no pude depositar antes.
-Sí, hombre- interrumpió el señor de lentes- a mí sólo me dio chance de cobrar la pensión.
Doblando la esquina apareció con paraguas una mujer madura parecida a Sofía Loren. El hombre del Rolex amablemente le extendió unas páginas del periódico para no posar su traje sastre gris en el mugroso arriate. Ella iba a pagar la colegiatura de su hijo. Después de dos canciones de Belinda la lluvia cedió un poco y el muchacho salió corriendo para cruzar la calle; lo perdí de vista en el vaivén de vehículos. Sofía Loren se quejaba del marido que se endeudó con el banco por unas apuestas, parecía conocer de años al hombre del Rolex.
-Lo peor es la vergüenza de deberle al banco- decía Loren entre molesta, triste e histriónica- No me molesta trabajar pero mi esposo es un desvergonzado y ahora doy la cara por él.
-Con todo respeto, señora- interrumpió el señor de lentes- qué necesidad de pasar por eso. Usted aún es fuerte y de buen ver para soportar humillaciones.
Sofía Loren agradeció las palabras y reprimió un par de lágrimas. La escena se tornaba divertida para mí como espectadora. Del otro lado de la calle llegaba el muchacho con una bolsa de plástico, sacó un sandwich y un té para la chica de uniforme, que le sonrió cual tierna adolescente. La chica del celular volvió a hacer muecas de celos y se desquitó poniendo más duranguense.
Mientras me entretenía con pláticas ajenas, al arriate llegaron más personas para ocultarse de las escasas gotas y hacer sentados la fila de rigor.
-Los demás bancos están peor que este- dijo el muchacho- di la vuelta por dos sucursales más y hay unas filas larguísimas.
-Entonces somos unos privilegiados- respondió el anciano.
Faltaba media hora para que los ejecutivos nos dieran la bienvenida a la sucursal; la mañana era más llevadera escuchando las quejas de todos y cada uno de ellos, desconocidos para mí. Nadie estaba ahí por gusto, pero pude reflexionar que era un modo de supervivencia al que me gustaría denominar “la epidemia de los trámites bancarios”. Fui la única que estaba en silencio (la chica del celular tampoco hablaba con los demás pero canturreaba y berreaba cada una de sus canciones) y escuché con atención que entre desconocidos se iban tejiendo lazos de una amistad que duraría hasta que el dependiente de ventanilla los atendiera.
La chica del uniforme platicaba animada con Loren, el hombre del Rolex leía el horóscopo de Virgo para una mujer con chalina, el señor de lentes y el anciano apostaban con un trovador recién llegado por el resultado final del clásico de fut bol.
-Oigan- gritó una mujer en pants- vamos a formar bien la fila, parece que van a abrir.
Había una cantidad impresionante de personas que no distinguí antes desde mi lugar. Cuando nos formamos la fila daba vuelta a la esquina. Faltaban cinco minutos para las nueve de la mañana y un joven trajeado abrió la puerta de la sucursal.
-Buenos días- saludó- Ya pueden ingresar al banco pero hay un inconveniente, quienes vengan a hacer pagos de la universidad tendrán que esperar hasta las doce del día, hay un problema en el sistema. Disculpen las molestias.
La queja fue general, los que iban por otros trámites se solidarizaron con nosotros desquitándose en maldecir al sistema. La fila estaba llena de estudiantes estallando en mentadas. Respiré hondo y di la vuelta pero antes noté cómo se dividían en las ventanillas mis compañeros de esa mañana: el señor de lentes, el hombre del Rolex, el anciano, el señor de gorra, Sofía Loren y los demás.
Eran las nueve, me daba tiempo de llegar al gimnasio para la clase de baile. A mi lado en el urbano se sentaron juntos la chica de uniforme y el muchacho, con la sonrisa pintada en ambas caras.

lunes, 6 de abril de 2009

Arrepiéntete de tus pecados


Cuando era pequeña iba todos los sábados a la doctrina, seguí yendo hasta después de hacer la primera comunión; a los ocho años ayudaba a las catequistas a instruir niños para ingresar al rebaño del Señor. La casa de las monjas era como un rancho de artista a la orilla de una de las playas más famosas de la costa veracruzana, los jardines idílicos de cualquier niño inocente.
Recibía la hostia en la misa con una fe intachable, recogía la limosna con vestido dominguero y rezaba el rosario casi todos los días; por las noches leía la biblia antes de dormir.
Ahora mis creencias han cambiado mucho a causa de la rebeldía camaleónica que transformó mi vida. Sigo yendo a misa cuando me contratan para tocar violín aunque mi familia dice que por interés eso no cuenta pero me defiendo argumentando que tengo un modo particular de seguir mi fe.
-Ya perdiste en cielo, Lauri- dijo mi tía Rosaura- quizás no te vayas al infierno porque no eres mala, pero seguro te quedas en el purgatorio. Mejor arrepiéntete de tus pecados.
Reí de mi tía a sus espaldas pero comprendí que metiéndome miedo sobre el destino de mi alma intentaba guiarme por el buen camino de la religiosidad que abandoné hace algunos años.
De niña el cielo, el infierno y el purgatorio producían en mí todo tipo de emociones cuando las monjas los mencionaban con sus castas bocas. Llegué a casa con los ojos inyectados de emoción cuando una de ellas dijo que Jesús me recibiría con los brazos abiertos por ser una niña tan buena y rezar así de bien el rosario.
Hoy puedo hacer mi clasificación de las tres celdas del alma de acuerdo a cómo los imaginaba de pequeña y cómo me los figuro ahora.
El cielo: a los seis años era el rancho de las monjas en época de calor para correr por la orilla de la playa cazando cangrejitos. Habría una capilla especial donde podría rezar por las noches y cuartos muy grandes para mí, las religiosas que fabricaban dulces y toda la familia; tendría una vasta colección de rompecabezas de todas las ciudades del mundo y una televisión gigante para ver las películas de Disney que habían salido hasta ese momento. Década y media después mi cielo es una cabaña cerca del mar para compartir con quien yo quiera, una privilegiada colección de vinos, cocina italiana infinita y la biblioteca más grande que pueda imaginar.
El purgatorio: no es una idealización de lo hermoso, sino la resignación de aquello que me sucede (o sucedió) sin poder hacer más que aguantarme. Cuando estudiaba en primero de primaria me sacaron incontables veces del salón por perjudicar a mis compañeros. Algunos no sabían leer, yo ya y los distraía al terminar la lección de mi libro de texto antes que el resto. La eterna espera para regresar al salón la pasaba a lado de las tablas de multiplicar; de ahí mi aberración por los números. Ahora el purgatorio significa los trámites de cualquier tipo: banco, escuela, trabajo, filas interminables a las que difícilmente llegará algún dependiente a redimir horas de espera resignada.
El infierno: en 1992 vi por primera vez el video musical más terrorífico hasta ese momento para mí. Fue el mismo año en que nació mi hermanito, pensé que si sus ojitos de bebé lo veían y captaban el terror, querría meterse de nuevo a la barriga de mamá. “¿Te imaginas, Lau? Así debe ser el infierno, igualito” dijo mi hermana Nicté, que casi tiene la misma edad que yo. No pude dormir varias noches, veía en mi mente las filas de hombres andando lúgubres y cabizbajos en lo que parecía una fábrica. Una vez soñé que le mentía a mamá y Dios me castigaba formando parte de esas filas mientras Ana Torroja cantaba que el siete de septiembre era su aniversario.
Aún veo el video y me causa cierto miedo vergonzoso. Hoy simplifico el infierno en aquello que odio pero por no arrepentirme a tiempo de mis pecados tendré que sufrir en vida gracias a mi mala suerte: los camiones urbanos en época de calor. Detesto el calor con todas mis fuerzas y vivo en uno de los estados más calurosos del país, donde debo tomar dos urbanos para llegar a clases a las tres de la tarde. Sólo me queda vivir odiando mi averno con una que otra maldición resignada mientras no hay un auto que pronto y gustoso me ahorre sufrir el calor infernal.

jueves, 5 de marzo de 2009

Amor tóxico


Mes de diciembre. En esta hermosa ciudad de las murallas no hay nieve en época decembrina, vaya, ni siquiera la temperatura baja lo suficiente como para andar bien ataviado con chamarras, bufandas y gorritos pero por las tardes el mar refresca el clima y el viento abraza a los transeúntes. Fue una tarde de mediados de diciembre, hora y cuarto de negociaciones amorosas por teléfono y me tocó perder. No hubo marcha atrás, fue definitivo. Caminé por las calles del centro, con mi chamarrita verde favorita sucia y un par de gruesos lagrimones en las mejillas; veía a la gente, sus vidas pasar delante de mí, a las parejas con risas estúpidas compartiendo esquites y volvían a resbalar los gruesos lagrimones.

Fue una tarde con un par de cigarros, algunas tazas de café, repetir y repetir “Always somewhere” de Scorpions hasta que la computadora llegara a escupir acordes absurdos y cambiaba por “Always” de Bon Jovi. Si me hartaba de una me pasaba a la canción anterior y así hasta que ardieran los oídos. Entonces me dije a mí misma: Cuando el amor falla, nos queda el rock.
Estaba a punto de poner la mejor o más melancólica mezcla de canciones de Armando Manzanero, José José y Luis Miguel pero como aún no anochecía, tomé mi chamarrita verde y salí al centro. Llegué a la dulcería más grande de la ciudad, agarré una canastita de compra y avancé por pasillos. Metía chocolate amargo, confitado, en bolitas, en barra, en cuadritos, relleno, con cacahuates, blanco, con chispas, chocolate sudamericano, de marcas europeas y otro que advertía que la responsabilidad era de quien lo ingiriese. Fue una compra bastante obscena y alentadora. Junto a la cajera había una bota navideña que también fue a dar entre mi arsenal. “Son doscientos ochenta y ocho pesos con cincuenta centavos. Aceptamos vales del gobierno y el ayuntamiento. Ah, también tenemos unos gorritos de Santa que le van a gustar mucho a sus niños” dijo la cajera. “Gracias, es todo. Aquí tiene” respondí. La única niña que comería de aquello tenía veinte años y un corazón bastante roto como para compartir su preciado tesoro, tampoco iba a usar un estúpido gorro con un estúpido gordo vestido de rojo.
Era viernes y estaba sola en casa. Podría comer y llorar a mis anchas pero el cansancio me pegó fuerte y caí dormida en cuanto me acosté en la cama. Tuve pesadillas: la sonrisa maligna de una amorosa pareja a la que había visto esa mañana; mientras más reían y se propinaban besos, más pequeña me volvía ante ellos.
Al día siguiente más café cuando desperté al medio día, mi primera “ensalada” de chocolate acompañando a mi primera película cursi. Devoré todo el plato, sentía el chocolate con más sabor que nunca, así como sentía la estúpida tragedia amorosa de la protagonista adolescente como un drama más profundo que las glorias del teatro clásico griego. Otra vez dos gruesos lagrimones se escurrían por mis mejillas. Para mi fortuna, o desgracia, esa tarde hubo un maratón de “películas para mujeres” o sea, dramas cursis donde la protagonista enfrenta toda clase de adversidades hasta que su gran amor, un patán hermoso, se cansa de humillarla y le hace el favor de decirle que deben estar juntos. La imagen más patética del barrio: yo, sentada ante la tele, con envolturas vacías de chocolates extravagantes, con el par de gruesos lagrimones en las mejillas y al otro lado de la pantalla una pareja rubia dándose besos como los de Pedro Infante. Alguien debió hacer algo por rescatar la poca dignidad que estaba perdiendo en ese momento, pero muy a gusto de hallarme así.
Había visto en programas o leído en revistas que el chocolate contiene más de seiscientas sustancias químicas, entre elementos, vitaminas, grasas y el resto han de ser calorías. Me acordé de las propiedades más importantes de ese elixir cafecito:
Afrodisiaco: la dopamina, norepinefrina y serotonina se mezclaban para enviarle a mi cerebro las órdenes químicas del cuerpo que no desobedecían mi voluntad cuando estaba con el “objeto” amado. Era la cursilería de las mariposas en la panza al verlo aparecer, con la sonrisa pícara y proponer: ¿vamos por chocolates?
Estimulante: la teobromina, teofilina y la querida cafeína alteraban mis sentidos cuando todo dependía de un mensaje al celular para vernos a cualquier hora, separarnos y no esperar al día siguiente para reencontrarnos, con mi sonrisa de estúpida de un extremo a otro de la cara; ojos inyectados de idolatría y el ritmo cardiaco acelerado.
Antidepresivo: Noradrenalina, Dopamina, Serotonina y beta-endorfina no sirvieron de mucho cuando la breve historia se acabó. “Coño, Laura, no vale la pena, bien que sabes que ese cabrón no vale la pena, menos que te quedes aquí chillando cuando todas vamos a salir” regañaba una de mis amigas limpiándome el rímel que bajaba con dos gruesos lagrimones. Y tenía toda la razón, el chocolate no me ayudaba mucho mientras Renée Zellweger besaba a su gran amor.
Bien. Hice lo que me mofaba jamás hacer por alguien: pasar la tarde encerrada con un maratón de películas románticas y haber devorado la compra obscena de chocolates de todo tipo, enfundada en mi pijama favorita y el par de gruesos lagrimones en mis mejillas. La agenda roja a lado mío como verdugo que escupe recuerdos de temporadas pasadas.
Al día siguiente mi madre llegó a casa, lanzó un grito de susto: “Por Dios, Lauri, ¿qué te pasó?” Yo, con la cara vuelta hacia el retrete vomitando casi sin tregua una asquerosa sustancia color café y con una seria intoxicación corporal. “Vamos, hay que llevarte al doctor, no vaya a ser que te pongas peor” ordenó la autora de mis días. Tenía en las mejillas otra vez mis gruesos lagrimones, no sé si de la depresión que aún cargaba o por lo horrible de vomitar. Lo que sí sabía era que le mentaba la madre mentalmente una y otra vez, hasta el cansancio, al responsable de mi ingesta y a cualquier otro imbécil que se me cruzara por la cabeza.

martes, 17 de febrero de 2009

Vanidad... mi pecado favorito


Enciendo la televisión, es un día tedioso de febrero. Las lluvias se confabulan para que la señal sólo me deje ver un par de canales: en uno hacen sanaciones y dan testimonio los creyentes de una religión que no reconozco y en el otro una escultural dama cuarentona promociona un aparato de ejercicio. Opto por el segundo.
Afuera llueve a cántaros y el fresco vespertino me incita a prepararme un chocolate calientito y comerlo con pan dulce mientras veo el infomercial. La dama cuarentona muestra fotografías suyas tres meses antes de usar el aparato milagroso, con una panza de borracho, brazos aguados y piernas celulíticas. Acto seguido, modela un bikini, presumiendo bíceps, tríceps, muslos y cuadritos en el abdomen. Entonces compruebo la firmeza nula de mi abdomen y acaricio los rollos que salen de mi cadera cuando me siento, pero sigo comiendo la dona glaseada. El infomercial dura una hora, lo veo completo y me duermo con una nueva idea en la cabeza.
A las nueve de la mañana siguiente camino de mi casa al otro lado de la colonia, con licra y tenis. La toalla en una mano y la cartera en la otra, dispuesta a invertir lo que me quedaba de la quincena en la inscripción y mensualidad de un gimnasio. Es un negocio exclusivo de damas de la edad de mi madre con músculos definidos, la música disco de fondo y un montón de aparatos de tortura para cada parte del cuerpo. Una gordita simpática me sonríe para luego decir a mis espaldas “esa flaca a qué viene”.
Pago mi cuota, me explican el funcionamiento del gimnasio, los horarios y que nadie se hace responsable de mi estancia ahí. La instructora me mide, pesa y analiza mi cuerpo. Luego me marca la rutina que debo seguir para tonificar los músculos flojos y desaparecer la desagradable panza. Ella está a mi lado diciendo “vamos, una más, eso mero, hasta arriba, contrae tu abdomen”. Es inútil, caigo exhausta después de una decena de abdominales. La instructora no desiste, me lleva a un aparato de tortura que sirve para los muslos y está a mi lado mientras cuenta en regresiva deteniéndose una y otra vez porque no puedo seguir el ejercicio, no soporto la única pesa que lleva el aparato.
Han pasado treinta minutos, tres aparatos mágicos y de tortura con los que he fracasado. Me sorprende el entusiasmo de la instructora animándome a continuar en lugar de echarme del negocio. Decide dejarme un momento para atender al proveedor de bebidas energéticas. A mi costado una dama de cuarenta años llega a las doscientas sentadillas con muchos kilos en pesas a cuestas. Qué deprimente, en mi juventud veinteañera, hacerme la desmayada y fingir un calambre al mismo tiempo para poder irme a casa pero la instructora me da una bebida energética sabor kiwi-fresa y frota mis pantorrillas con un mágico gel anti calambres. Un par de esculturales damas de cuarenta años me socorren y ayudan con paciencia a hacer ejercicio poco a poco para desentumirme y no cansarme.
Entonces ahí está, del otro lado de la sala para aeróbicos: parece una máquina de tortura más, pero este tiene algo especial. Quizás son sus potentes válvulas de aire de alta tecnología o el engomado para no lastimar a quien lo use. Es el mismo que vi en la televisión. Me siento atraída hacia él y me encaramo lo mejor que puedo para hacer las repeticiones como las vi con la escultural dama del infomercial. Qué dolor, hago una y luego otra repetición, según podré ejercitar cada músculo de mi flojo cuerpo. Al llegar a las veinticinco me detengo, palpo mi abdomen y creo sentir la diferencia pero la entrenadora se para a lado mío para decirme “así como las estabas haciendo están mal, te vas a lastimar. Ven a la escaladora, empecemos de poco por tus calambres”.
Uso la escaladora unos cuantos minutos y termino jadeando, en la pantalla del aparto marca que no quemé casi ninguna caloría pero siento que llegará un verdadero calambre del esfuerzo. Falsa alarma. La entrenadora por fin me dice que puedo retirarme, “ven mañana a la misma hora para marcarte la rutina”.
Por la tarde salgo al centro comercial con mis amigas, me pruebo un vestido hermoso y entallado pero el cierre no sube, por más esfuerzo que hago conteniendo la respiración. “Ya déjalo, Laura, lo vas a reventar y está caro. Busca una talla más grande” pero no hay tallas más grandes, este es un mundo de esqueléticas donde la cadera es un pecado en la alta costura. Entonces recuerdo el aparato milagroso de la dama cuarentona, ese infomercial de la vanidad donde me prometen el cuerpo de mis sueños en poco tiempo y recuerdo también mi cuota en el gimnasio. También yo podría quedar escultural.

sábado, 7 de febrero de 2009

Sueño de una noche de abril




-Despiértate. Abre los ojos.
-¿Ya es de día?
-No. Pero quiero ver cómo me ves. Te estuve mirando toda la noche, Laura. No puedo creer todavía que estés aquí.
-¿Por qué? ¿Qué tiene de extraño haber venido? Tenía ganas de verte y viajé. Tan fácil como tomar el ADO. Tenías razón, esta cama es muy cómoda. Me gustan las almohadas.
-No lo creía cuando leí tu mensaje, ya venías en camino. Pero me cayó el veinte cuando te vi en la sala de espera de la terminal leyendo ese libro viejito. Te observé unos minutos antes de acercarme, Laura. Hasta me fijé en cómo respirabas hondo, todavía tienes esa maña cuando lees. ¿Por qué viniste así, nada más?
-Ya ves. Soy impredecible.
-No, Laura, nadie viaja tantas horas sólo para pasar la noche aquí y regresar mañana temprano. Es una locura.
-Estoy loca, entonces.
-Vienes con tu mochilita azul y el vestido rosa como si fueras a dormir a casa de una amiga pero atravesaste el país, Laura, sólo para dormir en esta cama. De verdad que no te entiendo.
-Nunca te pedí que me entendieras.
-¿Te acuerdas, Laura? ¿Te acuerdas que usaste ese vestidito cuando fuimos a comer frente a la iglesia?
-No me acuerdo, pero déjame dormir un poco más porque me regreso mañana temprano. Es todo un día de viaje.