martes, 4 de agosto de 2009

Artistas independientes A.C.


El viernes salí corriendo de misa en la noche para alcanzar un concierto de la Orquesta de Cámara en mi natal Campeche. Hay un dicho popular que afirma: las mejores cosas de la vida son gratis, y no lo dudo, este concierto bien preparado lo era. Llegué tarde sólo para alcanzar la salida de los primeros músicos del recinto y, en el mejor de los casos, ver a un par en el escenario desarmando atriles. Alguien abandonó el programa de la noche en una butaca, le eché una mirada rápida antes de acercarme a los compañeros que recibían halagos por el concierto.

-Fue una interpretación bellísima de Mozart- afirmé a uno de ellos con la sonrisa que uso para estos casos- Y tu solo ni qué decir, se nota que trabajaste mucho para lograrlo. Felicidades.

-Gracias por venir, Laura. Qué bueno que te gustó- respondió este con la sinceridad y agradecimiento que a veces duele notar.

Cerca de nosotros estaba mi amigo Eduardo felicitando a un violinista por lucirse esa noche. Suspiré de alivio; al menos uno de nosotros había escuchado el concierto y sabía apreciar el esfuerzo y profesionalismo de los músicos campechanos.

-Yo también llegué tarde, alcancé de chiripa la última pieza- me contó Eduardo aparte en voz baja mientras saludaba con la mano al bajista- Quedé de venir a oírlos y aquí estoy, con un ligero retraso.

-Hermoso, de verdad hermoso- dijimos casi a coro cuando aparecían dos violinistas amigos míos. Los abracé y me despedí para no hablar de más y evidenciar mi total retardo.

Sonriendo a uno y otro intérprete y agradeciéndoles una noche mágica, salimos del teatro. Para compensar con nosotros mismos el fracaso personal de la noche fuimos a cenar a los arcos de San Martin.

-Esa canción me gusta- dije cuando el trovador que tocaba unas mesas más adelante terminaba la última estrofa de Coincidir- me recuerda cuando era pequeña. En el kínder las maestras la ponían a la hora del recreo.

El trovador cantó Penélope y al terminar pasó entre las mesas, donde le sonreían mujeres maduras en su mayoría como gesto de agradecimiento; sólo un par pagaron por sus servicios.
Llegó a la nuestra y le di unas monedas, a lo que él contestó con una sonrisa, mostrando ventanas abiertas y coronas viejas.

Eduardo y yo platicamos de libros que estábamos leyendo, recomendaciones literarias y anécdotas de nuestros respectivos trabajos mientras el mesero aparecía con la cena. Di gracias a Dios por mis alimentos, los minutos de arte histriónico saludando concertistas me habían despertado un hambre casi animal.

-Deben estar practicando- dijo Eduardo viendo hacia el parque- siempre se ponen ahí, y eso que está obscuro.

Unos malabaristas jugaban con fuego, después de hacer su rutina lo apagaban como sólo Dios y los dragones saben. No sé cómo no se prendieron las faldas largas y sus melenas alborotadas al pasarse las antorchas por todos los recovecos del cuerpo. Por las facciones supusimos que eran hippies mochileros o quizás extranjeros que encontraron en Campeche la quietud que necesitaban para vivir plenamente de sus malabares.

Comía mi primer tamal cuando se paró a mi lado una hippie con la cara media chamuscada:

-Buenas noches, somos artistas independientes y les ofrecimos un poco de nuestro talento al manejar el fuego. Si gusta cooperar, se le agradece. Sólo vivimos de esto.

Con tal de comerme el tamal le di cinco pesos a la hippie, que terminó su discurso y mostró una sonrisa pulcra y perfecta que envidié en el momento. En parte, afloró en mí la admiración por el trabajo que desempeñaba, quizás porque una de mis fobias es morir chamuscada en un incendio.

Eduardo y yo seguíamos con hambre, volvimos a ordenar y mientras nos servían le conté algunas historias curiosas de gente que seguro conocía y valía la pena que alguien- o sea, yo- escribiera en algún momento cambiando unos cuantos nombres. La charla se interrumpió, no porque hubiesen llegado los panuchos, sino por el par de apuestos jóvenes que se pararon en la mesa de a lado. Ambos tenían el porte europeo con rasgos varoniles y gallardos, los asocié con la realeza que fotografían en las revistas favoritas de mamá. Pero su cuerpo no era lánguido, sino todo lo contrario, la ropa dejaba notar formas estéticas como de bailarín de salsa puertorriqueño; y el tipo de rostro angelical que sólo puedo admirar en el cine y la televisión. Estaban perfectamente esculpidos por una admiradora de la belleza. Ese par absorbió toda mi atención. No vi en qué momento pusieron junto a ellos unas percusiones y luego empezaron a cantar alabanzas, uno con el tambor y otro con las maracas.

-Buenas noches, somos artistas independientes y les ofrecemos algo de alegría esta noche- anunció una simpática muchachita que los acompañaba- Viajamos por todo el país dando fe y amor a nuestros semejantes. Si gusta cooperar… gracias.

La moneda de cinco pesos cayó al fondo de la lata, lo pude escuchar porque mi mirada estaba centrada en el par de angelicales músicos. Yo no era la única abobaba viendo tal espectáculo, las mismas señoras que sonrieron al trovador no le quitaban los ojos de encima a la gallardía de los muchachos. Al otro lado del parque la chica traga fuego los miraba con los ojos bien abiertos y le decía algo a sus compañeros, a lo mejor a ella también le gustó la armonía de sus cuerpos perfectos.

Antes me molestaba cuando los hombres quedaban anonadados viendo a una mujer que calificaban de perfecta, pero ya lo entendía viendo a los músicos moverse al ritmo de sus percusiones sin privarme de la sonrisa que imprimieron en su rostro mientras daban gracias a Dios por la salud con una pegajosa tonada. Cuando ellos terminaron de tocar y nosotros los antojitos, emprendimos la retirada de la famosa cenaduría. Quise sacar otra moneda de cinco pesos de mi bolsa para pagar el urbano pero no encontré ninguna.

-Déjalo, te invito el pasaje- dijo Eduardo- ya le invitaste a los artistas independientes esta noche.

Mientras el autobús abandonaba la cuadra, vi cómo se le iba encima la chica traga fuego a uno de los angelicales percusionistas religiosos y gritaba algo así como derecho de suelo pero quizá el demonio se apoderó de ella porque apenas le entendía a los chillidos. Sólo pude ver cómo se distorsionaba el rostro angelical del maraquero cuando ella trataba de arañarlo y el del tambor le pedía en nombre del Señor que lo dejara en paz.


***

El sábado me levanté temprano para buscar el periódico al mercado. Cerca de mi casa hay una iglesia donde todas las mañanas sabatinas se amontonan los niños del catecismo con sus madres.
Casi no paso por ahí pero mis oídos captaron un ritmo sincopado muy pegajoso, los pies me llevaron hasta el epicentro y los vi: los percusionistas angelicales tocando ante los feligreses una de sus alabanzas. El más bello de los dos tenía la cara arañada pero aún así sus facciones perfectas relucían esa cálida mañana. Por suerte tenía los cinco pesos del periódico en la bolsa del pantalón.

jueves, 23 de julio de 2009

Presupuesto cultural 2009



Las vacaciones que pasé en aquella ciudad fueron buenas, sobre todo porque visité a Horacio. El chico en cuestión me aventaja por dos años y está encaminado hacia las artes plásticas. Su piel clara, cuerpo delgado, cabello semi largo y barba desaliñada conforman lo que denomino “prototipo” (mamá dice “pandroso” con un tono de desaprobación por mis gustos). Siempre profeso inclinaciones hacia los prototipos.


Era abril y su ciudad es perfecta: no hay calor. Horacio necesitaba dinero, quería viajar a Granada para tomar un curso de tallado en materiales porosos y la beca del gobierno de su estado no le alcanzaba. Ojalá me hubiera pedido acompañarlo, tengo ganas de conocer Granada.


-Vamos al Departamento Estatal de Cultura- fue su única petición- quiero hablar con el director para exponerle mis ideas.


Nos dirigimos a dicha dependencia, un edificio moderno con cantidad de salitas y pasillos laberintosos donde cada cinco metros se erguía alguna escultura contemporánea. La idea de Horacio era que le prestaran una salita para condicionarla y montar su exposición, donde toda la obra estaría a la venta. Así podría darse a conocer y juntar lana para el viaje al que yo no estaba invitada.


-Sí, cómo no- dijo la secretaria de labios rojos-sólo que el “lic” está ocupado. Espérenlo ahí. Yo les aviso.


No tenía nada de malo esperar un par de horas a que dicho “lic” nos recibiera si Horacio, mi pandroso favorito, me platicaba sus planes en el Viejo Continente y tomaba mis manos para decir que eran perfectas para una pintora. Pasó media hora. Llegó a la antesala una señora a dejar sus catálogos de Avon y platicar chismes del “TV Notas” con la secretaria de labios rojos. Otra media hora. La de los catálogos se fue y llegó una que vendía zapatos. Chismearon a placer mientras la secretaria de labios rojos pasaba llamadas del conmutador a otras salitas como aquella. Quienes llamaban eran sus colegas de los Departamentos de Cultura de quién sabe qué ciudades o países, puesto que la subestimé, la de labios rojos hablaba perfectamente inglés y francés.


-Antes de que te vayas quiero darte una de mis obras- anunció mi prototipo Horacio- ojalá te guste. Se llama “La escritora del sur”.


Qué halago tener algo hecho por las manos de Horacio. Llevábamos hora y media cuando llegó una tercera mujer, esta iba a cobrar la tanda. Recibió el dinero, tachó algo en la libretita y se fue.


-Ustedes comprenderán, es quincena- se excusó la secretaria de labios rojos- ya mero sale el “conta” y pueden entrar a hablar con el “lic”.


Nos pusimos de pie cuando salió el dichoso “conta” y, como alma que lleva el diablo y sin decir con permiso, entró una exuberante mujer a la oficina del Director. Por el meneo y la forma de hablar, supimos que era cubana. Claro, ella tenía preferencia. Otra media hora sentados en la antesala, viendo a la secretaria de labios rojos comerse un Gansito. Delante nuestro pasó una adolescente, le sonrió a Horacio. Le lancé una mirada virulenta mientras entraba sin tocar a la oficina. Enseguida salió la cubana.


En resumen estuvimos sentados dos horas esperando al “lic” hasta que la secretaria de labios rojos nos pidió entrar. La chicuela jugaba en la computadora mientras el Director nos recibía.


Horacio expuso su petición y la adolescente lo observaba abobada.


-Me parece muy bien, joven, pero temo que no tenemos más presupuesto. Ya sabes que le recortaron a la cultura con aquello de las elecciones. Pero déjame tus datos y cuando podamos te llamamos.


-Pero papi- interrumpió la escuincla- es muy interesante lo que pide el joven.


Nos retiramos después de que él dejara sus datos.


Esa misma tarde Horacio me llamó. El Departamento de Cultura programó la exposición en una semana. Convocaron a los medios de comunicación de toda la ciudad e incluso le hicieron una entrevista en la televisión, a la cual lo acompañé. Horacio estaba muy emocionado. Al día siguiente de su exposición yo regresaría a Campeche. Llegamos al evento que fue en la sala de lujo del Departamento de Cultura. A Horacio lo abordaron los medios de comunicación y una que otra señora de la alta sociedad mientras yo bebía el vino del brindis.


La hija del “lic” no paraba de contemplarlo y elogiar su obra. Se vendieron casi todas las esculturas y Horacio era el centro de atención de quienes ahí estaban.


-Yo quiero esa, papi-dijo la chicuela.


-Lo siento- respondió Horacio- “La escritora del sur” no se vende. Ya está comprometida.
Sonreí a Horacio y cuando no se dio cuenta le saqué la lengua a la escuincla caprichosa.

jueves, 16 de julio de 2009

Lluvia veraniega


Confieso que no fue muy agradable atravesar las calles del centro con la blusa empapada ceñida al cuerpo, dejando ver ridículos dibujos de mi ropa interior; pero lo hice. La molesta lluvia que me tomó por descuido y el mal gusto de algunos conductores de pisarle al acelerador para mojarme completa no impidieron que llegara a mi destino.

-¡Bienvenida! Acabas de hacer tu aparición como una de mis fantasías- saludó lo más cortés que pudo M.

Cuando envié el mail para convocar a una junta por motivos de la fundación, propuse que fuera en un café, la terraza de M o de perdida en mi casa pero no, la mayoría escogió un bar porque estaba recién llegado Tristán (quien me ha pedido no revelar su verdadero nombre por sus problemas con políticos y otras célebres personalidades) de su estancia en el Ecuador.

El brillante compañero estuvo estudiando la lengua de una etnia y sus manifestaciones literarias. Ahora regresaba a casa acompañado por una aborigen. No tengo idea de cómo se entendieron porque la ecuatoreña no entiende ni pío de español, bueno, sí la tengo pero mis pensamientos son pecaminosos. Sobra decir que su etnia vive en una zona recóndita plagada de mosquitos y un calor infernal. De todos modos, la chava está de buen ver.

Por alguna razón los encuentros que tienen que ver con la fundación se realizan en presencia de alcohol. Es una ironía porque Cleotilde rara vez en su vida probó los tragos y los que seguimos en la tierra no podemos decir lo mismo de nosotros.

Esa noche de lluvia veraniega nos reunimos M, Tristán y su vieja, Leonarda y yo. Era viernes, los amigos de los amigos tuvieron las primeras fiestas del verano en casa de los amigos de sus primos. Qué bonito, en nuestro universo todos son cuates.

-Le saqué copia a los dos poemas que vienen en la agenda de Cleotilde, a lo mejor podemos analizarlos un poquito para escoger uno- propuse a mis amigos pero más bien le echaba el ojo a las salchichas enchipotladas que llegaban a la mesa- un cuate de Aguascalientes quiere publicarlos en su revista.

-Calmada, maestra, calmada- interrumpió M- estamos festejando aquí al investigador de lenguas olvidadas que regresó con éxito y una mujer de Ecuador. ¡Salud!

¡Salud! Me resigné. Leonarda no me hacía caso porque discutía en francés con su novio por teléfono. Son días calurosos pero la blusa empapada me daba frío y la música duranguense, escalofríos.

-¿Cuánto tiempo llevan en el bar?- pregunté. Por fin Leonarda colgó su mugroso teléfono alta tecnología.

-Como tres horas. Aquí vimos un partido de fut.

Eso lo explicaba todo. M estaba tan borracho que sacó a una mujer de mediana edad a bailar “Pero te vas a arrepentir” dándole machucones a cada rato. La mujer lo empujó y regresó a su lugar. Gajes del oficio, seguramente salió a ligar y le tocó un impertinente que no tiene sentido del ritmo.

-Yo quería que termináramos esto de los poemas porque mi cuate de la revista me dijo que cuanto antes mejor- dije.

-Escogiste un mal día, Tristán dijo que va a pasar una semana festejando su regreso al país y que está vivo. Por poco se lo echan en el Ecuador.

Pedí que me contaran la historia. Llegó una cortesía del barrista, eran como seis botanas diferentes. Me guiñó el ojo. Viejo mañoso. Maldita blusa mojada.

-Esto pocos lo saben- comenzó a narrar el investigador de lenguas perdidas- me persiguen autoridades del Ecuador, unos negritos del Departamento Cultural de las Etnias Rezagadas. Sucede que me robé unos textos muy valiosos para ellos, un traductor al que le pagué con ropa limpia y cigarros mexicanos me leyó en español dos de las historias y se parecen mucho a los cuentos de Chéjov, tienen una estructura bien compleja como las que usa Propp. Como me gustaron me los robé.

Atacamos a Tristán por su pendejez y falta de seso al robarse documentos de una etnia olvidada por la globalización.

-Y ahora que me traje a Burata quiero que ella me enseñe a hablar la lengua calamí porque tengo la traducción de los textos pero nada como investigarlos yo solito. Chingón, ¿verdad?
No queda duda, Tristán es un arriesgado y pendejo. Ahora no sólo es odiado por las autoridades de muchos estados de México.
Bueno, hay más pendejos que él, M le leyó los poemas de Cleotilde a la mujer de la otra mesa en un gesto de disculpa por los pisotones. Como lo rechazaron de nueva cuenta, se consuela haciendo el ridículo bailando reguetón él solo como todo un loco. Lo mejor es coger las llaves de su auto para llevármelo a su casa, necesita meterse a dormir y yo quiero pasar a la mía para cambiarme esta blusa húmeda y volver con los demás.

viernes, 10 de julio de 2009

Vota así



Tarde pero seguro...



Cuando comencé a escribir semanalmente en el periódico me dije (o le dije a alguien, ya no recuerdo) que no hablaría de política puesto que eso no me incumbe, para ello hay analistas políticos o, en el peor de los casos, grilleros azuzados en época electoral. Pero no pude ir contra la marea, caí en el lado oscuro por ser víctima de trifulcas y otros acontecimientos poco agradables.

Se trata de la batalla campal de cada tres años: ahora toca elegir gobernador y la próxima presidente de la república. Aún así, mantengo mi distancia, como fiel espectadora del mundo tomo nota de los acontecimientos más inverosímiles ahora que las campañas agonizan. He aquí algunos ejemplos:



Miércoles de plaza:

E, uno de mis mejores amigos, me pidió acompañarlo a un evento para jóvenes de su partido. No pude negarme. A la hora de los discursos hizo su arribo el equipo del candidato, cinco hombres de menos de treinta años y bien parecidos para recibir la lluvia de aplausos de las féminas enardecidas, chiflidos y unos cuantos elogios. Ganaron admiradoras con su galantería y la gran propuesta de cambio: “nosotros sí traeremos la plaza a Campeche para que los jóvenes tengan dónde comprar y divertirse sin ir a Mérida”. Me sorprendieron, nunca imaginé que todos los problemas de décadas en Campeche se fueran a arreglar poniendo un centro comercial.



Manicura, por favor:

Seducida por el ocio me uní a la red del Facebook, ese lugar donde se puede husmear la vida social de conocidos y desconocidos. Para mi desgracia, la bandeja de entrada se satura con pleitos de “chachas” de quién sabe qué fulanos cuando me “etiquetan” en propaganda política. En fin, husmeando fotos de una fanática campechana vi unas que llamaron mi atención: sus uñas. Por el amor de Dios, una loca anda suelta, tenía uñas de acrílico con las iniciales de equis candidato (en manos y pies) porque no le pareció suficiente ponerse garras con los colores del logotipo. Sin que eso fuera bastante se mandó a plasmar el dibujito de la propaganda. Parecía hecho a láser o la manicurista es una diosa en el arte minimalista.






Descanse en paz:

La noticia de la muerte del Rey del pop me conmocionó porque siempre me ha gustado su música. Pero es época electoral, hay que agarrase de todo para llamar la atención de la gente y nuestros candidatos no se hicieron esperar. Al día siguiente del deceso me atrapó un embotellamiento en una avenida porque había mitin. Pacientemente esperé que los demás autos avanzaran para huir a mi casa, a lo lejos se escuchaba el relajo: “démosle la bienvenida al candidato de nuestro distrito, ¡un fuerte aplauso!”. Dicho hombre arribó al estrado con “Thriller” como música de fondo. Las ovaciones fueron generales, supongo que por la canción porque el candidato no es muy apreciado en el distrito. A lo mejor hizo dos o tres pasos de baile, una vuelta y cayó de espaldas para provocar tal reacción.



Rumbo al mundial:

Sostengo mi teoría: los mexicanos esperan un milagro cada cuatro y seis años, para el Mundial de futbol y las elecciones (presidenciales o estatales, es la misma cosa). Y los estrategas políticos son astutos (inteligentes no sé, pero astutos no me queda duda) aprovechando la fiebre pambolera organizan torneos en las colonias populares. Como buena amiga asisto a un encuentro deportivo para tomar fotos de la final. Ambos equipos portan uniformes nuevos patrocinados por los candidatos; aquellos atuendos son casi idénticos porque obviamente debían llevar los colores del partido pero cada uno escogió el nombre de un club europeo, me parece que eran Milán y Manchester. Todo un clásico. Pero el candidato a diputado por aquella colonia que apenas tiene luz y agua no podía salvarse de sus favorecidos, entre varios jugadores lo convencen (u obligan) a echarse la cascarita con ellos.

El equipo contrario al de mi amigo lo conforman señores que en su época imaginaron jugar igualito a Zague o Hermosillo pero hoy son padres de familia que viven de sus recuerdos y esperan el final del partido para darle baje a las neveras con cerveza. El candidato, aterrado pero sonriente, se lanza al campo. Fui la única afortunada en captar con mi cámara rosa el momento en que un ñor lo descuenta con tremendo codazo, quedando el flamante y pulcro candidato tendido en la arena. Ganó el Manchester.

lunes, 29 de junio de 2009

Fundación Cleotilde S.A. de C.V.



“El destino nos alcanza tarde o temprano” es una frase que escuché en algún lugar recóndito o leí en los subtítulos de una película o serie gringa. No recuerdo, pero es verdad.


A Cleotilde la conocí hace varios años, compartíamos muchas cosas: timidez, música, introspección y el gusto literario. Una tarde tomábamos choco milk con galletas animalitos y me dijo:


-La gente enloquece, Lau. Los libros nos enloquecen y nosotros enloquecemos con ellos, seguimos escribiendo y es un círculo vicioso. Pobres almas en desgracia.


Pactamos, en medio del éxtasis provocado por comer un camello que parecía jirafa y un elefante que tenía forma de dientes de sable, crear una fundación para esas almas en desgracia. No sabíamos a ciencia cierta qué hacer en dicha fundación, pero sobre la marcha se aprendería.


Hace algunas semanas murió Cleotilde. Eso me tiene en un estado de depresión moderada.


Ambas escribíamos (yo aún lo hago) en agendas nuestro paso por la vida. Su mamá me dio las suyas junto con otras cosas que mi amiga me legó.


El destino me alcanzó, no muriendo como ella pero cayó sobre mí la responsabilidad del juramento engalletado que hicimos con los animalitos deformes y sabrosos. La fundación Cleotilde para atender pobres almas en desgracia ha iniciado. Me valdré de la asesoría de personal discapacitado en el área literaria y su conexión con la desdicha humana tanto emocional como psicológica en un mundo que pinta para la decadencia y postmodernidad.


Estoy segura que no podremos rescatar a todos los desdichados pero trataremos de brindarles la oportunidad de gozar su desventura con la irrealidad. Se han reclutado algunos compañeros desde otras latitudes. No contamos con financiamiento más que el de mi beca del PECDA y las becas paupérrimas de amigos escritores pero nos las arreglaremos. Podremos vivir de la caridad de nuestros parientes asalariados. Tampoco tengo una casa del árbol que sirva de cuartel, bastará la terraza de alguien una vez por semana mientras conseguimos el local fijo.


Cleotilde era poeta, en sus agendas viene la mayoría de los poemas que escribió. En tributo a su persona la fundación publicará en el blog su obra y algunos detalles de su vida para configurar un poco a la joven poeta salvaje que se marchó. Hay dibujos que hizo en ratos de ocio, tristeza o ansiedad.


Cleotilde se salió con la suya. Me volveré la detective de su fundación mientras escribo mi libro de cuentos y trato de resolver un crucigrama completo. En la agenda dejó instrucciones de uso, siempre tan precavida ella, y la petición de que yo escriba la novela de la que le hablé las últimas vacaciones que fui con su familia a la playa.


La fundación Cleotilde S.A. de C.V. ha arrancado con un cocktel de bienvenida para cinco personas consistente en micheladas (de mi receta especial) y deditos de queso a la hora de gritar “Goool” en un partido de México vs Venezuela tal como a Cleotilde le hubiese gustado.

jueves, 25 de junio de 2009

El llamado



Había querido mantenerme al margen de las elecciones pero es imposible, hasta para alguien como yo. He recibido el llamado del IFE como representante de casilla tal cual lo recibieron los infelices que fueron a la guerra. Cuento los días para que llegue la fecha no porque me entusiasme el alboroto que se genera con tan esperado evento sino para terminar el calvario al que nos han sometido los candidatos durante meses en interminables campañas.



Es la segunda ocasión que ejerceré mi deber como ciudadana pero será desde una trinchera llamada casilla. A estas alturas ya no puedo dar marcha atrás, sólo cerrar los ojos, rezar un Ave María y presentarme a la guerra que se librará, como cada tres años, en la casilla que me tocó.



No me entusiasma hablar de política como tampoco hacerlo de automovilismo o peleas de gallos (sin hacer referencia a equis slogan de equis campaña). Pero lo que sí me entusiasma es que los candidatos ya no llamarán a mi puerta para despertarme a tempranas horas ofreciendo hasta el alma con tal de tachar su nombre en la boleta ni me darán una gorrita con su rostro arreglado en fotoshop; tampoco visitarán lugares públicos (como mi gimnasio o la cafetería de un amigo) promoviendo el voto. A todos les he asegurado que votaré por ellos y es falso, mi distrito está en un municipio muy, muy lejano. Si de promesas a promesas vamos, yo pierdo.



Probablemente mi indiferencia sea producto de no tener intereses personales en estas elecciones, sólo quiero buenos gobernantes (oh sorpresa, eso está lejos de la realidad pero aún así votaré). O tal vez por mi amargura ante la vida, tampoco poseo la vitalidad de mis compañeros que pasan la tarde y noche bailoteando en el malecón junto a una botarga o se ponen caritas de cartón de equis candidato. Me alegro por ellos, sinceramente y de corazón.



-Yo fui escrutador hace tres años- me decía mi amigo Gil- es la cosa más espantosa que te puedas imaginar. Me vieron chamaco y a la mera hora casi salgo apedreado de la casilla.



Gil es todo amor, el chico más pacífico que he conocido. Cuando le mencioné mi llamado dijo: grave error, Laurita, grave error. Platicó una de sus tantas anécdotas, aquella vez los representantes de partido se hicieron sus amigos mientras la gente votaba. A la hora del conteo la amistad fue cosa del pasado remoto, defendían sus boletas entre ellos a punto de golpearse mientras un hombre epiléptico se contorsionaba de la impresión. Gil no quiso decirme cómo libro tremenda odisea pero sigue traumado y quién sabe si vote este año.



Los medios de comunicación dijeron que fue la contienda más reñida de la historia; los politólogos pusieron en tela de juicio las instituciones encargadas de dar fe democrática y las estadísticas subían y bajaban lo mismo que una montaña rusa para hacernos creer que ganaría un candidato y enseguida el resultado era otro y así sucesivamente. La cicatriz en el brazo del señor T.R. confirma que la civilidad se pierde la noche de las elecciones si hace acto de presencia un grupo de aficionados de equis partido político y prende fuego a las urnas (luego de haber secuestrado la casilla con todo y sus representantes, obviamente) porque intuyen que perderán. Aquel ejido y sus pirómanos pasaron a la historia mientras el señor T.R. maldice su desgracia como presidente de casilla.



Después de las poco alentadoras anécdotas de esos hombres no me entusiasma demasiado pasar el domingo electoral en la casilla habiendo tantos locos sueltos que no respetan el orden utópico que algún día (espero) puedan ver mis nietos. Tampoco soy valiente, me aterra quemarme un brazo defendiendo una urna o socorriendo ataques epilépticos pero cumpliré mi deber y que se haga lo que la suerte disponga, al fin que es cada tres años. A lo mejor, en una de esas, me toca toda la paz del mundo.



Mamá me dijo que conserve la calma si las cosas se ponen feas, quizá sea la más joven de la casilla y algún adulto mayor se apiade de mí para tomarme bajo su protección, como la amable y pachoncita señora Rodríguez, pero no sé qué tanto confiar en ella puesto que hace un sexenio la sacaron del IFE por un ataque de esquizofrenia defendiendo los votos de su partido.

miércoles, 17 de junio de 2009

Maestra sustituta

Para Luz... la nueva graduada


Cuando la gente me pregunta en qué me emplearé cuando termine la licenciatura en literatura les respondo que quizá dando clase para no ahogarlos con respuestas pretenciosas de las que ya estoy un tanto harta. Secretamente le guardo un poco de miedo a la docencia: no es lo mismo pararse delante del grupo de compañeros a exponer un tema que estar frente a los estudiantes en calidad de maestra.



Hay una historia de vida que no olvido y he contado un par de veces cuando los pleitos con maestros salen a colación. Estudiaba segundo año de primaria, era invierno en un pueblito muy frío, estábamos como a 5 o 7ºC y faltaba poco para la hora de recreo. La maestra era gorda y mal encarada, desde que entré al curso me tenía de encargo regañándome a diestra y siniestra; no recuerdo su nombre así que le pondré Esther. Esa mañana Esther no me dejó salir a desayunar, dijo que debía quedarme haciendo planas y multiplicaciones en lugar de tomar mi chocolate calientito en la cooperativa.



Tía Margot daba quinto grado en la misma primaria y siempre desayunábamos juntas. Pasaban los minutos y no veía aparecer a su sobrina, se estaba acabando el chocolate y parecía enfriar más la mañana. Pasando por el otro lado de la cancha asechó el salón de segundo: su sobrinita lloraba de hambre y Esther se pintaba las uñas de un rojo carmín que no iba con su fealdad. El resto de los niños recortaban para un mugroso periódico mural.



-Me llevo a la niña- dijo tía Margot furiosa- es una barbaridad tenerlos encerrados, tienen hambre y hay frío. Ahorita paso un reporte a la dirección.



Esther se levantó, colocó su corpulencia delante de la puerta y se negó a que me sacaran del salón. Los demás niños se pusieron a llorar, yo tuve miedo porque se veía tan grande y tía Margot muy pequeña pero le sostuvo la mirada para defenderme. En las ventanas se amontonaron varios alumnos que correteaban en el jardín y un par de maestros pidiendo a ambas docentes calmarse. Esther gritaba, tenía una voz horrible, decía que estaba en libertad de dejarme encerrada cuando quisiera porque era una fastidiosa – que sacaba dieces, claro está, pero eso no lo dijo- y nadie se entrometería.



Cuando creí que Esther desbarataría a tía Margot de un golpe, esta la hirió en lo más profundo, le habló de la mala reputación que ostentaba y por qué la habían corrido de una escuela religiosa.
Tía ganó la batalla y lo celebramos calmando mis lágrimas con un chocolate calientito.



-Esto no se queda así, Margot- dijo la gorda a la salida- y tu sobrinita ya verá lo que le espera cuando crezca. Ojalá sea maestra la chamaquita esa.



El día llegó, la maldición de Esther podría cumplirse en cualquier momento pero a diferencia de ella, yo no era una gorda maldosa y amargada que se desquitaba con los alumnos.



Las prácticas me tocaron en la primaria de una colonia popular, en la cima de un cerro al que tardé casi una hora para llegar en urbano.



-Este será su salón, señorita- informó la directora del plantel- Segundo grado grupo “B”. Los niños no son malos, sólo traviesos, hay que tenerles paciencia pero puede utilizar la tabla si se salen de control.



He ahí treinta y cinco chicuelos mirándome con sus ojos de plato, uno me abrazó el trasero y quería que lo cargara, otra niña me llevó una paleta y a lo lejos escuché un grito de “piernuda” que no supe de qué boca salió. Los primeros treinta minutos fueron eternos, casi me pongo a rezar cuando le vi la mano a un pequeño monstruito, la tenía atravesada por diez alfileres porque su compañero de pupitre le daría cinco pesos. Una niña quemó los cordones de su zapato con un encendedor que llevaba en la lapicera y una más se orinó. Entre faquires, pirómanos y niños wixones estaba a punto de perder la paciencia y cordura, nadie me hizo caso cuando leí las mejores fábulas de Esopo para un ejercicio de coordinación lectora. Tuve que recurrir al ingenio.
En realidad no fue el ingenio, sino llamar de mi celular a larga distancia a tía Margot pidiéndole auxilio en la cúspide de la locura.



-Señorita Baeza, ha hecho usted un excelente trabajo- felicitó la directora en punto de la una de la tarde- El segundo “B” es el peor grupo, que Dios me perdone pero los niños y hasta las niñas son tremendos. ¿Cómo le hizo, maestra?



-Gracias, directora. En verdad estos niños tienen mucha pila, no son malos, sólo inquietos. Ya me estaban desesperando y les conté la historia de una maestra de segundo año muy mala que amarraba a los alumnos si no se calmaban y les pegaba como piñata hasta cansarse. Les dije que la maestra se llamaba Laura y estudiaba literatura en la universidad, que siempre usaba una blusa blanca y entró de sustituta de la maestra Lilia a la primaria de la colonia Chichimeca.